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Inicio/Opinión/Repelencias 517

Opinión
Repelencias 517

sábado 20 julio, 2024

Carlos Orozco Carrero

En mis recorridos asignados para cumplir con las obligaciones de supervisar las conversas callejeras que se producen por estos senderos tan machetes, he encontrado a un grupo de amigos que se dedican a las juegas de dominó y ajedrez en la parte baja de la plaza Bolívar en este pueblo grande. Es una banca larga que atrapa e invita a muchos aficionados a dejar parte del cacumen en juegos exclusivos para inteligentes. Ahí se la pasan, dejando parte de sus nalgas en el frio cemento. Casi todos son culisecos debido al tiempo en sus posiciones. Claro, el que pasa sus horas mirando las partidas intensas también sufre de piernas venosas. A mí no me gustan esos juegos donde todos hacen silencio sepulcral habiendo tanta conversa pendiente. Si jugaran vigía, cáida boba, con acento en la a, ajiley, casi casi y otros donde hay gritos y señas tal vez tomaría un turno para apostar unos tres pesos de los viejos. Creo que vale la pena estar así, esperando turno, hasta que llega la hora de un cafecito y algún alimento sólido, caballeros.

Conversando con el gran Martín Emilio “Cochise” Rodríguez sobre la diferencia más significativa entre el ciclismo de su época de gloria y los muchachos que corren ahora nos aseveró que casi todo era igual. Claro, estos chamos usan unas bicicletas extraordinariamente livianas, lo que les permite pegar esos arranconazos que a veces parecen aviones. Me dijo que nunca olvidó la etapa desde La Grita a Pregonero. -Corrían hombres en la primera Vuelta al Táchira en bicicleta, Carretico. Frank Mota se reía.

El paciente apuró el paso para llegar al consultorio del médico internista. Algunos mareos y pesadez le advertían que algo andaba mal en sus quejas. El galeno observó el resultado de sus análisis y le aconsejó cambiar su dieta alimenticia. -Tienes casi todos los valores elevados y hace falta controlar lo que comes, le dijo. Nada de carbohidratos ni grasas y mucho menos licor. -Mejor dicho: Cero pan, arepa, pasta, arroz, papa, yuca, maduros cocidos, fritas, panquecas y todos los antojos que veas en la nevera.  –Doctor, ¿puedo comer mayonesa? –Mayonesa sí puedes consumir, amigo. –Y ¿a qué le voy a echar la mayonesa si usted me prohíbe todo? -Cuento malo, cariños. Buej…

El tesoro estaba en la pared y Efraín no lo había notado. Por más que rasurara los pisos y rincones de la vieja casona de paredes gruesas y de tierra pisada, ningún ruidito salía del aparatico que le envió el flaco Elpidio de algún país lejano donde se lo pasa por estos días. Y, fíjense lo que es la vida, caballeros. En un momento que Efraín aprovechó para descansar sobre la anciana silla de tablita que permanecía en el salón de la casa, puso el largo aparato con la base ancha hacia arriba y la recostó sobre la pared del fondo. Sólo un pequeño cuadrito de unos 5 centímetros por lado y lleno de telaraña vieja adornaba el lugar. Allí empezó el escándalo en el equipo detector de metales. Su corazón empezó a latir a velocidad increíble. Miró bien e intentó quitar el cuadrito de la pared. Estaba pegado a algo por la parte trasera e incrustado en la sólida tapia. Poco a poco fue halando hasta que apareció una especie de gaveta, parecida a las que traen las máquinas de coser y que son largas para meter agujas, hilos y toleticos de recortes de tela fina.  Efraín miró para todos lados y se santiguó al ver que en la larga gaveta descansaban unas 50 morocotas limpiecitas. En cada esquina una historia.   

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