Opinión
Medarda, un día de reyes
miércoles 7 enero, 2026
Néstor Melani Orozco
Seboruco siempre pareció una estampa de Alicante con sus calles de piedra y el sonido de las campanas enarbolando el cielo majestuoso de palomas volando y de cada esquina los aleros benditos donde se guardaron los recuerdos, había de amor: la santidad, y desde cada oración una mujer imploró por los humildes con la esperanza del perdón de los pecados.
Hubo un aldabón en la puerta donde el primer alcalde, Baltazar de Artigas, borró las raíces Menóricas y desde los panaderos, el sabor de las talvinas más allá del silencio entre originarios, desde los españoles, judíos e italianos. De los alemanes petrificados en las piedras de las minas. De los tiempos el credo de un altar en lo alto de la iglesia antigua cristiana donde vivieron en sus claraboyas el ritual de las golondrinas.
Y existiendo una huella casi descalza de una mujer implorando a Dios por los humildes del pueblo. Mientras de gritos se siente el dolor de una madre y de siglos las presencias por bendecir a los desamparados de la tierra.
Seboruco tiene ventanas aún mirando los pasos de la mujer samaritana más allá del eco de la campana que regaló en 1897 Monseñor Jáuregui. Hoy en los hormigones de tres Torres y el viacrucis del fuego en sus vidrieras. Vitrales majestuosos donde sus armonías son señales justas de un Dios vestido de poeta. Es toda una plegaria a las rosas de la virgen de Lima y las lágrimas en las oraciones en el santuario de la presencia infinita de la beata. Con su san Pedro guardando las llaves de las puertas del santuario.
Han cruzado los años y los niños lloran detrás del cancel de trapos junto a la cocina de leña donde se divisa la presencia del cruce del río Grita. Mientras un traje torero de luces de Carmen Piñero, la hija de la Santa, posee la sangre roja del pueblo y la capa de la sacrosanta virtud lleva los dolores de la madre Medarda. Hay incienso y desde la sacristía y la casa de piedra, se albergan los fabulescos eucaristías, y esmeraldas del río, donde los viajeros dejaron los paños del color de la Prusia y del relicario las cartas del mar de los italianos mediterráneos. Entonces llevando en un nicho al niño de España vieja, va la mujer suplicando por los pobres. Va llorando con la corona de espinas del Cristo de Tadea y lleva en su callado un ánfora con agua bendita de Cariquena. Son sus albas y el perdón de los pecados, por la cruz de ciprés del alto del niño y la virginidad de su alma.
Fue volver a Seboruco de San Pedro, escuchar las oraciones de los viejos y caminar las esquinas con las horas de las aves marías para entender la silueta de la caridad de la única santa heredera de los Guerrero de Librillos entre las penas de una violeta nazarena y una lágrima en la túnica de la Virgen.
Ayer volví a Seboruco. Y sentí en sus calles de cal de la Andalucía, el olor divino de la santidad, mientras de amor aprendí la otra esperanza. Entre la plaza con los relieves de Belisario Rangel y de sus tres Reyes Magos revestidos de albas; más allá de la catedral gótica de Colonia bendiciendo a la mujer de las bondades y a la mística señora de los pobres. Volví por qué un “Día de Reyes” falleció la beata en la casa de la lujuria de Barquisimeto, con la pureza de una estrella y el corazón de un pueblo.
Bendita la mujer del Alma, defensora de los obreros, de los necesitados, de campesinos y mentora bendecida en las palomas blancas…
*Artista Nacional. *Maestro Honorario. *Doctor en Arte. *Cronista de La Grita
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