viernes 3 febrero, 2023
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Repelencias 431

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Se me ocurre comentar en el grupo de amigos lo hermoso que es sentir el grito de la muchedumbre cuando uno es el que marca el gol de su equipo para ganar un partido en cualquier categoría. Ante la cifra enorme de goles que convirtió nuestro amigo Carlos Tolisano en su exitosa carrera como jugador profesional en el futbol suramericano, me atreví a confesarle que yo había marcado el gol del triunfo en una competencia intercursos en el liceo Francisco de Borja y Mora de Pregonero. –¿Usted anotando un gol, Carlitos? –Claro, caballero. Cobraron un tiro de esquina y yo estaba en el centro del área, conversando con un compañero de estudios para una serenata esa noche y no vi la pelota. Lo cierto es que todos los del equipo me levantaron en hombros y festejaban el cabezazo para el gol definitivo. La bola llegó precisa a mi cara y golpeó nariz, boca, ojos y hasta un tris de oreja para entrar por todo el ángulo izquierdo. La algarabía se confundió con el chorro de sangre que manaba por nariz y boca. Aquella tarde decidí abandonar tan peligrosa actividad deportiva. –Pónganle una peseta en la frente para que le tranque la sangre, gritaban desde las tribunas del José Ramón Sánchez, ciclista extraordinario, epónimo del campo deportivo de mi pueblo hermoso.
Llama a preocupación este escurridero de agua a fines de año. Se van cortando las enormes ganas de viajar a visitar familiares y amigos en nuestros pueblos bonitos. Mientras, rogamos a san Isidro Labrador para que quite el agua y ponga el sol radiante que acostumbramos a disfrutar en pleno diciembre andino.
Todo va modernizándose en el futbol mundial. Observamos nuevas reglas y hasta maneras de pitar un jueguito. Un dispositivo llamado VAR, que no es otra cosa que un simple video para seguir cuadrando los apoyos arbitrales a favor de los grandes de siempre, nos sorprende en cada juego cuando no lo revisan en todas las jugadas a la vista del público. Lo que sigue igual es el sorteo por el terreno a través de un simple y callejero cara o sello. Menos mal que no ha cambiado eso. Hay tantas cosas extrañas para el que esto escribe, que a veces quedo turuleco al escuchar que el pase fue de 7 a 9 y que el doble 5 va en contra del tridente volante para un despeje asoleado. Por algo se los digo, cariños.
Un maestro de escuela decidió comer mandarinas de un costalito regalado por una señora vecina en la aldea El Alto en Uribante hermoso. Había cumplido con su sagrado deber de enseñar a los muchachitos aquel sábado en la mañana. Terminó la clase y jugaron un rato en el potrero que quedaba frente a la escuelita rural. Nuestro maestro era capaz de transformarse en un compañero más de juegos con sus alumnos. Metía zancadilla y más de una vez levantaba tierra en un arrebato de balón dividido. También discutía con fuerza una mano o un fuera de lugar con su equipo contrario. Ya tarde, antes de bajar al pueblo donde residía, se sentaba bajo la fresca sombra que ofrecía el oloroso eucalipto a esas horas del día. Allí lo encontró el amigo Teresio Ramírez, vecino de su comunidad y buen conversador con todos. Por supuesto que le comentó al docente por la cantidad descomunal de conchas de mandarina que tenía a su lado. También sobresalían de su costalito unas 37 frutas jugosas que esperaban el mordisco inicial para completar un lleno total de la barriguita del maestro campesino. –Profesor, si se come todas esas mandarinas le va a dar una indigestión, le advirtió Teresio. –No, amigo mío. No olvides que los pobres no tenemos digestión, respondió el profe, mientras le ofrecía algunas frutas a su interlocutor. Cosas del campo, me dijo Teresio…

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