Opinión
La carencia de espejismos
lunes 23 febrero, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
En el devenir de Venezuela se ha vuelto claro algo que la filosofía materialista sabe desde hace tiempo: Los acontecimientos políticos no son destellos aislados, sino efectos de tramas históricas densas, arraigadas en relaciones de fuerza, estructuras económicas y recursos concretos. Lo que un periodista contempla como “hechos singulares” —visitas de funcionarios extranjeros, acuerdos energéticos o declaraciones oficiales— no son episodios sueltos; son piezas de una historia larga que se despliega bajo nuestros pies.
En semanas recientes, una delegación del principal país imperio occidental se hizo presente en Caracas para dialogar con la actual administración venezolana sobre una agenda que se presenta como “energética y bilateral”, con énfasis en petróleo, gas, minería y electricidad; además de anunciar la apertura de la industria petrolera a inversión extranjera y el fin de ciertas sanciones que la habían asfixiado durante años.
Contemplar esto como una simple “normalización diplomática” sería perder de vista la dimensión material de lo que ocurre. No es un gesto amable entre líderes amistosos. Es una reconfiguración de la relación entre fuerzas económicas y políticas muy concretas. El petróleo venezolano —esa enorme masa de materia fósil transformada en energía y riqueza— no es una metáfora: Es hecho bruto, motor de guerras, sanciones, alianzas y cambios de gobierno.
Desde el materialismo filosófico, esto se lee sin romanticismos: La política no puede separarse de las condiciones materiales que la sostienen. El desequilibrio de poder entre naciones, la dependencia de capital extranjero, el control de recursos estratégicos, los acuerdos comerciales, la posición de los Estados en la división mundial del trabajo… Todo ello configura las posibilidades reales de acción. Lo que se anuncia como “beneficio para la población venezolana” no cae del cielo; es la expresión de negociaciones en las que siempre existe un lado que tiene más fuerza, más medios y más voz en la historia en marcha.
No se trata de negar la importancia de mejorar la calidad de vida de las personas. Pero no hay política social, ni recuperación económica, ni emancipación colectiva que no pase por la transformación de las condiciones materiales fundamentales: Quién controla la producción, quién decide las inversiones, qué fuerzas armadas sostienen el orden, qué vínculos internacionales estructuran la economía. El regreso de un alto funcionario extranjero para “cooperar” en materia energética es un síntoma de que los espacios de soberanía efectiva todavía están en disputa y que la historia venezolana, lejos de cerrar ciclos, todavía se abre a tensiones nuevas.
Esto también ayuda a disipar el mito cómodo de que una sola visita o una sola declaración puede “cambiar el destino” de un país. La historia material no es instantánea ni lineal. Es tejido de estructuras, intereses y condiciones que operan más allá del entusiasmo mediático. La presencia de capitales, empresas, tratados e intereses geopolíticos no es una excepción: Es parte de la lógica de nuestras sociedades inscritas en una historia global donde los recursos naturales son ejes de poder, no simples mercancías.
Pensar así no es pesimismo ni catastrofismo, sino realismo filosófico: comprender que la política no es espectáculo, sino transformación de circunstancias materiales concretas. Sólo así se puede empezar a evaluar qué caminos reales existen para que un pueblo —y no solo sus élites o los intereses foráneos— recupere la capacidad de decidir su rumbo en la historia.











