Opinión

Para volver a Táriba

16 de agosto de 2023

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Néstor Melani-Orozco *

Si yo pudiera volver a ver a mi abuelo, con su bayeta en una esquina de Táriba lidiar en pases a un toro negro de Guatavita escapado del circo una tarde de los hechos de la tercera edad de las ferias a la Virgen hispana, manierista de Consolación. Hecho que vino de los tiempos, cuando aún la ciudad dueña del cielo y de las estrellas, y del río rojo de la leyenda del Torbes. Así lo viví oyendo las historias del viejo, Dionisio de los Orozco, vasco, desde aquel soldado de Juan Pablo Peñaloza entre los atardeceres y el avemaría de la Virgen de alba hispana. Entre aquellas memorias de poder oír la gestación del Puente «Libertador”, obra de los códigos de Louis Ramozzi, el alumno de Gustavo Eiffel. Como de la Bandera de los liberales en la cima de Toiquito y las oraciones del Colegio Salesiano, cantando en latín las manifestaciones de la primera palabra de la lengua madre de ardor de Castilla, y como de las rosas del parque del Samán inmenso y las oraciones de las Hermanas Rangel, parientes del pintor y escultor Belisario, compañero de Reverón en París. Dicho en 1954 por el maestro de Macuto en aquel castillete de los sueños, al periodista español Miguel de Ugalde.

 

Cómo volver a sentir las romerías de un manifiesto del arte evangelizador donde aún se siente el credo en los temples del manierismo y la vocación que hizo el monje agustino Fray Francisco de Orellana. Como de una alabarda, entre lanzas originarias y su puerta gigante, como aquella de la bisagra de Toledo con sus leyendas y sus mantas al viento de rojo y azul de los páramos, donde aún se sienten las siluetas inmensas de los hombres a caballo, camino del torrente montaña del Zumbador. Escuchar el campanario antiguo de Mons. Pastrana y saber entender la comarca de las terrazas, donde se siente el mirador de Bolívar en 1813, caminando con sus guerreros y hablando de esperanza con José Palacios. Entre los emblemas de los verdaderos originarios del «Indio Táriba» para el triángulo «Peribeca» desde los «Capuchos» hasta extenderse en el valle de Villaquirán. Así lo aprendí caminando sus calles y saber ver la logia de un club de amigos en memoria a los recuerdos de Sucre en 1830 escribiendo allí la última carta al Libertador en el ideario y defensa de la Gran Colombia. Como de asistir al lugar donde un eterno locutor nos vendía discos de vinilo antiguos y el Dr. López Cárdenas nos reseñaba en su casona las herencias de España y los testimonios de las victorias, como los sables de Cipriano Castro. Recuerdo la visita de los pintores de La Grita a una feria de Táriba en 1968. Y de saberes poder encontrar a Giovanni Di Mundo, el fino artista italiano pintando sus calles, como de oraciones muchos años después haber asistido al cementerio de Barcelona en Catalunya para meditar sobre la tumba de Pedro Castrellón Niño, el eterno postimpresionista hijo de Táriba y orgullo del Círculo de Bellas Artes de Caracas. Así lo entendí cuando Isaura, mi tía abuela. Josefa Melani de Olivares presentaba en el Teatro Baralt de Maracaibo al poeta Vicente Elías Elías Moncada junto a la lírica guitarra de mi padre, Pepe Melani. Táriba, como un camino de pueblos, de gritos rebeldes y de rostros asturianos, con el candor de Pamplona y de las citas de invierno de las montañas, desde el corzo negro de Alonso Pérez de Tolosa y la sal de un monasterio con agua bendita de la catedral de Tunja y el retrato eterno de María del Carmen Ramírez. Muy en la armadura de un caballero y el grito de dioses de un indio sacrificado en la Plaza Mayor donde gritaron de ardor los verdaderos. Es después donde vive San Rafael de Cordero y se hace herencias infinitas en Palmira entre los hechos de la teosofía del Seminario, mientras en su río se va la bandera de la patria y la memoria de las margaritas entre toreros y ensueños, la carta a la mujer del alma describiendo en una lágrima desde su ternura en un balcón herido. Y de la monumental de los hermanos Colmenares para levantar los pañuelos blancos y revestir las reminiscencias de Cesar Faraco en la cuenta de cada sentir entre palomas y el manto templario y ancestral de una Virgen pintada en los misterios de un pueblo. Ayer crucé mis memorias y la banda de músicos en ella iba un saxofonista ciego y como una metáfora de las divinidades el pueblo derramando millones de palmas… entonces vi a Tirso Sánchez Noguera escribiendo los acordes benditos y desde la presencia escuchar al actor, cultor y Cronista: Antonio Vargas, quien junto a las miradas eternas se consagrará a la virtud de aquella comarca primera del camino de los Andes. Entonces ¡Fue cuando volvieron los recuerdos! Para volver a oír las lecturas que me regaló mi abuelo.

*Artista Nacional. *Premio Internacional de Dibujo Joan Miró 1987. Barcelona. España. *Cronista de La Grita. *Maestro Honorario. *Doctor en Arte. *Premio Nacional del Libro 2021. *Honrado con un Salón en su nombre en la Gobernación del Táchira 2022. *La Feria Internacional del Libro en su nombre 2023. Por su trayectoria de maestro. Escritor. Dramaturgo y creador. Hoy iniciando la búsqueda del Arte Tachirense…

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