miércoles 30 noviembre, 2022
InicioOpinión“Los amores del sacristán son dulces como la miel”…

“Los amores del sacristán son dulces como la miel”…

167 views

Néstor Melani

Pies muy grandes.  Terremoto; como arrancados a los milenarios hechos de la Provenza francesa o de los propios vascos. Alpargatas tejidas y suela vestido de caqui y llevando consigo unos pasos que atormentaban los sonidos del suelo. Casi bestial. Dueño de su propio mundo… celador, con la inocencia de un santo pintado con cal.

Mientras, la campana vieja de la iglesia del Espíritu Santo entonaba su Ángelus. La mirada serena del reverendo sacerdote, quien  invocaba a José Gregorio,  para que apagara las velas. En el santuario neo-griego  que construyó el maestro Jesús Manrique dejando  tonales ocres a la perpetuidad del Cristo Barroco y el hacedor y obrero movía las bancas con ligereza y estruendos, llevando sus coletas y escobas para comenzar la brega entre sonidos y rezos.

Una voz ronca, grave, como de lo más profundo del tiempo dejaba los misterios; para describir los sueños en una mirada lejana. Entre sus diminutos ojos escondidos, de iris perdido, amarillento, y en una nostalgia de la esperanza; en los gritos ocultos del silencio, las voluntades, la obediencia compañera de la ignorancia.

El tiempo curtió de aromas a la ciudad de La Grita tan vestida de casas blancas, de un calvario pintoresco y de un llano de la cruz como una estampa de aquella España aún purificada de versos, santos, pecados y cantos.

Siempre se habló de “Terremoto” nacido en la aldea de Santo Domingo; unos decían que era hijo de un general Lunar, otro que venía de muy lejos, con esa presencia que dejan las leyendas y se adivinan las metáforas para volver a algún recodo de la santa iglesia y verlo pasar con su agitada presencia.

Quizás; un monaguillo vestido de nazarenos colores llevará por siempre el incensario.

Mientras el viejo, convertido en una carta de sepias y legendaria, dejará describir los dobles de cada campana de bronce. Entre las imaginarias presencias cuando de noches; rayos de luz imponen sombras por las claraboyas del templo. Los años desdibujaban los péndulos y el reloj matizó ecos. Mientras pasos de aquel hacedor volverán a los sonidos centenarios de la Catedral…

“Terremoto” se fue, llevando los cofres de tantos olvidos y el palio a la ceremonia de aquel Cristo tan permitido a las inocencias…

Siempre se pareció al general del conuco, con unos grises ojos perdidos en la geografía de aquel rostro requemado como una pieza arcillosa, y una sonrisa triste, debido a los tiempos que hubiesen cubierto de pecados los cuatro siglos. Cejudo, perteneciente a los credos de la vieja iglesia, donde solo podían tener escaños los señores ricos del pueblo y sin más aceites que el bendito por el venerable sacerdote no se cocinaban los calderos en aquel lugar de calles estrechas y de aleros perdidos por el verdor que dejaban los años. José Gregorio, apenas aprendió a deletrear tal cual palabra, pero a escondidas del prelado se abría el gran libro de la Santa Biblia y se dejaba llevar por los Salmos escritos por los versificadores y santos judíos, no siempre sin dejar de mirar con misterio el sable del viejo general que le habían regalado cuando era muchacho.

Este instrumento de la guerra era muy prohibido por el prelado, pero José Gregorio se atrevía a tocarlo en las noches, entre el aun olor a incienso y la mirra que dejaban los sermones. Y en cada avemaría entonaba con la campana;   un adiós a los sueños y se adentraban en un rito que estremecía de llantos al pueblo. Sus pasos parecieron estruendos, casi sísmicos, como si de torrentes y de bueyes se ubicaran los dolores de su cuerpo. Hasta el hotel de las Turcas. (Se decía ese nombre por ser descendientes del  Serjal. “El de Estambul”) se dejaban escuchar sus aquelarres. Su rudeza y sus miradas tan lejanas que ni el agua bendita de la pila bautismal calmaban los hastíos de aquel personaje.

Un día de San Lázaro lo nombraron el acólito del Cristo viejo. Para que comprendiera que verdaderamente, él era un esclavo. Y con su cuello de jirafa por encima de todos contempló al mundo. Sin saber por nada tanta ignorancia. Mucho más allá de la romería, mucho más del sentimiento. Nadie entendió su dolor, la pena se hizo fresca como las amapolas y sobre las tarimas de los santos de escayola siempre se asomó mirando entre reojos,  los ojos y las lágrimas de las santas mujeres.

Hortensia, como una samaritana; llevó flores a la virgen los domingos. Y Lucrecia se confesaba largamente todos los viernes…

¡Qué le diría Lucrecia al cura, en tanto tiempo? Nada?

