Opinión
El presente no flota
lunes 9 febrero, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
Se discute la política como si fuera un tablero de ajedrez limpio, con piezas móviles y reglas claras. Se habla de líderes, elecciones, partidos, encuestas. Todo parece ocurrir en el ahora. Pero nada de eso —nada— puede entenderse si se arranca del suelo donde está sembrado: La historia.
No hay política sin historia. Y no hay filosofía política seria que no sea, al mismo tiempo, una filosofía de la historia. Porque los conflictos del presente no son exabruptos. Son efectos de procesos materiales que han sedimentado durante años, décadas o siglos. Pretender analizar la lucha por el poder sin ese marco, es como querer estudiar un río sin mirar su cauce.
Una república no nace de la nada. Se funda sobre ruinas coloniales, guerras civiles, pactos, traiciones, reformas, revoluciones. Cada constitución es una capa más de un suelo que ya está en movimiento. Y cuando se habla de libertad, justicia, soberanía o democracia, se está usando un vocabulario que tiene historia, no una definición neutra. Las palabras no flotan. Arrastran siglos.
Desde el materialismo filosófico, la política no puede entenderse como un campo autónomo, etéreo, gobernado por ideas puras o voluntades individuales. La política es acción sobre una materia histórica, es gestión y disputa por las estructuras que configuran la sociedad: instituciones, recursos, fuerzas, pueblos. No se trata de “ideales”, sino de relaciones de poder ancladas en condiciones concretas. Y esas condiciones no están en el aire: Tienen genealogía.
Pensemos en Venezuela. ¿Cómo comprender la crisis actual sin el marco histórico que la produce? ¿Cómo analizar al chavismo sin el contexto del rentismo petrolero, la IV República, la insurrección de 1992 o la disolución de la Guerra Fría? ¿Cómo explicar la oposición sin entender su vínculo con las élites económicas, las clases medias empobrecidas, la diáspora o la herencia de los pactos del Pacto de Punto Fijo? Hablar solo del presente es repetir consignas. Entenderlo históricamente es empezar a pensar.
La política —vista así— no es un juego de voluntades morales o decisiones racionales en abstracto. Es lucha dentro de una historia que impone sus límites y abre posibilidades. No basta con “querer cambiar”. Hay que entender desde dónde se quiere cambiar, con qué medios, contra qué fuerzas, desde qué memoria.
Por eso la filosofía política, si quiere tener espesor, no puede limitarse a repetir modelos normativos. No es solo un ejercicio de diseño ideal, sino de interpretación activa del conflicto histórico en que se está inscrito. Es crítica del presente desde una conciencia del pasado, y no para admirarlo, sino para comprender qué nos arrastra y qué puede interrumpirse.
Toda revolución que ignora la historia termina repitiendo las formas de aquello que quiso destruir. Y todo reformismo que desconoce el conflicto material se vuelve administración de ruinas.
El presente no flota. Tiene raíces, tiene sedimentos, tiene herencias. Y la política, si quiere dejar de ser espectáculo o deseo impotente, debe pensarse como historia en acto.











