Opinión
La amistad en las redes sociales: ¿Bajo el control del algoritmo?
jueves 12 febrero, 2026
*Rocío Márquez
Si en el artículo anterior advertíamos que las redes sociales nos hacen creer que estamos cerca de nuestros amigos cuando en realidad compartimos poco, hoy debemos dar un paso más inquietante: incluso esa amistad mediada está dejando de depender de nosotros. Ya no elegimos con quién relacionarnos, sino que el algoritmo decide a quién vemos, a quién leemos y a quién terminamos considerando relevante.
La visibilidad desplaza la conexión
Las plataformas digitales, que en sus inicios prometían conectar personas, han ido desplazando el vínculo humano en favor de la lógica de la visibilidad. No aparecen primero quienes nos conocen mejor o con quienes compartimos historia, sino quienes generan más interacción, más clics y más tiempo de permanencia. Así, la amistad queda subordinada a métricas de popularidad y rendimiento, no a la afinidad, el afecto o la confianza.
El algoritmo no prioriza la profundidad del vínculo, sino su capacidad de entretener. En ese proceso, los amigos “silenciosos”, aquellos que no publican constantemente ni se ajustan a las dinámicas del espectáculo digital, desaparecen de nuestro horizonte cotidiano. No porque hayan dejado de existir, sino porque dejaron de ser funcionales al sistema de atención. La amistad, entonces, se vuelve frágil, condicionada por la frecuencia de publicación y la estética del contenido.
Este fenómeno empuja a las redes sociales hacia un modelo cada vez más similar al de TikTok: un flujo incesante de estímulos, entretenimiento y consumo rápido, donde el otro deja de ser un sujeto con el que me relaciono y se convierte en un contenido que consumo. El feed ya no es un espacio de encuentro, sino un escaparate de performances personales, optimizadas para gustar y no para conectar.
¿Cambiamos la amistad por el entretenimiento?
Cuando las redes priorizan el entretenimiento sobre la relación, pierden su sentido social. Se diluye la posibilidad de construir comunidad, de sostener conversaciones prolongadas, de acompañar procesos vitales. Lo que queda es una ilusión de cercanía, mediada por imágenes y frases breves, que difícilmente sostienen una amistad real.
El riesgo no es solo tecnológico, sino cultural. Si aceptamos que el algoritmo decida con quién interactuamos, también renunciamos —sin notarlo— a la responsabilidad de cuidar nuestros vínculos. Recuperar la amistad implica resistir esa lógica: buscar activamente al otro, salir del flujo automático, volver a escribir, llamar, encontrarse.
Porque la amistad no debería depender de cuántas veces aparecemos en pantalla, sino de cuánto estamos dispuestos a estar presentes en la vida del otro. Y ningún algoritmo, por sofisticado que sea, puede reemplazar esa decisión humana.
*Comunicadora Social. Doctora en Ciencias Humanas. Profesora de la Universidad de Los Andes, Táchira.
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