Opinión
La guerra imposible
lunes 11 mayo, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
Una eventual guerra entre Estados Unidos e Irán suele presentarse como un conflicto entre democracia y teocracia, libertad y fanatismo religioso. Pero desde una perspectiva materialista, esa interpretación no pasa de ser propaganda ideológica apta para noticieros y discursos presidenciales. Los Estados no guerrean por valores abstractos, sino por poder, recursos y supervivencia.
Estados Unidos no confronta a Irán porque le preocupen especialmente los derechos humanos en Teherán. Si ese fuera el criterio, tendría demasiados problemas pendientes con varios de sus aliados en Medio Oriente. Lo que realmente está en juego es la preservación de la hegemonía norteamericana en una región estratégica para el comercio energético mundial y, sobre todo, el mantenimiento de un orden internacional que comienza a mostrar síntomas visibles de agotamiento.
Irán, por su parte, tampoco actúa únicamente movido por fervor islámico. Detrás del discurso revolucionario chiita subsiste un viejo proyecto nacional persa de expansión e influencia regional. La revolución de 1979 cambió el lenguaje político, pero no eliminó la lógica geopolítica histórica de Persia como potencia regional.
El filósofo español Gustavo Bueno desconfiaba profundamente de las interpretaciones morales de la política internacional. Para él los imperios realmente existentes no son categorías éticas sino estructuras materiales de poder. Y precisamente allí aparece el principal problema para Estados Unidos: Sigue siendo una potencia militar gigantesca, pero cada vez le resulta más difícil transformar victorias militares en órdenes políticos estables.
Irak y Afganistán dejaron una lección incómoda. Washington puede destruir Estados con enorme rapidez, pero no necesariamente controlarlos después. Irán, además, no es Irak. Tiene mayor cohesión interna, profundidad territorial, redes armadas regionales y capacidad para convertir cualquier invasión o intervención prolongada en una guerra de desgaste.
Y eso quizás explica por qué el escenario más probable no sería una guerra total sino una confrontación limitada y administrada: Bombardeos selectivos, ataques indirectos, sabotajes, milicias intermediarias y escaladas cuidadosamente calculadas para evitar un incendio generalizado en Medio Oriente.
Porque incluso los imperios entienden sus límites. O terminan entendiéndolos demasiado tarde.
Quizás allí radique la verdadera paradoja. Estados Unidos no posee la capacidad imperial necesaria para controlar las consecuencias de esa destrucción. Y Teherán lo sabe. En política internacional, sobrevivir suele ser la forma más eficaz de victoria.
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