domingo 14 agosto, 2022
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La crisis alimentaria que se nos viene…

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Francisco Corsica

Debe ser de su conocimiento que en el otro lado del mundo se libra una batalla que representa un desafío en más de un sentido para toda la humanidad. A estas alturas sería inusual no estar al tanto. Rusia, al vulnerar la soberanía y la integridad territorial de Ucrania, se ha convertido en una amenaza a la seguridad y la paz internacionales. Sin pasar por alto el cambio significativo que conlleva la invasión para el sistema internacional, que no volverá a ser el mismo, y la posibilidad remota pero existente del estallido de una guerra nuclear. No podemos dejar de lado tampoco la crisis agroalimentaria que afectará a la humanidad durante los próximos años.

Tales afirmaciones no son una predicción, como si se tratase de tomar una bolita de cristal y a través de ella escudriñar generalidades sobre el futuro. Ya quisiéramos que fuera un mero ejercicio especulativo. Más bien, se trata de una proyección basada en una realidad planetaria y en el comportamiento económico resultante de los lamentables hechos acaecidos en Europa del Este —específicamente, de la invasión antes mencionada— que modifican por completo la situación agroalimentaria del globo terráqueo.

Para entrar en materia y tener una noción más clara en este sentido, los dos países beligerantes representan casi un tercio de las exportaciones totales de trigo y el 18% de maíz. De hecho, Ucrania es conocida como «El granero de Europa» gracias a su extensión territorial y su relieve predominantemente plano y fértil. Igualmente, Rusia se destaca como el principal productor mundial de fertilizantes. Casi nada, ¿no? La guerra ha impedido el normal desenvolvimiento de la actividad económica en general y de la alimenticia en particular.

Observen que no nos estamos metiendo en otros problemas de la economía mundial que revisten tanta importancia como el tópico que estamos abordando. Es decir, no abordaremos —por ejemplo— la previsible crisis de la deuda que ya agobia a los gobiernos, tampoco la chatarra que están comprando las principales empresas tecnológicas para fabricar sus futuras innovaciones ante el encarecimiento de las materias primas ni el alza de precios en el mercado petrolero.

Como consecuencia del conflicto, la escasez de alimentos puede llegar a ser colosalmente grave en aquellas sociedades que dependen de esta clase de importaciones. Hablamos, fundamentalmente, de Europa del Este, el Cáucaso y Asia Central. Las demás regiones sufriremos de lo mismo aunque en menor escala, un aumento importante de precios y probablemente la reducción en la productividad de nuestras tierras ante la falta de fertilizantes. Aún no ha sucedido y ya debe poner a pensar hasta al más inconsciente de los lectores. Preocupa.

Si bien es cierto que no podemos evitar la inminente crisis alimentaria, sí podemos sumar esfuerzos para amortiguar sus previsibles y devastadores efectos. Cada sociedad, por su cuenta, privilegiando en la medida de lo posible el  autoabastecimiento. En este sentido, nuestro país podría jugar un rol más activo en el ámbito de la producción de alimentos. Después de todo, bien sabido es que el sector primario nacional ha mermado considerablemente en las últimas décadas y en los meses más recientes ha experimentado un ligero incremento. Aún sin ser suficientes las cifras que arroja en la actualidad, no podemos negar que son excelentes noticias. ¡Ya era hora, caray!

Pensémoslo bien: poseemos un clima envidiable y suelos fértiles que claman por hombres y mujeres que los trabajen y los hagan rentables. Durante los siglos de la colonia vivimos de nuestro extraordinario e inigualable cacao, llegando a ser los primeros productores globales en aquella época; en el XIX, nuestro estupendo café proveyó el sustento de los hogares criollos, ¿por qué no revivir ese enorme potencial agrícola que yace oculto en tantos rinconcitos de esta tierra?

¿Cómo podría lograrse este loable objetivo? Los detalles técnicos podrían ser aclarados con mayor rigurosidad por los especialistas en cada área. Sin embargo, desde el punto de vista político, la actividad agroalimentaria debe quedar en manos de los particulares, con los conocimientos pertinentes y la firme intención de trabajar en el campo. Son ellos quienes pueden echar ese carro a andar con éxito. Como reza la sabiduría popular, “muchas manos ponen el caldo morado”. Las autoridades nacionales y locales deben limitarse a fomentar este sector a través de la política económica y dejarlo labrar su destino con miras al desarrollo. Igualmente, deben brindar los servicios públicos necesarios para su normal y cómodo desenvolvimiento.

No es una tarea fácil ni rápida, pero por algo hay que empezar. Contar con buenas cosechas es la consecuencia de años de esfuerzo acumulado. Es solo uno de varios sectores económicos que deben despegar para lograr la tan anhelada como olvidada diversificación. Fíjense que en el pasado ya no los advertía un reputado venezolano. Decía: “Venezuela debe ser un país eminentemente agrícola, por la sencilla razón de que si no, nos moriremos de hambre”. Nos referimos al número uno de la televisión, Renny Ottolina. Si en tiempos de bonanza era necesario, ni les cuento ahora que la emergencia es a escala global.

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