Opinión
El triunfo del amor en el silencio de la ausencia
domingo 15 febrero, 2026
Pedro Morales *
A veces, la vida se siente como un reflejo borroso. Caminamos como quien intenta reconocer un rostro amado a través de un cristal empañado por el tiempo, entendiendo apenas fragmentos de la realidad. Sin embargo, en medio de esa penumbra donde nada parece seguro, surge la única fuerza capaz de sostener la integridad de nuestra alegría: la decisión de amar sin condiciones.
En primera instancia, este amor comienza con un asombro silencioso, con esa admiración que reconoce el bien en el otro. Es una vulnerabilidad ante lo perfecto que nos quita las ganas de cambiar a quien tenemos enfrente, logrando una aceptación incondicional de su esencia y renunciando a la jactancia de querer moldearlo a nuestro gusto. En esta entrega, el afecto es una gratitud por la existencia del otro; dicho de otro modo, es renunciar al ego y dejar de buscar lo suyo para simplemente celebrar que esa luz ajena sea. Es esa ausencia de envidia que convierte al amado en nuestra trascendencia de la totalidad, permitiéndonos, por consiguiente, alcanzar la plenitud del conocimiento: conocer a alguien de la misma forma en que nosotros siempre hemos sido conocidos.
Pero este camino requiere una heroica resistencia. Bajo esta perspectiva, nuestra interdependencia emocional no es una debilidad, sino una lealtad en la adversidad que convierte el afecto en la constancia que ancla nuestra alma. Aquí, la entrega sin jactancia se abraza con la disposición al sacrificio, aceptando incluso el peso del juicio social en una complicidad frente a la injusticia del mundo. Asimismo, cuando el amor se goza de la verdad, se vuelve nuestra protección contra el entorno, un refugio de sencillez frente a la pretensión donde no se hace nada indebido, puesto que se ha encontrado una profundidad espiritual que no necesita adornos. Es aquí donde la fe en el otro, como espejo de la propia, nos transforma y nos guía hacia la verdadera madurez.
No obstante, la victoria más grande de este sentimiento se gana en el silencio de la ausencia. El amor sufrido por la distancia es la prueba de que lo que sentimos es un amor desinteresado y una benevolencia en la despedida. En este sentido, quien es capaz de desear bendiciones mientras ve marchar a quien ama, está sembrando una fe inquebrantable y una esperanza del reencuentro que sella la victoria sobre el olvido. Cabe precisar que incluso el sufrimiento por la pérdida y la permanencia del dolor son, en realidad, una prueba de amor; de lo contrario, si el afecto no fuera eterno, la ausencia no dejaría una huella tan profunda.
En definitiva, al término de la jornada, cuando las fuerzas se agoten y el conocimiento se desvanezca, la permanencia de la memoria rescatará la pureza de la infancia para proyectarla hacia la eternidad. Las palabras callarán, pero el impacto de lo que fue genuino permanecerá. A modo de colofón, en la arquitectura de nuestra vida, la fe y la esperanza son los cimientos, pero el amor que nunca deja de ser es la única cúpula que, finalmente, nos permite ver la verdad cara a cara.
Al final, el Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María triunfará.
Nota de autor y homenaje:
La imagen que acompaña y da sentido a estas líneas rinde un homenaje a la memoria de mi amada madre, María Mística Rodríguez de Morales, quien descansa ya en la paz del Señor. Su presencia en esta composición, bajo el amparo de la Virgen Rosa Mística, encarna la tesis central de este artículo: el amor no muere con la ausencia, sino que se perfecciona en la eternidad, permitiéndonos así reconocer la verdad a través de los ojos del alma.
Pedro Morales
Misión Eucarística para la liberación espiritual “Salve María Auxiliadora, economía de la salvación y de la felicidad verdadera” Correo: [email protected] / [email protected]
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