Opinión
Los comportamientos de la mente racional en la experiencia humana
lunes 29 junio, 2026
Hogan Vega y Dorli Silva
En pleno siglo XXI, dominados por la Inteligencia Artificial (IA), entender las emociones y controlar los impulsos permite mejorar muchos aspectos de la vida, donde la experiencia humana al administrar con sabiduría lo irrevocable, apoyados en lo innegable, se logra esquivar lo que les hace daño para poder cumplir con la trascendencia, siempre embellecidos por las joyas que los hacen florecer.
Por lo tanto, hablar de la mente racional, relacionada con pensamientos de lógica y analítica, los hace conscientes, completamente seres racionales, a diferencia la mente emocional, controla los sentimientos y los impulsos. De ahí que, la mente emocional es una herencia de los ancestros, eso explica la relación entre los pensamientos y las emociones donde la mente racional y la mente emocional debe operar en armonía, para permitir la toma de mejores decisiones y tener comportamientos asertivos acompañados desde una perspectiva sistémica: Lo que no se puede cambiar, lo que se elige cultivar, lo que se debe vigilar, hacia dónde se camina y qué sostiene en el viaje.
En otras palabras, lo que no se puede cambiar son tres conceptos irrevocables conocidos como el tiempo, palabras y oportunidades. Representan las leyes de la irreversibilidad, son recursos que, una vez puestos en marcha o ignorados, jamás regresan a su estado original: El tiempo es la dimensión implacable, que no se puede acumular, pausar ni comprar. Nos recuerda que la vida es un constante gerundio (sucediendo ahora) y que postergar es, en última instancia, restar existencia; las palabras, una vez pronunciadas, cobran vida propia. Tienen el poder de construir puentes o incendiar realidades. Su irreversibilidad radica en el impacto emocional, ya que se toma la decisión de pedir perdón, pero el eco de lo dicho se queda en la memoria del otro; las oportunidades, siempre llegan vestidas de sincronía. Exigen atención y preparación. Dejar pasar una oportunidad no siempre significa que no llegará otra, pero esa en específico, con sus circunstancias únicas, no se repetirá.
Asimismo, entender estas tres joyas invisibles el tiempo, las palabras y las oportunidades exigen un alto nivel de consciencia y presencia. Esto enseña a no vivir en piloto automático, a diferencia se tiene tres conceptos innegables que elegimos cultivar, tales como la serenidad, la esperanza y la honestidad, conocidas como las certezas del alma, los pilares éticos y emocionales que sostienen la cordura y nuestra dignidad en medio del caos: La serenidad no es la ausencia de problemas, sino la presencia de paz interior para afrontarlos. Es el eje que les permite decidir con claridad cuando el entorno es turbulento; la esperanza es el motor del futuro. No es una espera ingenua, sino la convicción profunda de que el mañana alberga posibilidades mejores. Sin ella, el presente se vuelve insoportable; la honestidad es la verdad como suelo firme. Ser honesto, primero con uno mismo y luego con el mundo, simplifica la existencia. Elimina el peso de las máscaras y construye una reputación inquebrantable.
Al mismo tiempo, existen tres comportamientos que les hacen daño y debemos vigilar tales como el orgullo, la arrogancia y el enojo. Son los saboteadores internos, que surgen del ego desmedido o del miedo inconsciente, y terminan por aislarnos y complicar lo que podría ser simple: El orgullo es entendido aquí como la incapacidad de reconocer un error o de pedir ayuda. Levanta muros innecesarios y prefiere tener la razón antes que mantener la paz o el vínculo con el otro; la arrogancia, es considerada como la falsa creencia de superioridad. Mientras el orgullo se defiende, la arrogancia ataca minimizando a los demás. Cierra las puertas del aprendizaje, pues quien cree saberlo todo, deja de crecer; el enojo es una emoción natural que, cuando se convierte en comportamiento recurrente o descontrolado, actúa como un ácido, daña más al recipiente que lo contiene que al lugar donde se vierte. Nubla el juicio y destruye en segundos lo construido en años.
