sábado 1 octubre, 2022
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La paciencia de un atardecer

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Porfirio Parada


El lenguaje de las montañas y los árboles. Y la vida pasa, aquí en la ciudad, en los pueblos, en otras partes del mundo. Nos proponemos metas, buscamos esfuerzos, nos convertimos en lo que queremos ser. Vivimos el momento inmediato de las miradas, de las respuestas de las miradas, de las ausencias de las miradas, nos escondemos o nos mostramos en los movimientos de los cuerpos, en las pieles de los cuerpos que los habitan, exigimos respuestas prematuras a las respuestas que deseamos tener. Olvidamos el cielo aunque lo deseamos por dentro, ignoramos el lenguaje de las montañas y los árboles.

Hay senderos para un acuerdo, algunas veces la respuesta es contemplar los pinos, sonreír o sorprendernos por el viento que nos toca desprevenidos, desafiar o cambiar el vacío por algún paisaje. Porque vivir en lo mundano es vivir en la tierra envuelta por los rostros comunes y anónimos, por el ritmo calculador de los pasos en las calles, en el trabajo, en el quehacer, por los pasos predecibles de los encuentros y desencuentros diarios. Sentimos que no hay mañana en nuestro discurso, en nuestros supuestos modales, en lo que decimos, nos ponemos pesados por nuestras propias palabras pesadas. Opinamos de casi todo y definimos casi todas las cosas. Descuidamos hasta la naturaleza muerta, o la viva, la que podemos revivir si queremos.

Somos consumo, somos historias digitales y reacciones de las historias virtuales que realizamos para las respuestas ya conocidas. Somos consumo y posiblemente somos maltrato por lo que comemos y tomamos. Nos bloqueamos con la idea de un recorrido por la intimidad de un bosque, violamos la paciencia de un atardecer, nos levantamos por las mañanas para el consumo de las redes sociales ignorando la energía que nos da el alba. Preferimos consumir para el ego, para el yo del hoy mío. Consumimos para la estrategia, consumimos de acuerdo al ordenador que nos consume y nos indica cómo consumir, ignorando la vitalidad que representa las escalas cromáticas del cielo, la simple interacción con los animales y el pasto, el recorrido necesario por el monte, jugar a ser niños siendo ya adultos, ilusionarnos con la emoción de los primeros años.

Pasamos la vida insistiendo que nos escuchen, buscando la razón, sin decirlo creamos nuestra propia militancia y nuestra propia bandera. Buscamos la guerra de las palabras y de la confrontación. Cuando nos llevan la contraria sobre nuestra opinión se puede crear un atentado, es un lugar para el caos y el insulto, pensar diferente es una enfermedad. Nos escuchamos tantas veces que somos la caricatura de nuestra propia repetición. ¿Hay una mínima posibilidad de buscar la naturaleza en plena jornada laboral?, ¿de escucharla en el verdadero escape? Los caminos están o también lo podemos crear. Por mucho mal que le hemos hecho al mundo, por mucha violencia, insensatez y descuido, la madre naturaleza insiste en ser rica más allá de nuestra terquedad y nuestro divorcio con ella, ella nos ofrece la libertad que buscamos erróneamente en la pantalla o en la falsa atención que realizamos escuchando a otras personas.

Le huimos a una ligera brisa porque nos puede matar de un resfriado, maldecimos al sol cuando hace calor y nos estresamos, si hacemos ejercicio lo ideal es en un gimnasio y con el celular en una mano en pleno movimiento para demostrar que nos ejercitamos y cumplimos con el ritual colectivo. Y se puede respetar y vivir con esa satisfacción personal y con esa sensación plástica y artificial. Vivimos tiempos súper modernos. Perdemos contacto con la fauna y flora más cercana, con la biodiversidad más allá de nuestra flojera de subir una montaña. Olvidamos la fortuna del sonido de un arroyo, la maravilla que genera un recital de loros y pájaros que avisan en sobrevuelos que viene la noche. Perdemos sensibilidad por la búsqueda de una noche estrellada, preferimos seguir publicando, guardando en carpetas las fotos ya utilizadas y manipuladas, durmiendo con el celular prendido en la cama y cargando.

Y mientras más pasan los años y más se vive, más nos comprometemos con las relaciones humanas y con la vorágine de nuestros propios discursos, con las miradas asesinas y agobiantes,  mientras más crecemos más nos creemos superiores incluso más que una flor, un caudal, o un árbol que vuelve a florecer. Hay un dolor después del dolor en contra natura, no hay un regreso ni arrepentimiento para disfrutar lo que nos queda en esta parte del universo. Apenas somos instantes en la inmensidad de nuestro alrededor y en lo que se ve más allá de nuestros ojos y conocimientos previos o recién descubiertos. Me gustaría cambiar y soñar con más frecuencia con el lenguaje de las montañas y los árboles.

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