Opinión
Hechos en La Grita: el escritor Gaudencio Gallardo Vega
miércoles 25 febrero, 2026
Néstor Melani Orozco *
Para 1954, la literatura chilena estaba marcada por la consolidación de la Generación de 1950 y la vigencia de los “cuatro grandes: Gabriela Mistral, Neruda, Huidobro, y de Rokha.
Destacaron figuras como Juan Marín, Enrique Lafourcade, José Donoso, y poetas como Gonzalo Rojas y Luis Oyarzún. De allí venía el profesor que se asentó de labores en aquella Ciudad de La Grita.
Amaneció desde los gritos guardados en las huellas del peregrinar por aquella América, viniendo de Chile huyendo de los dictadores. Y aún herido lloró las ingratitudes de aquella ciudad que veía levantar entre ladillos la nueva iglesia después de derrumbar la Capilla de 1580 del convento franciscano. Mientras imponente el instituto militar de Pérez Jiménez se vestía de su “época de oro” entre la escuela de Mario Briceño Perozo y el recién llegado y humanista: Gaudencio Gallardo Vega. Fue entre las revelaciones del maestro Sanhuessa y el capitán José Lorenzo Risso Aponte. Como de curtir los sabores de un tiempo y dejar escuchar las dianas repetidas de gloria en cada madrugada.
Entre la elocuencia del verso de Teodoro Gutiérrez Calderón y los recelos benditos del Profesor Domingo Lupi. Como del aroma de los caballeros y las banderas aún rizadas de España vieja. Gaudensio Gallardo más humanista de la escuela de sur con las letras de la universidad heredada de Andrés Bello y los clamores contra los fusiles de aferrados dictadores; se hizo a la tarea de enseñar Castellano desde “Los versos del capitán” de Neptalí Reyes y de recorrer el mundo con Cervantes descrito del italiano Ludovico Amanti o de Bocaccio, como si “Otelo” de Shakespeare hubiese venido en “Romeo y Julieta” de Miguel Bandelo para escuchar y desojar a De Zola en Francia o sentir entre los encantos a “Un bongo cruzando el Arauca” de Gallegos por fin en “Doña Bárbara” huyendo hacia México.
Así narró Juan Bautista Vásquez los méritos de Gallardo Vega, como lo dijo de los compañeros docentes y santurones de ir al director del Liceo para pedirle botaran al profesor chileno por ser “comunista”. Rezaron en la capilla y se dejaron santiguar con las cenizas, sin saber que aquel personaje venía de ser compañero de Alone y de encuentros amigo de Neruda en las confesiones de Antonio Scarmetta. Mientras detrás de la alborada de la plaza del convento. La misma de Monseñor Jáuregui, Laurencio Gallardo Vega escribía su novela desde las tintas de “Soledad”: donde hacía un centenario Simón Rodríguez huía perseguido por el Mariscal LaMar. Habló de su Ximena, la hija del alma y lloró los temples de la poesía desde el corazón roto convertido en plegarias con las camándulas de las beatas y de rezos mostrando las dentaduras de oro, mientras de las barcas los marineros cantando el doloroso viaje hasta la isla de Pascua como del océano Prusia del Pacífico y La Grita convertida en sus lecciones de la lengua de Góngora o de Quevedo. Quizás de las brujas con tafetanes asomándose al “Bar de la Cabaña” entre cuchillos de algún viajero “mapuche” en las grietas solidas de pueblos y las velas gigantes de los bergantines viajando los sueños. Fue contemplar Gaudencio las imprentas de los aprendices, hermanos Lugo, con los tipos de plomo y plata. Y del “Alacrán”, el periódico con las escrituras de los políticos de aquella aldea casi peregrina con heridas de Carvajal Maldonado y del Cojo de la Seguridad Nacional. Lo dijo muy de años después en Rubio en la librería de las Señoritas Ostos, mientras pretendía crear una escuela de Teatro en el dichoso Salón de Lectura de San Cristóbal.
Los años cruzaron las edades de las amapolas y del azul de los cerros en aquella ciudad de las montañas. Nacía “Temple de Madrugada” con arenas del río Aguadías y con “los rostros de los traidores” me lo describió la poetisa Hildamar de Tesser una noche en la casa de zinc de Segundo Nieto, entre rones y recuerdos. Gaudencio Gallardo Vega se marchó de aquel Liceo Militar dejando las huellas y cubriendo el misterio de los barcos de papel y de las miserias de sus compañeros los educadores. Desde su Teatro “El Gallo de la Pasión” y los manuscritos guardados en el verdadero museo de aquel pueblo de cuatro calles. Donde Morelani conservó el corbatín y los originales del libro. Se fue y en Caracas se convirtió en vendedor de textos de la Santillana, con las editoriales de Chile o de la Kapelux revestida de letras de Argentina. De Valparaíso hasta Cuernavaca. Siempre lo recordó el muchacho Juan Urbina. Lo llevó en sus mundos el poeta Laurencio Zambrano desde el Circo en Berlín o de las palabras teatrales de Orlando Cárdenas. Un día nos demostró el poeta y actor los significados del autor de la novela cuajada en La Grita donde los amores se escribieron en las promesas detrás de las tapias con el sonido de las palomas y con el olvido de las ignorancias.
Vinieron los recuerdos entre las hojas amarillas y los retratos de Víctor Mora, de las listas eternas y de la casa donde habitó el notable escritor. Ahora de los olvidados entre el adiós de las memorias… donde deberá de urgencias en los institutos de la educación lograr que los jóvenes entre tareas puedan leer la obra literaria “Temple de Madrugada” escrita en la ciudad hace sesenta y nueve años. Para reafirmar hoy de cada silencio ahora; en los 450 aniversarios de la refundación de la comarca capital del Espíritu Santo con el alma de las almas que aún continúan gritando…
*Artista Nacional. *Maestro Honorario. *Doctor en Arte. *Cronista de La Grita.









