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Inicio/Opinión/La crisis del sentido común

Opinión
La crisis del sentido común

jueves 26 marzo, 2026

La crisis del sentido común

Rocío Márquez*

Cuando era niña, mis cuentos favoritos eran La princesa que creía en el sentido común —cuyo autor no logro recordar ni encontrar— y Los tres pelos del diablo, de los hermanos Grimm. No es un dato menor. Ambos relatos, de formas distintas, giraban en torno a una misma intuición: que el mundo podía entenderse, que existía cierta lógica compartida y que, con astucia o sensatez, era posible orientarse en él.

Eso, en términos simples, es el sentido común. La capacidad de interpretar la realidad de manera razonable, práctica y, sobre todo, compartida. No implica sofisticación ni erudición, sino algo más básico: distinguir lo verosímil de lo absurdo, lo proporcional de lo exagerado. Es un acuerdo implícito sobre cómo leer el mundo.

Pero incluso esa definición encierra un problema. Como sugiere el artículo “Cuán común es el sentido común (y a todas estas, qué es exactamente)” (BBC Mundo, 2024), el sentido común es tan difícil de definir como de medir. Aunque solemos asumir que todos lo compartimos, en realidad cada persona construye el suyo a partir de experiencias, aprendizajes y contextos distintos. Lo que parece obvio para unos no lo es para otros. Y ahí comienza la grieta, que se vuelve aún más profunda en esta era tan llena de información que nos expone diariamente a la desinformación, y modelada por algoritmos que amplifican los sesgos, como el de confirmación.

¡Estamos fragmentados!

El problema actual no se relaciona únicamente con la desinformación, sino con la pérdida de un marco compartido de realidad. Ya no solo discrepamos en opiniones, discrepamos en los hechos. Cuando ni siquiera coincidimos en lo básico, el sentido común deja de ser un punto de encuentro y se convierte en otra dimensión fragmentada.

Una de las claves de esta crisis es, precisamente, la fragmentación de la realidad. Vivimos en entornos informativos personalizados, donde cada quien accede a versiones distintas del mundo. Los algoritmos no solo seleccionan contenidos, modelan percepciones. Así, lo que para unos es evidente, para otros resulta falso o irrelevante. Entonces, el sentido común, que necesita de un suelo compartido, se disuelve en múltiples realidades paralelas.

Dominio de la emotividad

A esto se suma la centralidad de la emoción. Hoy no basta con que algo sea cierto: debe conmover. La indignación, el miedo o la identificación pesan más que la evidencia. En este contexto, creemos menos por lo que tiene sentido y más por lo que sentimos que encaja con nosotros. Y cuando la emotividad domina, el juicio pierde estabilidad.

Volver a aquellos cuentos permite ver el contraste. En Los tres pelos del diablo, el protagonista construye sentido: escucha, interpreta y conecta. Hay una lógica que puede descubrirse. En cambio, nuestra época parece saturada de información sin articulación. Y aquella princesa —real o imaginada— creía en algo que hoy suena casi ingenuo: que el mundo podía comprenderse desde un criterio común.

Tal vez ahí esté el núcleo del problema. No hemos perdido información, hemos perdido la capacidad de hacerla compartida. Y sin sentido común, lo que se fragmenta no es solo la verdad, sino la posibilidad misma de entendernos.

*Comunicadora social. Doctora en Ciencias Humanas. Profesora de la Universidad de Los Andes, Táchira.

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