Opinión
Infamia geopolítica para borrar la Hispanidad
martes 6 enero, 2026
Luis Fernando Ibarra*
La historia, a menudo escrita por los vencedores, suele cubrir con un manto de misión civilizadora lo que en realidad fueron actos de supremacía imperialista. En 1898, el mundo fue testigo de una de las maniobras de sesgo mediático más eficaces de la era moderna: la invención de una excusa para desmantelar los restos del dominio español y expandir la hegemonía estadounidense sobre el Caribe y el Pacífico. Este pretexto es un episodio polémico de la historia. La transición desde el incluyente imperio español al auge del imperialismo estadounidense está marcada por la tragedia, la propaganda como arma de guerra y una violencia que a menudo se omite en los libros de texto convencionales. Todo comenzó con una detonación en la bahía de La Habana. En enero de 1898, para proteger los intereses estadounidenses durante la insurrección de independencia cubana contra España iniciada en 1895, el acorazado USS Maine fue enviado a la bahía de La Habana. El 15 de febrero cerca de la media noche, una explosión masiva partió el barco en dos matando a 266 marineros.
Apoyados en investigaciones rigurosas de ingeniería marítima se ha demostrado que el hundimiento del acorazado USS Maine no fue un ataque español. La mayoría de los historiadores y expertos navales coinciden en que la explosión fue interna. Lo más probable es que un incendio en una carbonera adyacente al depósito de municiones causara la detonación accidental. A esa conclusión llegaron investigaciones de la Marina de Estados Unidos lideradas por el almirante Rickover. Por otra parte, para algunos promotores de teorías de conspiración, intereses malignos hundieron el “Maine” en La Habana y culparon a España con el propósito de arrebatarle Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Lo que sí quedó claro, es que USA usó ese evento como argumento para declarar la guerra a España en abril de 1898. Bajo la tragedia del Maine, Estados Unidos desató una intervención guerrerista que no buscaba la libertad de Cuba, sino el control de un botín estratégico. Pero al igual que casi en todas las intervenciones, los intereses del pretexto fueron más importantes que la verdad.
En el Caribe la intención estratégica fue lograr la anglonización mediante la persecución legal. Durante décadas, la bandera puertorriqueña fue un objeto proscrito; poseerla podía significar diez años de cárcel bajo la Ley Mordaza (1948). El sistema de “carpeteo” o espionaje masivo intentó quebrar el espíritu de líderes como Pedro Albizu Campos, quien entendió correctamente que la batalla no era solo por la tierra, sino por el idioma y el alma hispana puertorriqueña. Ante la arremetida estadounidense, Puerto Rico ofreció una lección de resistencia única. A diferencia de Filipinas, donde la distancia y la violencia diezmaron la hispanidad, los puertorriqueños convirtieron su lengua en una trinchera. Contra todas las leyes de sedición y los intentos de imposición del inglés, la isla del encanto se negó a dejar de ser hispana. Al igual que en Filipinas, los gringos intentaron obligar el inglés como lengua oficial en las escuelas. Durante décadas, los maestros puertorriqueños resistieron esta imposición, lo que generó una dualidad cultural que define al Puerto Rico de hoy.
La guerra declarada por Estados Unidos a Cuba en 1898, no fue una cruzada por la democracia, sino el bautismo de fuego del imperialismo estadounidense. Se basó en la mentira justificadora de acusar a nacionalistas cubanos de explotar la embarcación gringa para asesinar cientos de soldados estadounidenses. Sin embargo, en 1898, la prensa sensacionalista liderada por los impulsores del premio Pulitzer, junto al imperio de prensa Hearst, usaron la tragedia del acorazado Maine para incendiar a la opinión pública estadounidense. Muchos historiadores consideran que la conflagración de 1898 fue el primer conflicto bélico provocado por los medios de comunicación. Ese binomio editorial del cuarto poder, ignoró las pruebas de que España no tenía motivos para provocar a una potencia superior y culparon a una mina submarina española para justificar la invasión de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Una anécdota sostiene que el ilustrador Frederic Remington, enviado a Cuba por el dueño de la cadena Hearst, le telegrafió diciendo: “Aquí no hay guerra“. El magnate de la cadena Hearst respondió con su famosa frase: “Usted ponga los dibujos, que yo pondré la guerra“. Para deshumanizar lo hispano, los periódicos publicaban caricaturas que pintaban a los españoles como monstruos sedientos de sangre o como retrasados medievales, mientras presentaban a Estados Unidos como el salvador tío Sam. Esa misma prensa ocultó la realidad. Los periódicos celebraban la “victoria democrática” en sus nuevas colonias, mientras ocultaban las noticias sobre los campos de concentración en Filipinas o la represión de los movimientos independentistas locales que no querían ser anglosajones.
