Opinión
La fiesta del Mundial de fútbol: Pasión de multitudes
lunes 15 junio, 2026
Hogan Vega y Dorli Silva
El Mundial de fútbol actúa como un mecanismo de suspensión temporal de la realidad, un fenómeno que en sociología podríamos denominar como un “tiempo liminal”. Durante el torneo, la estructura social habitual se vuelve maleable, permitiendo que las tensiones económicas, políticas, religiosas y académicas queden relegadas a un segundo plano, bajo el manto de una identidad compartida. De ahí que, se entienda por identidad compartida (o identidad colectiva) el sentimiento de pertenencia a un grupo. Se construye cuando las personas comparten valores, creencias, experiencias o una causa común, desarrollando un fuerte sentido de nosotros frente a los demás.
Asimismo, el fútbol posee una capacidad única para evocar memorias colectivas y generar un fuerte sentido de pertenencia bajo un mismo color, himno o camiseta. Por ejemplo, en el estado Táchira, la pasión por el Deportivo Táchira es única y difícil de describir, ya que es un sentimiento nacional que inspira esa identidad por nuestra institución. Es decir, durante la fiesta del futbol, las diferencias sociodemográficas, políticas o económicas internas de un país suelen pasar a un segundo plano. Se consolida un imaginario de comunidad imaginada donde millones de desconocidos comparten la misma euforia o frustración.
En el día a día, las sociedades operan bajo lógicas de conflicto: Políticas, donde hay ganadores y perdedores; económicas, donde hay desigualdad; y académicas, donde la competencia por el prestigio es constante. En cambio, el fútbol impone una lógica distinta, transformando el campo de juego en un espacio de igualdad meritocrática. No importa el PIB de una nación ni su sistema político; en los 90 minutos, la capacidad de ejecución y la estrategia técnica dictan el resultado con la diferencia para el aficionado de una narrativa donde la justicia parece posible, sirviendo como un escape psicológico a las injusticias del sistema político o económico real.
Algo semejante ocurre con las diferencias religiosas o geográficas que crean barreras; el fútbol introduce un código común, la pasión deportiva permite que un seguidor de un país en conflicto con otro pueda reconocer en el rival a un “igual en la pasión”. Esto no borra las diferencias ideológicas, pero las subordina a un objetivo estético y lúdico común; pero con el Mundial de fútbol, se convierte el conflicto en una forma de juego organizado, transformando la hostilidad en una competencia estructurada y, por tanto, más fácil de digerir.
Desde una perspectiva sociocultural, el Mundial funciona como una válvula de escape. Al desplazar el conflicto a un entorno controlado (un estadio), la tensión acumulada por razones políticas o económicas se canaliza a través de: El canto y la bandera, símbolos que, al ser elevados en un contexto de fiesta, pierden su carga agresiva original y se transforman en elementos de identidad celebratoria; las ciudades sede se convierten en foros donde la interacción humana espontánea (intercambios entre ciudadanos comunes) ocurre al margen de las posturas oficiales de sus gobiernos. Es la diplomacia de base, donde el ciudadano de a pie actúa como puente.
En otras palabras, es importante mantener una visión crítica sobre el impacto de minimización de diferencias políticas, económicas, religiosas, académicas, entre otras; todo es transitorio; históricamente, después de los grandes eventos, la realidad social suele regresar con fuerza. Aunque el fútbol ofrece un respiro, no resuelve los problemas estructurales. De hecho, a veces es utilizado por los Estados para ocultar crisis internas (el fenómeno del sportswashing), donde el éxito deportivo se usa para ocultar realidades políticas o desviar la atención de problemas económicos.
Por lo tanto, desde la academia, observas que este fenómeno no es una desaparición del conflicto, sino una reconfiguración del foco de atención. La mente humana tiene una capacidad finita para procesar el conflicto; al ser saturada por una narrativa emocional (la selección, la gloria, el ídolo), el conflicto sociopolítico pierde intensidad en el espacio público compartido. Por consiguiente, esta tregua social es un objeto de estudio fascinante, pues demuestra que la cohesión social es más flexible de lo que solemos creer; gracias a la necesidad colectiva de alegría y pertenencia, nuestras diferencias se vuelven negociables, al menos mientras dure el último partido y la fiesta del Mundial de futbol.