Solo sus deseos y el llanto que cobijaba siempre aquel lugar de penurias, hasta el fotógrafo Miguel Méndez, se atrevía a curarle los dedos al Cristo de Madera y escayola, y Luis de Los Guerrero de Librillos regañaba a los acólitos, Campo Elías, Marcos,  Hilario, Los Morochos  y al corista Víctor Julio aprendiz de maestro de capilla, cada mañana por no saberse las misas en latín.

Pecados y olvidos, rosas marchitas en el reclinatorio de Ernestina, santos escapularios en las manos del viejo Heriberto, el alguacil.

Oh ¡de inocencias Eliseo colocando los bombillos en los faroles de carburo y el reloj como penas anunciándose de tiempo en tiempo.

En las noches, aquel José Gregorio, se asomaba a lo más alto de la torre románica y permitiéndole al negro gris de las penumbras con velas de cebo llagaba hasta las campanas.

¡Que escalera tan alta ¡ ¡Crujían los maderos ¡

por sus pasos de gigante retorcido y tenebroso.

Y mirando los patios de las casas, se recostaba en el casi ojival del campanario para verificar los pasos. Desde el bar de doña Carmen. Y la sonata en los ensayos del bombardino de Ramón, el alarife. Hasta la esquina del rico, señor de los  Aponte.

En esos instantes de la nocturnariedad se convertía en un celador. Mantas corrían por las calles, sigilando las esperas; puertas se abrían en silencio, y hasta el boticario no percataba que desde la torre de la iglesia de Dios lo estaban mirando.

Besos perdidos se quedaban en las alcobas y cielos sin lunas formaban los ayees y los sueños. Espantos vestidos como  de prelados, alguaciles, policías, santos o maestros, damas de sociedad y pecadoras con flores del olivo. Y deslizándose por las cuerdas de la campana mayor, mientras en el viejo cuartel del general Pancho, se tocaba silencio, alguna mujer lloraba, el silbato de los serenos;  dejaba escuchar en cada esquina; quizás más que nunca Rafaelito  con su revolver inglés y su abrigo para  los inviernos…

José Gregorio sonriendo, dejaba un aliento a las ánimas en penas. Volviendo a bajar la escaleta, como estornudando un temblor y entre alientos se devolvía a su aposento de ocres y mantas de las mismas cortinas de los telones de la iglesia. La vela se agotaba, el amanecer había cultivado desde la alta torre todas las horas cuando de amantes y las ambiciones no habían dormido en las semillas del pueblo. Porque hasta de secretos, percibió cuando el presidente del ayuntamiento y el que fungía de prefecto sacaban las cajas de los votos del gobierno para cambiarlas por sus ganancias politiquerescas.

¡Cuánto misterio ¡ dolor…el volver de los años.

Un día de la romería del Cristo de los llamados franciscanos. Lo volvimos a ver llevando una vara para levantar las cuerdas de la electricidad para que pasara el camarín de los hermanos Escalante con el Nazareno en la cruz, y con su cuello abotonado, entre dientes; repetía las contestas del corista en latín, que se las había aprendido de tantos años escuchando lo mismo…como se sabía el taconear de las zapatillas de las beatas que acompañaban en las oraciones y meditaciones al señor, de la limusina.

Siempre se pareció al general. De santo domingo. Con grillos y silencios.

Velas de cebo. y el rosario de una rosa del alba.

Con voces que parecían estruendos. Terremoto, vestido de caqui. José Gregorio, en su memoria de tiempos…

Un día de San Juan contaron que se había muerto. Tres o cuatro callejeros llevaron el cofre de madera con su cuerpo, algunos trapos viejos que le habían regalado los Gandica y la espada, se la guardo el sacerdote, dizque para cuando volviera se la entregaría en el más allá, nadie entendió tanta nostalgia, hasta Ramón el guitarrista se pintó el cabello para que nadie conociera sus sonatas,  y por fin llegar a parecerse al “Gallo Giro del cine mexicano”  mas,  el boticario se fue del pueblo, llevando la huella que dejaba en las noches el silencio. Al padre, que llamaron tan nuestro le compraron un auto de cumpleaños y lo pasearon por las dos calles, con un ramo de cintas rosadas, y por los dolores de aquel pueblo, porque de vinos y ajenjos se contaron los enigmas y cada noche de los meses de lluvias, hablaron; las viejas;  que  por ahí las están viendo!

Y mirando a la torre de la iglesia, sonríen como si aun de sonidos se escucha por Dios; el crujir de la escalera y las miradas del viejo campanero…

 

Ahora solo. Tanto solo el silencio!…

 

 

______________________________________________________

Artista Nacional.

Premio Internacional de Dibujo “Joan Miró” 1987. Barcelona. España.

Cronista de La Grita.

Maestro Honorario.

Doctor en Arte.

Premio Nacional del Libro.  2021.

_________________________________________________

Textos del Libro: “La Grita en otra Memoria”

______________________________________________________

- Advertisment -
Encartado Publicitario