Al final, la voracidad anglo tras una corta guerra, obligó a España a ceder sus últimas posesiones ultramarinas. Mediante el Tratado de París, Cuba obtuvo su independencia, aunque nominal, porque al final quedó bajo el control económico y político de Estados Unidos. Puerto Rico y Guam pasaron a ser territorios estadounidenses. Desconociendo que los filipinos ya habían declarado su propia independencia de España, al finalizar la guerra hispano-estadounidense, Filipinas fue vendida por 20 millones de dólares. De acuerdo a lo estipulado en los acuerdos, se puso fin al conflicto, pero se inició el dominio estadounidense en el archipiélago. La invención del Maine fue la herramienta perfecta para un liderazgo norteamericano que planificaba consolidar la expansión y posicionamiento geopolítico de su país.
Lo que vivió el pueblo filipino es uno de los capítulos más atroces y menos difundidos. Cuando los filipinos se dieron cuenta de que Estados Unidos no traía intenciones de liberarlos de España, sino de colonizarlos, estalló la Guerra filipino-estadounidense. Si en el Caribe la transición fue tensa, en el Pacífico fue sangrienta. La resistencia filipina, que ya luchaba por su independencia, se encontró con un verdadero amo que les resultó muy devastador. Para consolidar su dominio, Estados Unidos implementó un manejo agresivo de des hispanización. El español, que era la lengua de la administración, las leyes y la intelectualidad, fue prohibido en las escuelas y sustituido por el inglés mediante maestros estadounidenses. Diversos eventos demuestran la malignidad de los invasores. En 1901, tras una emboscada filipina, el general estadounidense Jacob H. Smith dio la orden de convertir la isla de Samar en un infierno. “No quiero prisioneros. Deseo que maten y quemen; cuanto más maten y quemen, mejor me parecerá. Quiero que se fusile a toda persona que sea capaz de portar armas en hostilidades reales contra los Estados Unidos“. Cuando se le preguntó por el límite de edad, Smith respondió: “Diez años“. Sus tropas masacraron a miles de civiles. Se estima que la resistencia y las represalias costaron la vida de entre 200 mil y un millón de filipinos. Aunque la cifra de niños fusilados por hablar español se mezcla a veces con la orden de ejecutar a mayores de 10 años por rebeldes, el objetivo cultural era claro: erradicar cualquier vestigio de identidad hispana que pudiera unir al pueblo contra el invasor. El comportamiento anglo norteamericano en Filipinas no fue una exageración, sino una política de pacificación por exterminio. En Filipinas, la transición no fue un proceso de “democratización”, sino una limpieza cultural y física que en pocas décadas despojó al archipiélago de su herencia linguística de tres siglos.
Pero el fusil no fue la única arma. El plan de Estados Unidos incluyó un meticuloso genocidio cultural. Se prohibió el español, lengua de la intelectualidad, imponiendo el inglés mediante la importación masiva de maestros. Fue un intento programado para borrar la conexión de Filipinas con su pasado hispano, destinado a dejar al archipiélago sin raíces. La estrategia fue quirúrgica. Para que el imperio estadounidense floreciera, debía eliminar el nexo común que unía a estas tierras con España e Hispanoamérica. Para reemplazar las élites se favoreció a las familias que aceptaban el comercio con Nueva York por encima del de Madrid. Se reescribieron los libros de historia para presentar la etapa española como una época oscura y la llegada de Estados Unidos como la luz del progreso. Se cortaron las rutas comerciales con el resto de las naciones hispanas, forzando a las islas a mirar exclusivamente hacia el norte.
Esta extensión de leyenda negra contra España fue utilizada como herramienta geopolítica destinada a exagerar o inventar crímenes para justificar la toma de territorios por parte de la nueva potencia de origen anglosajón. La resistencia cultural en Puerto Rico y Filipinas tras 1898 es una historia de tenacidad y valentía. A diferencia de la guerra abierta, que terminó con la derrota militar, la resistencia del espíritu y la lengua se libró en las aulas, en los hogares y en la literatura. Con derroche de resistencia honrosa, estos pueblos lucharon por no dejar morir su esencia hispana frente a la presión anglo. En Puerto Rico, el intento de americanización fue frontal. El gobierno colonial impuso el inglés como el idioma principal de instrucción en todas las escuelas públicas. Sin embargo, durante décadas, los educadores puertorriqueños se negaron a enseñar en inglés, argumentando que los niños no aprendían ni las materias ni el idioma. Esta resistencia duró casi 50 años. Finalmente, en 1948, tras décadas de tensión, el español fue reinstaurado como lengua oficial de enseñanza, logrando que Puerto Rico sea hoy el único territorio bajo bandera estadounidense donde el español es la lengua dominante.
