Opinión
Ferias en la población de Elorza
lunes 16 marzo, 2026
Hogan Vega y Dorli Silva
Hablar de las Fiestas de Elorza cada 19 de marzo es sumergirse en el corazón del llano venezolano. Este pueblo del estado Apure se convierte en la capital folclórica de Venezuela. No son solo unas ferias locales; son, probablemente, la manifestación de identidad llanera más pura y famosa del país. De ahí que, Elorza fuera bautizada como “La Capital del Folklor” por una razón: Su capacidad para resistir la globalización y mantener intactas sus tradiciones. Las fiestas se celebran en honor a san José, pero el componente religioso es solo el punto de partida para una explosión de música, baile y destreza física.
Asimismo, las ferias se sostienen sobre varios ejes fundamentales que definen la “venezolanidad” llanera: Iniciando con el joropo, no es solo música de fondo; es el lenguaje del pueblo. Se realizan festivales de canto (contrapunteo) y baile donde se mide la técnica del “escobillao” y el zapateo; seguidamente, la gastronomía es el momento cumbre para probar la auténtica carne a la llanera (en vara), el picadillo de carne seca y el queso de mano; mientras, los toros coleados es el deporte recio por excelencia. Los mejores coleadores del país viajan a Elorza para demostrar su destreza derribando al toro por la cola; sobre todo, la música, que inspiró en el pueblo del Elorza al legendario Eneas Perdomo con su canción “Fiesta en Elorza” y de esta manera fueron inmortalizadas sus ferias, que hoy es prácticamente un segundo himno nacional en esa región.
Sin embargo, realizar una retrospectiva de la historia de las fiestas de Elorza comienza en marzo de 1962 con la visita de Eneas Perdomo, ya un cantante reconocido, pero en busca de su consagración, viajó a las fiestas de Elorza. Se dice que quedó tan impactado por la hospitalidad de los habitantes del pueblo (elorzanos) y el ambiente de las ferias, que lo inspiró en el camino de regreso, mientras comenzó a tararear la melodía. Al mismo tiempo, la letra (la composición) es una crónica poética de su experiencia, donde él logra describir el viaje, la llegada al pueblo, el ambiente de las fiestas y el sentimiento de nostalgia al tener que marcharse. Ahora bien, fue grabada oficialmente en 1962, bajo el sello Discomoda. Curiosamente, no fue un éxito instantáneo “de la noche a la mañana”, sino que fue ganando terreno poco a poco hasta volverse un fenómeno nacional.
En otras palabras, la canción es una crónica llanera, que funciona como un mapa emocional de las festividades: “Un 19 de marzo para Elorza me trasladé”: Establece la fecha sagrada de las ferias (Día de San José); “A las 10 de la mañana, al Arauca llegué”: Inmortaliza el paso por el río Arauca, vital para la geografía de la zona; “Me estrecharon tantas manos…”: Resalta la hospitalidad del elorzano, que es el núcleo de la feria. En consecuencia, el impacto en el pueblo de Elorza, antes de la canción, las ferias eran un evento local. Después de la canción de Eneas Perdomo, Elorza se puso en el mapa del mundo. El impacto fue tal que Eneas Perdomo fue declarado “Hijo Ilustre de Elorza”; además, una de las avenidas principales del pueblo lleva su nombre; adicionalmente, en la entrada del pueblo hay un monumento (estatua) en su honor; por lo tanto, el Concejo Municipal de la zona declaró la canción como el Himno Popular del Municipio Rómulo Gallegos (cuya capital es Elorza).
Por consiguiente, las ferias de este año 2026 prometen seguir esa tradición de “resistencia cultural” que Eneas Perdomo tanto defendió; es decir, las ferias de Elorza 2026 han tomado un giro muy interesante este año. Se nota un esfuerzo institucional por “purificar” la celebración, rescatando la identidad llanera que Eneas Perdomo inmortalizó y alejándola del “bochinche” o la contaminación acústica de géneros modernos que se había visto en años anteriores.