Sin embargo, los seres humanos tienen tres cosas que se deben cumplir, como seres racionales tales como los sueños, la realización personal y el destino. Este es el plano de la trascendencia y representa el compromiso que tenemos con nuestro propio potencial: Los sueños son el plano arquitectónico de nuestra felicidad por tal motivo cumplirlos no es un capricho es honrar la imaginación y el deseo de evolución con el que se nace; la realización personal, es el proceso de convertirse en la mejor versión de nosotros mismos (la autorrealización). Implica alinear lo que hacemos con nuestros valores más profundos y sentir que nuestra vida tiene un propósito; el destino para unos y otros no es más allá del fatalismo, el destino se puede entender como la consumación de nuestras elecciones. Cumplir el destino, es llegar al final del camino sabiendo que respondimos al llamado de nuestra propia historia, sin dejar nuestra vida en manos del azar.
Por consiguiente, para los seres humanos, existen tres joyas que nos hacen florecer conocidas como la autoconfianza, el amor y la amistad. Son los nutrientes esenciales que todo ser humano necesita que por analogía al igual como una planta necesita agua y sol, el ser humano necesita estos tres elementos para desplegar su máximo esplendor: La autoconfianza es la raíz del florecimiento. Es la certeza de que, aunque fallemos, tenemos la capacidad de levantarnos. Es el permiso que nos damos a nosotros mismos para intentar las cosas; el amor es la fuerza integradora por excelencia. En todas sus formas, el amor es el sentido último de la experiencia humana. Nos humaniza, nos sensibiliza y nos da una razón para cuidar el mundo; la amistad es el refugio elegido. A diferencia de otros lazos, la amistad nace de la absoluta libertad. Un buen amigo es un espejo que nos recuerda quiénes somos cuando lo olvidamos, un testigo generoso de nuestro paso por la vida.
Sin duda, controlar nuestra racionalidad ante lo sucedido en la noche del 24 de junio, donde la capital de Venezuela fue sacudida por un devastador desastre natural que dejó a la población en estado de alerta y conmoción. Se registraron dos potentes terremotos, conocidos como el evento “DOBLET”, que alcanzaron magnitudes de 7.2 y 7.5 en la escala de Richter. Este fenómeno sísmico provocó un impacto significativo en la infraestructura de la ciudad, generando daños considerables y causando temor entre los habitantes, quienes experimentaron la fuerza de la tierra temblando bajo sus pies. Hasta el momento, aún se desconocen la cantidad de fallecidos y desaparecidos, lo que añade un aire de incertidumbre y preocupación ante la situación vivida.
Por otra parte, cuando la tierra se mueve con esa fuerza colosal y destructiva, no solo se sacuden las estructuras de concreto; se sacude la certeza, la vulnerabilidad humana y el tejido mismo de las familias que lo viven. Para honrar esa realidad y procesar el impacto de un evento tan devastador, podemos construir una analogía de la vida basada en la sismología del alma y la reconstrucción humana. Imaginemos que la vida no es un suelo estático e imperturbable, sino un territorio dinámico, vivo y, a veces, impredecible. Cada familia, cada hogar, es una edificación construida con los materiales del amor, el esfuerzo cotidiano, los sueños compartidos y la rutina.
Por su parte, un evento imprevisto, con las fuerzas del destino, como lo ocurrido, un terremoto de magnitud 7.2 o 7.5 en la escala de Richter no avisa; irrumpe. En la vida, representa esos momentos donde el destino o la naturaleza imponen su fuerza sin pedir permiso. Son las crisis profundas, las pérdidas inesperadas o los golpes colectivos que fracturan el suelo que considerábamos firme.Nos recuerda la primera gran verdad: no se tiene el control absoluto de los elementos externos, pero sí de la respuesta humana ante ellos.
Es decir, nuestro cerebro límbico, empieza a controlar la racionalidad, ya que existen comportamientos irracionales: Como gritar, insultar, incluso golpear a otro en un momento de ira, desesperación. Igualmente, los terremotos modifican el relieve para siempre, crean nuevas montañas y cambian el curso de los ríos. De la misma manera, las grandes crisis transforman a las familias. No se vuelve a ser los mismos; se vuelven más profundos, más unidos y notablemente más fuertes. La tierra pudo haber temblado con furia, pero la raíz del amor familiar permanece plantada con firmeza.
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