En Filipinas, la resistencia fue diferente porque el español no era la lengua de la mayoría, que hablaba Tagalo. Al llegar los estadounidenses, en muestra de rechazo, el español se convirtió en el símbolo del aguante. A diferencia de Puerto Rico, en Filipinas la resistencia cultural fue quebrada por la violencia de la guerra y, décadas después, por la destrucción de Manila en la segunda Guerra Mundial, donde murió gran parte de la élite hispanohablante. Mientras que en Puerto Rico la resistencia cultural fue un éxito rotundo, porque la isla sigue siendo profundamente hispana en su cultura diaria, en Filipinas fue una tragedia cultural. El español fue eliminado casi por completo del uso cotidiano, dejando al país en un limbo lingüístico durante gran parte del siglo veinte. Para entender la magnitud del control que Estados Unidos ejerció un control férreo sobre el idioma. Es necesario referir la Ley de la Mordaza y las Leyes de Sedición. No fueron solo medidas administrativas, sino un intento legal de asfixiar el alma de un pueblo, castigando sus símbolos cotidianos. La Ley Mordaza fue aplicada con una severidad extrema en la isla. Eran delitos graves: poseer o exhibir la bandera de Puerto Rico, incluso dentro de la casa; cantar canciones patrióticas que exaltaran la independencia; hablar o escribir a favor de la soberanía o en contra del gobierno de Estados Unidos; reunir a más de tres personas si el grupo era sospechoso de apoyar ideales nacionalistas. Por tener una bandera guardada en un armario, el responsable podía ser condenado a 10 años de cárcel y multas de miles de dólares. La bandera que hoy ondea en cada esquina de la isla fue ilegal desde 1948 hasta 1957.
En Filipinas, la Ley de Sedición establecía la pena de muerte o largos años de prisión para cualquier persona que abogara por la independencia de las islas, incluso por medios pacíficos. Se impuso censura hasta en los teatros. Los estadounidenses llegaban a asaltarlos a mitad de una función si los actores usaban ropa con los colores de la bandera filipina, o si el guion contenía metáforas sobre la libertad. La lucha de estas islas es una épica de astucia y coraje intelectual. Mientras los políticos negociaban en los despachos, los artistas usaban la metáfora para burlar la censura. Se reconoce que los escritores mantuvieron viva la llama de la hispanidad aún bajo la permanente amenaza de cárcel.
Tanto en Puerto Rico como en Filipinas, estas leyes se apoyaron en un sistema de espionaje masivo llamado “Carpeteo”. El FBI y la policía local crearon expedientes (carpetas) de miles de ciudadanos comunes: maestros, poetas, estudiantes, líderes sindicales, etc. Quien hablase español con orgullo o se negara a celebrar el 4 de julio, pasaba a ser un “sedicioso” bajo vigilancia. En Puerto Rico, se descubrió décadas después que hubo más de 100.000 personas carpeteadas injustamente. El objetivo de estas leyes de sedición no era solo encarcelar ciudadanos, sino implantar el terror. Al prohibir la bandera y el discurso, se enviaba el mensaje de que ser puertorriqueño o filipino era algo “criminal” o “inferior”, y que la única forma de ser un ciudadano de primera era abrazar la lengua inglesa y la cultura estadounidense.
Afortunadamente, la resistencia fue tal que, en Puerto Rico, la Ley Mordaza terminó siendo declarada inconstitucional, y la bandera se convirtió en el símbolo de identidad más potente de la isla. La resistencia protagonizó un fenómeno bonito y triste a la vez. En muchos hogares de la élite y de la clase media en Filipinas y Puerto Rico, durante la noche, los padres obligaban a sus hijos a hablar un español perfecto y a leer a Cervantes o al poeta y narrador Gustavo Adolfo Bécquer. Estas actividades patriotas se cumplían después que los niños regresaban de la escuela pública donde solo les permitían hablar inglés. Fue una forma de resistencia doméstica. Se enseñaba que el inglés era para los negocios y la supervivencia, pero el español era el idioma del corazón, de la familia, de la historia y de la hispanidad.
En Puerto Rico la resistencia de la hispanidad a ser borrada fue tan masiva que el sistema educativo no pudo doblegar el idioma. La identidad hispana se convirtió en armadura blindada contra la asimilación total. En Filipinas la represión fue más violenta. El inglés terminó ganando el espacio público, pero el español dejó una huella imborrable en miles de palabras del Tagalo y en los apellidos de casi toda la población.
Al observar la geografía mundial vemos las cicatrices de aquel año. Filipinas, angloparlante, pero con apellidos y tradiciones que susurran en español; y Puerto Rico, una nación que, a pesar de las banderas impuestas, sigue rezando, cantando y soñando en el idioma de El Quijote. La historia nos enseña que se pueden hundir barcos y prohibir banderas, pero la cultura, cuando se arraiga en el honor de un pueblo, es una fuerza que ningún imperio ha logrado jamás silenciar por completo. Lo que comenzó con la explosión sospechosa del Maine en La Habana, terminó transformando el mapa del mundo. Estados Unidos obtuvo sus colonias, pero se encontró con una resistencia que no esperaba. Una resistencia que no se hacía solo con fusiles, sino con diccionarios, poemas y banderas escondidas bajo el colchón. Hoy el español es la segunda lengua más hablada en Estados Unidos; y, Puerto Rico sigue siendo una nación caribeña de habla hispana. Sin duda, la explosión fortuita o no del Maine sirvió para arrebatar territorios, pero no logró conquistar el alma de esos pueblos mestizos, herederos de 300 años virreinales, legados del edificante y glorioso imperio español.
*Ingeniero de Sistemas (ULA).
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