Sin embargo, reflexionar sobre el impacto de la Copa Mundial de Fútbol, más allá de los 90 minutos de juego, es estar conscientes de que la organización de este evento se erige como uno de los fenómenos sociológicos y comunicacionales más potentes de nuestra era; es una celebración que logra articular la identidad colectiva y la conexión humana a una escala global casi incomparable. El Mundial funciona como un catalizador de la identidad cultural; para millones de personas, el fútbol no es solo un deporte, sino un repositorio de su historia nacional y su orgullo colectivo. Durante estas semanas, el mundo parece sincronizarse; las fronteras geográficas se desdibujan para dar paso a fronteras emocionales marcadas por los colores de las banderas. Es un momento en el que el nosotros se expande, permitiendo que personas que nunca se han visto compartan el mismo júbilo o la misma tristeza ante un gol o un resultado.
En consecuencia, el futbol se considera como el lenguaje universal, motivado por su simplicidad: Es un lenguaje sin palabras que todos comprenden. Esta semiótica deportiva permite que la pasión sea transcultural, donde las tradiciones locales, a través de los cánticos, gastronomía, vestimenta, se entrelazan en las sedes del torneo, convirtiendo a las ciudades anfitrionas en mosaicos humanos donde la convivencia es el denominador común. Es, en esencia, una de las mayores plataformas de diplomacia blanda que existen.
En el contexto actual, la experiencia del Mundial ha trascendido la televisión tradicional; hoy, la vivencia es inmersiva y constante, donde las redes sociales permiten que la celebración ocurra en tiempo real en cada rincón del planeta. Ahora, con la tecnología, hasta el balón de futbol permite enviar información en tiempo real de jugadas confusas y ayudar al árbitro a tomar decisiones y, con la ayuda del Árbitro Asistente de Video (VAR), hasta la analítica de rendimiento de los jugadores, añadiendo capas de complejidad que invitan al debate constante entre los aficionados. Desde la perspectiva de las dinámicas sociales, el Mundial genera lo que llamamos una efervescencia colectiva, donde la descarga emocional que produce el torneo actúa como un mecanismo de cohesión. Es un refugio temporal donde el estrés cotidiano se suspende para dar prioridad a una narrativa compartida: la esperanza de ver a nuestro equipo alcanzar la gloria.
Del mismo modo, analizar la fiesta del mundial de fútbol es realizar una analogía con un espejo de nuestra sociedad. Las tensiones, la inclusión, la diversidad y los valores humanos se ponen a prueba en cada partido. La fiesta es, en última instancia, un recordatorio de nuestra capacidad humana para celebrar lo común por encima de lo que nos divide. Es, sin duda, un escenario vibrante donde la técnica, la estrategia y el corazón humano se encuentran, en la búsqueda del amor propio, mediante el cuidar nuestras necesidades y no sacrificar nuestro bienestar para complacer a los demás; quererse a uno mismo significa tener una gran consideración por nuestro bienestar y nuestra felicidad.
En síntesis, amor propio y autoestima no significan exactamente lo mismo. Entender en qué se diferencian puede ayudarnos a cuidar nuestro bienestar emocional de una manera más consciente. El amor propio implica una actitud de respeto, aceptación y cuidado hacia uno mismo, más allá de los logros, dificultades o la opinión de otras personas. Es una base estable que no depende de factores externos; la autoestima se refiere a la valoración que hacemos de nosotros mismos, es decir, cómo nos vemos en cuanto a nuestras capacidades, valor y competencia. Esta valoración puede cambiar según las experiencias y el contexto.
Ambos conceptos están conectados: El amor propio crea un terreno fértil para que pueda crecer una autoestima saludable. Aun así, es posible atravesar momentos de baja autoestima y, al mismo tiempo, mantener una actitud de amor propio, aceptando nuestras imperfecciones y cuidándonos en los momentos difíciles.











