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Opinión
Notations /Opus 4 / David  Tudor/Centenario

viernes 20 febrero, 2026

Notations /Opus 4 / David  Tudor/Centenario

Elvis Joan Suárez

“Ningún sonido teme al silencio que lo extingue”

Era un viernes de verano en agosto de 1952, a unos 140 kilómetros de la Ciudad de New  York,  en el condado de Ulster en un pueblo llamado: Woodstock, donde se podía escuchar el viento agitarse, en este  pequeño pueblo neoyorquino  el poeta Hervey White, habría fundado  la colonia  de Maverick, una comunidad  utópica dedicada  a estudios artísticos y a la libertad creativa.  White organizaba festivales que incluían teatro, poesía y música que originaría años más tarde el festival de música de Woodstock de 1969. La hora exacta la 8:15 pm, el escenario es un  granero arquitectónicamente orgánico en medio del bosque  construido en 1916 con techos y paredes altas, hecho de maderas y materiales locales, por ser verano dejan sus  ventanas abiertas, para que se escuchen  el canto de los pájaros, la sala de conciertos está completamente llena, es un concierto benéfico organizado por John Cage, en el fondo hay un piano, repentinamente llega un joven de unos 26 años, abre la tapa del piano, activa un cronómetro, y  solo se sienta a observar la partitura, sus brazos están descansados en sus piernas, vuelve a abrir y cerrar el piano, lo único novedoso que hace es pasar las páginas de la partitura, repite la escena, solo se escuchaba las gotas de agua repicar sobre el techo, vuelve a repetir la misma escena, solo que ahora se escucha más el sonido del público, voces, risas, personas caminando, que no  salen de su sorpresa porque el intérprete no ha producido ningún tipo de sonido, algunos de los presentes  abandonaron el concierto, a otros se le veía la indignación y el enojo, otros lo veían como una broma, no sabían que por primera vez en la historia de la música universal un compositor no da  respuestas, sino preguntas de la forma de cómo se puede abordar el silencio, dando a entender que el silencio  absoluto no existe. Años más tarde Cage afirmaría que su obra: 4’ 33’’ fue al principio pensada como una “oración silenciosa”, debido a sus estudios del budismo Zen, su idea era que la obra fuera, seductora como el color, la forma y la fragancia de una flor. El joven pianista que estreno ese día la obra de Cage sería uno de los grandes intérpretes de la música vanguardista: David Tudor. Este año 2026, se celebra el centenario de su nacimiento, donde será homenajeado en los cursos de verano de la ciudad alemana de  Darmstadt, donde Tudor, participó en la década de los años 50 como la de los 60, fue Tudor un  pianista virtuoso y excepcional quien estrenaría la totalidad de las obras para piano de los compositores de la “Escuela de New York”: John Cage, Morton Feldman, Earle Brown y Christian Wolff, nació el 20 de enero de 1926, en Filadelfia-Pensilvania, su madre muere cuando él contaba con tan solo dos años, ya a los 6 años comenzó a recibir clase con una pianista local. Tudor afirmaría: “Desde el momento que escuché el piano, tuve que averiguar de qué se trataba y eso fue todo”. Su padre era organista y le dio sus primeras lecciones al órgano, luego de ser escuchado por el organista de la iglesia de San Marcos de su ciudad llamado: Williams Hawke, lo acercó a la música de Lasso, Victoria y Palestrina, además de estudiar armonía y contrapunto. La gran lección de su Maestro Hawke fue haberle enseñado la fidelidad a la partitura escrita, es por ello que ya a los 12 años Tudor era un virtuoso del órgano. Al escuchar por primera vez una de las obras para órgano del compositor francés: Oliver Messiaen, poco a poco David Tudor se fue acercando a la música contemporánea, en 1947 se traslada de forma permanente a New York, donde se gana la vida acompañando a bailarines de compañías de danza contemporánea, conociendo a Merce Cunningham, también le dio clases a Morton Feldman en la casa de los esposos Wolpe. El 17 de diciembre de 1950 estrena la segunda sonata para piano de Pierre Boulez en el Carnegie Recital Hall de New York, obra con una gran dificultad técnica, con un complejo contrapunto serial, la obra de Boulez dura alrededor de media hora y quien ayudó en esa oportunidad a pasar las hojas en el concierto fue el mismo Cage. Los compositores de la Escuela de New York, le entregaban partituras con notación gráfica indeterminada, el cual Tudor las trasformaba, convirtiéndola en obras totalmente acabadas, lista para ser interpretadas en conciertos. Conoció a Mary Richards, ceramista y profesora de literatura, con quien vivió en Stony Point, una comunidad artística fundada por Cage. Durante varios años fue el pianista residente de los cursos de verano de Darmstadt, allí estreno varias obras que hoy en día se consideran obras clásicas de la vanguardia tanto europea como norteamericana.  Entre los años 70 y 80 se dedicó a la composición de música electrónica y ser unos de los pioneros en interpretar música electrónica en directo. Tudor afirmaría: “Quisiera tener un instrumento que no supiera tocar más nadie que yo”. La gran hazaña de Tudor fue la divulgación de las obras de los compositores de posguerra, a través de su creatividad y su gran técnica pianística desarrollada apenas siendo un niño, sobre todo de sus amigos los compositores de la Escuela de New York. Cage decía de David: “Tudor es un gran aficionado para armar rompecabezas, tanto para resolverlos como para crearlos” y Feldman afirmaba: “Este tipo de música que componemos es su especialidad, esto me permitió oír y ver posibilidades que nunca hubiese soñado.” David Tudor murió en su casa en New York, en 1996 dejando sus secretos interpretativos bien guardados.

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