Opinión
¿Es posible una filosofía de la galleta Oreo?
lunes 5 enero, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
Veamos. ¿Por qué se puede filosofar acerca de una galleta Oreo? Porque, si hacemos caso al filósofo español Gustavo Bueno, la filosofía no es una nube decorativa ni un “amor al saber” de postal, sino un ejercicio crítico de segundo grado: Piensa sobre lo ya pensado, sobre lo ya hecho, sobre lo ya organizado, y vuelve para poner límites, separar planos, cortar mitos. En esa tarea, lo cotidiano no es un estorbo: Es el campo de pruebas.
La Oreo entra allí sin pedir permiso. No por sublime, sino por reproducible. Circular, industrial, idéntica en cualquier anaquel, la galleta presume inocencia, como todo objeto que se vende con sonrisa. Pero lo inocente también educa. Y la educación más eficaz es la que ocurre sin discurso: a través del hábito.
La “filosofía de la Oreo” podría resumirse así: La vida se entiende mejor en capas. Dos tapas oscuras, firmes, que ponen límites; un centro blanco, suave, que guarda lo dulce. Hay quien la abre con cuidado como si fuera un ritual de autoconocimiento, quien la sumerge en leche para domesticar la dureza, y quien la muerde de una vez para aceptar el mundo sin negociación. En cualquiera de los casos, Oreo enseña una pequeña ética cotidiana: Jugar con el tiempo (abrir, separar, mojar, esperar), decidir cómo relacionarte con lo que te gusta y reconocer que el placer también tiene método.
Esa es la primera lección: El límite no siempre es enemigo. Dos discos contienen el relleno; sin bordes no hay centro. Decimos “libertad” y nos imaginamos romper, pero casi todo lo vivible necesita forma. La Oreo no se desarma sola: Alguien la desarma. Y en ese gesto mínimo aparece el sujeto contemporáneo, convencido de que todo debe ser intervenido, personalizado, optimizado.
La segunda lección es el rito: Girar, separar, mirar cuánto quedó en cada tapa, repartir, reservar, repetir. No es solo comer: Es administrar un micro-poder. La industria lo sabe: El gusto no entra únicamente por la lengua, entra por la escena, por la coreografía, por la promesa de control. Y en la repetición se revela nuestra fe doméstica.
Y luego está la leche, esa diplomacia doméstica. Mojar la galleta es negociar con la resistencia del mundo, pedirle que ceda un poco, que se vuelva amable. Pero la suavidad tiene sus reglas: Si te pasas de tiempo, lo que era elegancia termina en caída. El placer también castiga al distraído.
Por eso la Oreo merece filosofía: Porque concentra, en un objeto pequeño, una teoría práctica de la vida moderna. Límites que sostienen, rituales que ordenan, técnicas que consuelan. Hay quien busca en una Oreo lo que antes buscaba en una oración: Un minuto dulce, repetible, confiable, que no discute contigo. La galleta no piensa. Lo que piensa es el sistema que la produce y la coloca, como si fuera natural, en la mesa de nuestros afectos.
Al final, la Oreo no tiene alma. Pero tiene capas. Y a veces, con eso basta para que el mundo se deje pensar.
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