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Puentes binacionales cerrados y los caminos verdes abiertos

Cuando, por alguna razón, alguna persona debe cruzar la frontera para ir a Colombia y no tiene permiso humanitario para cruzar por los puentes binacionales, llega a la no difícil conclusión que la frontera está abierta, pero por las trochas.

El río humano que se observa en semanas flexibles y en las radicales también, yendo o regresando de Colombia, definitivamente muestra por qué a esta franja fronteriza Táchira-Norte de Santander o San Antonio-Ureña-Cúcuta, por mucho tiempo se le decía la frontera más viva de Latinoamérica.

La frontera venezolana no está cerrada, pareciera que esto es imposible, lo que está bloqueado, con toneles incluidos, es el cruce por el puente binacional. Dicho de otra manera, lo que está cerrado para los ciudadanos comunes –la mayoría de la población- es pasar por la comodidad de dos puentes binacionales, uno ubicado en San Antonio del Táchira y otro en Ureña.

Uno ve a diario cómo las personas en masa pasan por las trochas, que son caminos difíciles, peligrosos e inseguridad. Es más, ya se dice cuándo están abiertas o cerradas, porque esto es un servicio para los tachirenses y ciudadanos de otros estados que llegan para ir a Colombia por razones de salud, migración, visita a familiares, etc.

La incomodidad, y sobre todo el peligro de ir a Colombia por trochas, es una clara violación de derechos humanos, como el de la libre movilidad y también el de la salud, ya que son muchas las personas que cruzan por trochas a Cúcuta a comprar medicinas y como no tienen récipe médico lo deben hacer por trochas.

No sería mejor que la frontera, que por caminos ilegales está abierta, estuviera operativa en su paso por puentes para los cientos de ciudadanos que la cruzan, a la fuerza, por caminos verdes y de agua, sin importar a veces si la vida peligra.

Siempre las trochas, los caminos verdes, las zonas escondidas, eran usadas por quienes iban a hacer ilegalidades, pero ahora las usan ciudadanos de bien: hombres, mujeres y niños. Seguramente, también delincuentes. Pero los hombres y mujeres deben pasar por incomodidades que realmente lejos están quienes diseñan estas políticas de darles un trato humanista.

El gobierno de Venezuela debería pensar en sus ciudadanos, los llamados ciudadanos de a pie, que deben ir al país vecino y deben exponer su vida, porque el puente para ellos está cerrado.

Se ha dicho que la abrirán comercialmente, pero se cree que el paso peatonal también es primordial por elemental derecho a la vida consagrado por organismos internacionales como la ONU y en la propia Constitución de Venezuela.

Gustavo Paolini

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