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Repelencias

Carlos Orozco Carrero
El maestro venezolano merece un reconocimiento permanente por su dedicación a la formación de los niños del país. Es la profesión más noble que el ser humano puede ejercer en función de hacer de los hijos de Dios gentes de bien. Me gusta ser maestro.
Por estos días empezaban los aficionados al ciclismo a organizar viaje desde Pregonero para ver el Circuito en San Cristóbal y la llegada a La Grita de la caravana multicolor en las Vueltas al Táchira. Era una verdadera hazaña hacer el recorrido desde nuestro pueblo bello para apreciar los esfuerzos de los pedalistas y apoyar a los chacaritos que corrían en esas competencias tan difíciles. Por algo somos la mejor afición del ciclismo en Venezuela, cariños.
Ya los científicos chinos aclararon lo de la intrigante cabaña que aparecía en el lado oscuro de la Luna. Bueno, resultó que la interesante figura que se observaba en el horizonte de nuestro satélite natural era una enorme roca con el perfil de una gran choza. Ahora falta por saber cómo llegó esa piedra hasta el sitio.
En El Callejón del Diablo se les apareció aquella figura fantasmal a nuestros amigos. Por más que llevaban una botella de miche claro, no pudieron evitar que los músculos horripiladores se activaran para hacerles saber que sus vidas corrían peligro enorme ante tal destello extraño para sus conocimientos. Amado manejaba el camioncito y no pudo controlar cloche, freno y acelerador al mismo tiempo. Todos sintieron el corcoveo hasta que se apagó y Bartolo llegó a darle con la frente al vidrio y casi se revienta la cara. -Salgan, salgan, salgan, gritaba Aurelio para que Amado abriera la puerta rapidito. Se santiguaron al mismo tiempo y el golpe de espesa neblina los alertó ante la imagen diabólica que soltaba candela viva de sus ojos profundos. El ladrido de un perro trasnochado los volvió a la vida cerca de lo que llaman Sepulturas, unos 9 kilómetros más abajo del callejón maldito y más arriba de Boca de Monte. La rueda delantera derecha del camión estaba metida en la cuneta de la carretera y empezaba a llover casi aclarando el día. Nunca supieron cómo llegaron hasta el pequeño cementerio con sus cruces caídas, donde se estrellaron con su pesado camión. Ni pagándoles se atrevieron más nunca a transitar por aquellos parajes del páramo uribantino.
El amoroso serenatero pidió a los músicos que le dejaran recitar una estrofa de un poema para su novia. Por supuesto, él pagaba y tenía derecho a despertar a su enamorada con unas palabras bellas, propias del momento. -Ustedes le dan un golpecito a la guitarra y al cuatro a manera de introducción y yo arranco. Efectivamente, un acorde en tono menor y…- Amor mío, tú sabes que te he quisido y que te sigo quisiendo, el amor que te he tuvido yo te lo sigo tuviendo… La bacinilla de orines no se hizo esperar, señores.

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