Visto desde la perspectiva mencionada, la programación de este año está diseñada como una “resistencia cultural”. El gran impacto reside en un decreto municipal reciente que prohíbe el reguetón, el vallenato y la música electrónica en el área de las festividades, obligando a que el joropo sea el único protagonista y a la promoción de las siguientes actividades: Elorzanito de Oro, este festival infantil (que ya comenzó este 11 de marzo) es el semillero. Su impacto es vital para asegurar que las nuevas generaciones mantengan el estilo de canto recio y el contrapunteo; festivales de canto recio (17 de marzo): Justo después del “Gran Joropazo”, comienzan las competencias para adultos. El impacto aquí es la profesionalización, donde los participantes se miden en métrica, rima y conocimiento de las variantes del joropo (como el seis por derecho o el pajarillo); amaneceres llaneros (18 y 19 de marzo), considerados el clímax. El impacto cultural es la unión entre artistas consagrados y emergentes, extendiéndose literalmente hasta que sale el sol el día de san José; el 19 de marzo, día de san José, se realiza un paseo fluvial del santo por el río Arauca y sesión solemne.
Por otra parte, como docentes e investigadores, debemos observar cómo estos festivales (desde Elorzanito de Oro hasta los amaneceres llaneros) funcionan como mecanismos de transmisión de saberes. No se trata solo de entretenimiento; es un proceso pedagógico informal donde la comunidad reafirma sus valores, su historia y su relación con el territorio (el río Arauca, la sabana, el ganado). El éxito de las ferias de este año radica en entender que la tradición no es algo estático que se guarda en un museo, sino una práctica viva que requiere protección. Elorza 2026 nos demuestra que es posible gestionar el turismo y la economía local sin sacrificar la esencia gnoseológica de lo que significa “ser llanero”.
En última instancia, visitar Elorza un 19 de marzo sigue siendo un acto de reconocimiento con nuestra raíz más profunda; un recordatorio de que, mientras suene un arpa, la identidad nacional tiene un refugio inexpugnable. El objetivo es presentar la feria no solo como un evento, sino como un espacio de construcción del ser y una respuesta colectiva a la modernidad líquida.
Desde una perspectiva sociológica, las Fiestas de Elorza trascienden la categoría de “feria regional” para constituirse en un cronotopo de identidad. Es el lugar donde el tiempo se detiene y el espacio se redefine a través del ritual. La decisión de este 2026 de restringir sonoridades exógenas es, en esencia, un acto de humanismo defensivo. Se busca proteger el “paisaje sonoro” que da sentido a la vida del llanero, evitando que el ruido de la globalización desplace el murmullo del río Arauca y el repique del arpa, elementos que configuran su ontología misma.
El fenómeno de la hospitalidad elorzana, donde el habitante abre su hogar al forastero, representa una ruptura con el individualismo contemporáneo. En este intercambio, se manifiesta una ética de la alteridad: el otro no es un cliente, es un invitado a participar en una herencia común. Esta dinámica transforma la feria en un laboratorio social donde la comunidad no se limita a “consumir” cultura, sino que la produce y la habita a través del baile y el canto, reafirmando que el ser humano es, ante todo, un ser relacional y simbólico.
El verdadero impacto humanista reside en festivales como el Elorzanito de Oro. Aquí, la educación no ocurre en el aula, sino en la vivencia del legado. Al observar a un niño enfrentarse al reto del contrapunteo, presenciamos la transferencia de un código ético y estético. No se enseña solo una técnica vocal; se transmite una cosmovisión que valora la palabra, el respeto al contendor y el amor por la tierra. Es una pedagogía del arraigo que dota al joven de una estructura identitaria sólida para navegar un mundo cada vez más desdibujado.
En síntesis, Elorza, como reserva moral de lo humano, nos invita a reflexionar sobre la importancia de las raíces en la salud social de una nación. El rescate de su identidad no es un ejercicio de nostalgia, sino una apuesta por la autenticidad frente a la alienación. Al proteger sus tradiciones, Elorza no solo guarda un género musical; resguarda una forma de ser humano que es digna, valiente y profundamente conectada con su entorno. Mientras el 19 de marzo siga siendo el centro de gravedad del llano, habrá esperanza para una modernidad que no olvide su alma. Por su parte, Catherine Walsh (2009) señala que la interculturalidad crítica es una herramienta pedagógica y un proyecto que se construye desde la gente y como demanda de la subalternidad. La interculturalidad promueve una interacción equitativa, igualitaria y plural entre las culturas, a través del diálogo y el intercambio de expresiones culturales.










