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Inicio/Opinión/Meritocracia (consciente) para el rescate y reconstrucción de las instituciones en Venezuela

Opinión
Meritocracia (consciente) para el rescate y reconstrucción de las instituciones en Venezuela

lunes 17 agosto, 2026

Meritocracia (consciente) para el rescate y reconstrucción de las instituciones en Venezuela

Mauricio R. Pernía-Reyes *

El rescate y reconstrucción de las instituciones en Venezuela, requiere desechar el clientelismo que sustituye el talento por la lealtad partidista hasta llegar a la kakistocracia en la que se degradó la gestión pública en nuestro país y promover, por el contrario, la incorporación de talento humano formado y dispuesto a formarse, en las áreas neurálgicas del enorme entramado que supone hoy la Administración Pública venezolana, que es transversal a las funciones ejecutivas, legislativas y judiciales, así como las electorales y de control y defensa de los ciudadanos. En las siguientes líneas trataré sobre la meritocracia, su debate actual y cómo Venezuela puede reconstruirse desde esta perspectiva.

Comienzo por señalar que el debate sobre la meritocracia ha estado en el centro de las tensiones políticas y sociales contemporáneas. La propuesta de que el esfuerzo conduce al triunfo ha sido básica en el mundo moderno occidental, aunque en los últimos años algunas voces han cuestionado esta premisa. Sin embargo, para que Venezuela recupere y reconstruya sus instituciones, la meritocracia constituye un requisito indispensable. La sociedad venezolana debe propiciarla y celebrarla como base para la superación de su honda crisis estructural. En efecto, en las últimas décadas, el Estado venezolano experimentó una degradación de su sistema funcionarial y de la carrera administrativa, como lo señala Manuel Rojas Pérez, en su artículo “El colapso de los servicios públicos en Venezuela y el papel de los funcionarios públicos en dicha crisis” publicado en la Revista de Derecho Funcionarial (N° 30 de 2020), y en el que señala que la crisis de los servicios públicos en Venezuela es consecuencia directa de la destrucción del sistema funcionarial.

En la Administración Pública se sustituyó el conocimiento técnico y la planificación a largo plazo por la rotación de leales sin conocimiento de la cartera asignada con la consecuente improvisación permanente. Al prescindir de profesionales competentes, el Estado perdió su capacidad de dar respuestas a las necesidades básicas, demostrando que las competencias técnicas son el soporte necesario para el cumplimiento de las funciones públicas.

El mérito en la gestión de actividades estratégicas como la petrolera, la minera, la tributaria, la eléctrica, así como en la salud, la educación, la economía, la banca y finanzas, y la gestión de las fronteras, por ejemplo, requieren la dirección de especialistas acompañados de expertos en políticas públicas, en inteligencia artificial y en las nuevas concepciones de la ciencia del talento humano para modernizar la gestión estatal. Además, se requiere fundamentar nuestra identidad en la investigación histórica como base para un relato nacional alejado del personalismo de las figuras de la época de la independencia, etapa que constituyó en su esencia, una secesión. Este enfoque maduro de la historia nos permitirá reconocer y enaltecer labores cotidianas y civiles de inmensa relevancia, valorando a los maestros y profesores, a los médicos y deportistas, a los funcionarios públicos formados en centros reconocidos y a los investigadores, entre otros. A su vez, se debe dejar de premiar la ostentación del corrupto como sinónimo de éxito.

Este proceso de reconstrucción exige madurez para evitar las distorsiones que el filósofo Michael J. Sandel expone en su libro “La tiranía del mérito: ¿Qué ha sido del bien común?” (2020). En efecto, Sandel señala que la meritocracia, incluso funcionando a la perfección, puede dañar a la sociedad. El autor identifica una soberbia en los ganadores, afirmando que la meritocracia convence a quienes están en la cima de que su éxito es exclusivamente obra suya, fruto de su esfuerzo y talento, ignorando variables como la suerte, el entorno y hasta la genética. Por ello, afirma Sandel, los que fracasan interiorizan que su situación es culpa suya por no haberse esforzado lo suficiente, generando resentimiento. Sandel también señala a la ilusión de la igualdad de oportunidades, explicando que la competencia muchas veces no es justa porque la línea de salida puede estar marcada por factores socioeconómicos, otorgando ventajas estructurales a un grupo ya privilegiado.

Frente a estas críticas, se pueden oponer concepciones como las de Adrián Wooldridge, quien en su libro en “La aristocracia del talento: Cómo la meritocracia creó el mundo moderno” (2021), responde a escritores como Sandel recordando qué era lo que existía antes de la meritocracia: el nepotismo, el amiguismo, la asignación de puestos por cuotas políticas o la herencia de cargos. La meritocracia representó un postulado democratizador permitiendo a las personas avanzar por sus capacidades y no por su cercanía a un grupo de poder; descartarla o destruirla abre la puerta al amiguismo corrupto y constituye un grave error histórico. Autores como Hayek, Friedman o Rawls, también han hecho apreciaciones sobre la meritocracia.  

En el contexto de la gestión pública venezolana, José Malavé (Debates IESA, 2019) ofrece una visión equilibrada al reconocer que, al padecer el populismo, el nepotismo y el clientelismo, la idea de meritocracia luce inmensamente atractiva en Venezuela por la añoranza de que gobiernen los mejores. Sin embargo, advierte sobre los peligros de que la meritocracia degenere en la justificación de privilegios y en el cierre de la movilidad social si carece de una gestión ética. Para la Doctrina Social de la Iglesia (numerales 398, 411 y 412), por su parte, el funcionamiento de las instituciones públicas requiere rectitud y capacidad técnica, condenando el servilismo político para alcanzar o conservar el poder. En este marco, la idoneidad puede verse como una responsabilidad del servidor público frente a la comunidad.

Finalmente, la clase política venezolana tiene el mandato de transitar de la lealtad del clientelismo y la kakistocracia a una lealtad crítica y meritocrática. La idoneidad y el conocimiento técnico en los cargos públicos son barreras de contención contra la corrupción y el populismo.

El desafío para Venezuela radica en promover una meritocracia consciente. El fortalecimiento del capital humano permitirá a Venezuela insertarse en la sociedad global mediante la investigación en todos los campos del saber y, con ello, comenzar a superar la dependencia exclusiva de sus materias primas. La adopción ética del mérito, así como el respeto por el conocimiento comprometido socialmente, pueden ser la génesis para la restauración institucional y el servicio a los ciudadanos y la Buena Administración.

*Doctor. Profesor-Investigador UCAT.

Miembro directivo de CEDE y de la Asociación Venezolana de Derecho Administrativo. Especialista en Derecho Administrativo y en Gerencia Pública.

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