Las colas de la gasolina (parte VII)

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Liliam Caraballo

Fernando y Roxana se apresuraron a prestar ayuda, sumándose al grupo alrededor de la mujer quien continuaba gritando y pidiendo ayuda, al borde del colapso.

—Me violaron…por favor, ayúdenme—gritaba ecolálica la víctima.

Rápidamente la cubrieron con una manta y la introdujeron en uno de los vehículos para trasladarla a la clínica Táchira, donde fue atendida de emergencia. Un conductor y su esposa permanecieron con ella, hasta ponerse en contacto con sus familiares. Cuando regresaron a la cola, contaron el terrible episodio que había vivido aquella mujer, rodeada de gente y sin que nadie se percatara. Con el propósito de informar, sin intención especulativa, y para evitar en lo posible que estos hechos vuelvan a repetirse, en las malhadadas colas de la gasolina, vamos a referirlo.

Según la versión de la agraviada, cerca de las once de la noche, una camioneta de doble cabina se detuvo al lado de su carro. El conductor le pidió información y ella, muy amablemente, se la dio.  Muy  agradecido, le ofreció café.

—Mi esposa me lo preparó por si me quedaba en la cola. ¿Gusta un poco?

El acompañante descendió de la camioneta y le sirvió de un termo una porción de la humeante  bebida. La joven  la saboreó lentamente y, cuando terminó, el hombre le pidió el vaso de plástico en el cual acababa de servirle. El otro le dijo que se iba a colocar en el final de la cola, agradeció la información y ambos se alejaron con el vehículo en retroceso.

En minutos una sensación vaga de placer somnoliento hizo que la chica se preparara para dormir un poco. Estaba aún despierta cuando el acompañante regresó y abrió rápidamente la puerta del copiloto, introduciéndose en el vehículo. Con el resto de conciencia que aún podía controlar, le dijo que se bajara, pero él le explicó que solo quería conversar. Ya, con la voluntad totalmente anulada, no pudo negarse. Hasta allí recordaba, horas después, cuando recuperó la conciencia. Tan solo retazos confusos de recuerdos y palabras inconexas llegaban a su memoria seis horas después de haber ingerido la droga en el café. Aquellos hombres, si así puede llamárseles, la violaron repetidas veces por vía vaginal, desgarraron su esfínter anal y mordieron despiadadamente sus senos, abandonando la escena de su crimen sin levantar la menor sospecha.

Después del relato, una sensación de orfandad se multiplicó en los presentes, que ya no pudieron regresar a sus vehículos, permaneciendo en vigilia el resto de la madrugada, contando historias escalofriantes sobre escopolamina, atracos y violaciones, ocurridas en las absurdas e inverosímiles colas de la gasolina.

—Yo les voy a contar una experiencia de la que fui testigo —dijo un hombre de avanzada edad—. Una madrugada, en la cola que se forma en la E/S del hotel Hamburgo, por la calle que baja del Club Demócrata, un hombre  y su mamá estaban haciendo cola, cada uno en su carro. Cerca de las cinco, el tipo visualizó a un motorizado y un “parrillero”  en actitud sospechosa. Los vio bajar y subir varias veces. Efectivamente, sus sospechas se confirmaron cuando los dos malandros se acercaron al carro de la señora con intención de atracarla…pues, amigos míos, el hombre sacó su pistola y disparó, matando al “parrillero e hiriendo al conductor, que logró escapar. El cadáver quedó tendido en mitad de la calle. A pesar de que todos conocían la intención de aquel muchacho, porque era un carajito, muchos sintieron dolor al pensar en la madre; sin embargo, inmediatamente los conductores que estaban cerca le dijeron al hombre que se fuera de allí.

“Piérdase rápido, que usted simplemente hizo justicia, cosa que no puede hacer la policía. Más bien deberíamos darle las gracias por haberse bajado a ese malandro. Aquí nadie vio nada. Estábamos durmiendo cuando nos despertaron los disparos y vimos al muerto, pero no vimos a nadie disparando. Piérdase, antes de que sea tarde”.

—Este fue el tipo de comentarios que se escucharon esa madrugada. El hombre, efectivamente se marchó. Yo también me fui porque estoy muy viejo para buscarme problemas. Y ahora, díganme algo….¿Sí ustedes tuvieran al frente a los dos malditos que drogaron y violaron a esta mujer…no les provocaría hacer lo mismo?

No hubo respuesta. A las seis el sol asomó por la Loma de Pío e iluminó poco a poco la ciudad. Con los cuerpos maltratados y las mentes estresadas, todos se dispusieron a otro día de tortura. Cerca de las siete, vieron desde lo lejos a un grupo de personas acompañadas de dos uniformados. Los carros estaban siendo numerados con una brochita y líquido blanco, de acuerdo al número de placa anotado previamente, por una señora enérgica, cuyo vehículo estaba ubicado al inicio de la cola. El marcaje produjo una gratificante sensación de seguridad en las personas.

— ¡Me marcaron el carro, ahora sí voy a echar gasolina¡—gritaban con júbilo algunos ingenuos.

Al término, una vez que aquel número mágico quedaba plasmado en el vidrio, no se veía en los rostros alguna expresión de alegría; por el contrario, en cada gesto cansado se leían el desaliento y la humillación, ya que conseguir el ansiado trofeo solo era un paliativo, porque esos cuarenta litros de gasolina solo servirían para movilizarse unos días, luego tendrían que retomar las torturantes colas. El desconcierto se traslucía por encima del cansancio.

A las once de la mañana, Roxana Andreína procedió a despedirse de los compañeros más cercanos. Intercambió números telefónicos, direcciones y escuchó agradecimientos. Con Fernando, la cosa fue diferente, una mirada cómplice y un hasta pronto sellaron la promesa de verse nuevamente. (Liliam Caraballo)