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Inicio/Opinión/El tedio estilizado de la IA

Opinión
El tedio estilizado de la IA

lunes 23 junio, 2025

El tedio estilizado de la IA

Antonio Sánchez Alarcón

Vivimos en la era de la exactitud. La precisión se ha convertido en virtud suprema. Basta con invocar un comando para que una máquina nos devuelva una sinfonía de palabras perfectamente ensambladas, sin erratas, sin desvíos, sin sobresaltos. Letras de canciones, crónicas, poemas, cuentos. Todo correcto. Todo eficaz. Todo… brillante.

Pero algo empieza a hacer ruido.

La estética del texto generada por inteligencia artificial —que deslumbra por su limpieza, su forma, su control del ritmo y la cadencia— empieza a mostrarse como una belleza estéril. Nos sorprende, sí. Nos impresiona. Pero, ¿nos conmueve? ¿Nos sacudimos? ¿Nos revelamos algo que no supiéramos? ¿Nos incomoda?

A medida que consumimos más y más contenido generado por estas máquinas, algo curioso empieza a insinuarse en el fondo de nuestra conciencia: La sospecha de estar ante una perfección vacía, una elocuencia sin tropiezos, un discurso sin cicatrices. Como si el texto se hubiera escrito sobre mármol pulido, sin haber tocado nunca el suelo.

¿Y si estamos frente a una nueva forma de anestesia cultural?

La sobreabundancia de textos impecables —no solo en forma, sino también en tono, en cadencia, en estructura— puede terminar provocando un efecto contrario al esperado: el tedio. La perfección, cuando es constante, se vuelve monótona. La música, plana. El discurso, previsible. El lector, cansado. Se pierde lo inesperado, lo abrupto, lo humano.

Quizás por eso comenzamos a extrañar lo rugoso, lo torcido, lo torpe. Lo que respira. Lo que se equivoca. Un error de concordancia, una frase que tropieza, una metáfora fallida, incluso una mala idea dicha con pasión. Todo eso, en su conjunto, nos recuerda que hay alguien ahí. No hay máquina. No es una función predictiva. Alguien.

Es posible que estemos entrando en una etapa curiosa: La nostalgia del error. El deseo secreto de volver al texto mal escrito, al poema fallido, a la canción mal cantada. No por capricho, sino por fatiga. Porque tanta belleza formal, sin dolor ni duda, comienza a parecerse a un simulacro, a una galería de espejos que nos repite lo mismo desde distintos ángulos.

Las imperfecciones, los contrastes, las sombras, vuelven a tener sentido. La tosquedad, que ayer era defecto, hoy es resistencia. Lo rústico, que ayer era primitivo, hoy es genuino. Frente a los textos que todo lo logran, aparece de nuevo el valor de los que no llegan. Los que se esfuerzan. Los que luchan con el idioma como quien tala con las manos una selva espesa.

Quizás —y solo quizás— estamos por asistir al retorno de lo imperfecto. No como reacción estética, sino como necesidad vital. Porque en un mundo donde todo texto es brillante, lo verdaderamente humano será, otra vez, aquello que no brilla: La errata, el tartamudeo, la oración inacabada. Allí donde la inteligencia artificial no puede llegar. Aún.

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