Opinión
Punch, el mono viral: cuando la empatía también es tendencia
jueves 26 febrero, 2026
Rocío Márquez*
La imagen de Punch —el mono japonés que se aferra a un peluche tras ser rechazado por su madre en el zoológico de Ichikawa— recorrió el mundo como emblema de fragilidad. El encuadre es perfecto: un cuerpo pequeño, un gesto reconocible, un objeto que simboliza consuelo. No necesitamos contexto para comprender la escena. Basta la imagen para activar una emoción inmediata.
Aquí opera con precisión la cultura rosa: ese espacio mediático que transforma lo íntimo y lo afectivo en relato consumible. Convierte cualquier escena de vulnerabilidad en contenido emocionalmente rentable. Punch no es solo un mono: es una historia “adorable”, lista para circular bajo la lógica de la conmoción compartida. La ternura se edita, se encuadra, se distribuye.
Agenda surfing: cuando el afecto se vuelve oportunidad
La viralidad de Punch no tardó en atraer a quienes viven de la ola (aprovechamiento de tendencias). Marcas, cuentas corporativas y estrategas de agenda surfing aprovecharon para subirse al tema del momento; y así ganar visibilidad, simpatía y conversación sin haber creado el fenómeno.
En cuanto la historia se hizo tendencia, aparecieron publicaciones “tiernas” con tono empático, guiños al peluche, mensajes de “acompañamiento” y hasta intentos de asociar productos con la narrativa del consuelo.
El gesto es revelador: cuando la emoción ya está servida, se vuelve un recurso de marca. La vulnerabilidad se convierte en plataforma para la publicidad. La empatía se vuelve contenido para vender.
Pedagogía sentimental de plataformas
La viralización no es accidente: responde a una pedagogía sentimental de las redes. Las plataformas no solo muestran emociones: las jerarquizan. Lo suave, breve y simbólico se impone sobre lo complejo. La cultura rosa digital privilegia el gesto que enternece por encima de la explicación que incomoda. El abandono se vuelve escena. Así, aprendemos qué tipo de sensibilidad es socialmente validada: la que puede expresarse con un corazón, con un “me parte el alma”, con un compartir que confirma pertenencia. No es que la emoción sea falsa. Es que está formateada.
Prosumidores emocionales en vitrina
Nosotros no somos inocentes espectadores: somos prosumidores emocionales. Comentamos, compartimos, amplificamos. Cada interacción convierte ternura en dato y dato en tendencia. La pregunta incómoda persiste: ¿nos conmueve Punch o nos conmueve la posibilidad de mostrarnos conmovidos?
Mientras Punch abraza a su peluche buscando consuelo, la estetización del afecto revela su costo: el sentimiento se exhibe y se mide, y la vulnerabilidad —animal o humana— termina siendo materia prima de una agenda que siempre quiere surfear lo que duele.
*Comunicadora social. Doctora en Ciencias Humanas. Profesora de la Universidad de Los Andes-Táchira, Venezuela.
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