Opinión
¿Quién responde?/ Cuando la comunicación deja de depender completamente de la presencia.
viernes 3 julio, 2026
Viena Zamudio Valero
Para 2026, Replika supera los 40 millones de usuarios registrados. Nueve años después de su lanzamiento, la aplicación se ha consolidado como uno de los referentes mundiales de la inteligencia artificial conversacional. Lo relevante, sin embargo, no es la tecnología en sí misma, sino el tipo de experiencia que hace posible: mantener abierto un intercambio allí donde históricamente aparecía el silencio.
Este sistema introduce prácticas para las que aún no disponemos de marcos culturales estables. Las personas interactúan diariamente con aplicaciones capaces de ofrecer compañía, escucha y continuidad relacional, pero todavía carecemos de referentes sociales suficientemente consolidados para comprender qué lugar ocupan estas experiencias en la vida cotidiana. La tecnología parece avanzar con mayor rapidez que los marcos de sentido mediante los cuales intentamos interpretar lo que está ocurriendo.
Mientras herramientas como Deep Nostalgia se limitan a animar fotografías —dar la ilusión de que un rostro vuelve a moverse—, los sistemas conversacionales buscan algo más complejo: reconstruir la experiencia de interacción. En algunos casos, a partir de registros digitales del fallecido —notas de voz, vídeos, imágenes y mensajes de texto— pueden generar representaciones capaces de reproducir rasgos físicos, patrones de habla e incluso determinados gestos. Mediante realidad aumentada, ese avatar puede proyectarse en el entorno del usuario y sostener una conversación emulada. Ya no se trata únicamente de volver a ver a quien partió, sino de experimentar la sensación de que la conversación no se ha interrumpido.
La comunicación siempre presupuso la presencia de un interlocutor capaz de responder. Las cartas se conservaban durante décadas; las fotografías, generaciones; las grabaciones, la voz. Pero ninguno de esos soportes completaba el circuito comunicativo. Sin un receptor capaz de responder, el intercambio se interrumpía. De ahí que las sociedades construyeran rituales, ceremonias y formas culturales para otorgar sentido a esa interrupción. El duelo no eliminaba la pérdida, pero ayudaba a comprenderla. La memoria mantenía vivo el recuerdo. El silencio confirmaba que la conversación había terminado.
Lo que esta plataforma reconfigura es precisamente esa condición histórica. La respuesta ya no requiere necesariamente un interlocutor vivo, sino un sistema capaz de producir la apariencia de continuidad. El cuerpo del otro permanece ausente, pero la experiencia de la comunicación comienza a desplazarse hacia un territorio que opera bajo reglas distintas.
La investigadora Sherry Turkle ha señalado que las personas suelen atribuir escucha, compañía y comprensión a sistemas que, en rigor, no poseen ninguna de ellas. Esta observación adquiere particular relevancia cuando se aplica a tecnologías vinculadas con la pérdida. El fenómeno no parece explicarse únicamente por la capacidad técnica de generar respuestas, sino por una necesidad profundamente humana: sostener la experiencia comunicacional allí donde antes solo aparecía el silencio.
Desde esta perspectiva, la aplicación no se limita a modificar la manera de recordar. Reconfigura la experiencia comunicacional de la ausencia. La interrupción deja de ser absoluta y la continuidad comienza a presentarse como una posibilidad técnicamente construida.
Tal vez resulte prematuro anticipar las consecuencias culturales de esta práctica. Sin embargo, la posibilidad de sostener intercambios simbólicos más allá de la desaparición física obliga a observar con atención un fenómeno todavía poco comprendido. No se trata únicamente de recordar a quienes ya no están, sino de comprender qué ocurre cuando la comunicación deja de depender completamente de la presencia.
¿Cuáles serán las repercusiones humanas de esa interacción híbrida entre la presencia virtual del difunto y la vida cotidiana del doliente, sobre todo cuando tome conciencia de que esa simulación, ese ser virtual, ya no existe?
Profesora de la Universidad de Los Andes, Táchira.
Destacados











