miércoles 30 noviembre, 2022
InicioOpiniónMontañas de plata

Montañas de plata

80 views

Porfirio Parada*


La geografía andina es brava, pero suave en su contemplación. Los cambios meteorológicos parecen repartirse con los cambios humanos. Somos movimiento incluso en la quietud. Si hay luz en la sombra estática, hay desplazamientos resplandecientes en las nubes. Los cambios del cielo producen cambios en nosotros mismos. Cada día hay distintas motivaciones y alteraciones en nuestro ser, influenciados por la madre naturaleza, por su ecosistema alterado, enigmático, sin nombre en lo impredecible.
Nubes resplandecientes que hacen proyectar colores plateados sobre las montañas, desde la distancia. Pueblos que se ven más andinos por la saturación del clima y por su riqueza cromática. Algunos, los mayores, dirán que así era el Táchira cuando ellos eran niños, asomándose la neblina en las ventanas, en las calles de su barrio, en la parada de los buses. La humedad y el frío eran parte de su caminar, el agua de manantial en sus manos y en sus mentes formaba parte de su jornada diaria.
Vivimos cambios constantes. Dicen que el tiempo va más rápido, que los días se entrecortan, que la tierra se sigue transformando. Vemos cómo sale el sol caliente y sudamos ya caminando unas cuadras; de repente, una marea grisácea se revela en segundos, cambia el panorama y la lluvia no solo seca el sudor sino moja la ropa, empapa los planes y pensamientos, agita las direcciones. Reaccionamos y rechazamos el cambio repentino así como pensamos dos y hasta tres veces sobre los cambios en nuestras decisiones diarias para sobrevivir con las personas y con nuestro entorno.
Si la luna altera a los peces y mares en las noches, este sol envuelto de nubes grises influye en nuestro día. El viento en el día parece esas ráfagas nocturnas que se encuentran en los caseríos de cualquier pueblo tachirense. Salimos con lo que tenemos, llevamos ropas y abrigos para estar a la altura de los cambios aunque antes de salir ya estemos cambiando por dentro. Somos lo que pensamos pero también somos de lo que está más allá de las montañas, de la loma escondida, del bosque con helados arroyos y plantas exóticas. Aunque parezcan nuevos tiempos por este clima convulsionado, son tiempos antiguos, misterios que se renuevan en la Cordillera de los Andes.
Y nos preocupamos por los placeres, por el dinero y por la apariencia, nos concentramos en los movimientos más inmediatos de nuestra jornada laboral, familiar, social e individual. Nos enrollamos con vanidades y nimiedades mientras ocurren cerca de nosotros fenómenos, espectáculos y entretenimientos superiores. Así como el entendimiento y la compresión se expresan y se captan con calma, así ocurre cuando se llega a sentir la montaña posicionada en nuestro interior. Reconocer el olor del musgo, distinguir la fragilidad de los pinos mojados, reconocer la lluvia sin alarmarse, son maneras de vivir, gratos acuerdos que se logran en estado de reposo e incluso en movimiento, reflejo íntimo con la dulce lentitud de la observación.
Aquí la vida está sobre montañas. Las quebradas y ríos han desfilado por la ciudad de San Cristóbal por mucho tiempo. Los cronistas, los artistas, los obreros, personas de distintas edades, el ciudadano común han sido cautivados por los efectos que produce este clima de la región. Y la vida pasa como también sus generaciones; y ya hay nuevas gentes, mujeres y hombres que, entre sus rápidas acciones y movimientos, entre sus mensajes y publicaciones instantáneas, entre su reloj desesperado, en un momento inconcluso del día, se detienen y empiezan a mirar despacio el espacio. Descubren la tierra mojada en sus miradas, ven las montañas de lejos pero al mismo tiempo la empiezan a ver de cerca. Se repite el efecto plateado que producen las nubes movedizas con el sol y el clima frío. Empiezan a verse a ellos mismos también.

*Lic. Comunicación Social
*Presidente de la Fundación Museo de Artes Visuales y del Espacio
*Locutor de La Nación Radio

- Advertisment -
Encartado Publicitario