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Opinión
Repelencias 603

sábado 14 febrero, 2026

Repelencias 603

Carlos Orozco Carrero

Era el mejor del grupo. Sus conocimientos sobre esa especialidad algo extraña lo elevaban a niveles de excelencia académica. Integrante de la primera triada de geógrafos egresados de nuestra Universidad de Los Andes. Todos le consultaban y él siempre atendía con cariño al que preguntara sobre cualquier situación de vida, Sus alumnos le apreciaban debido al buen humor que lo diferenciaba de los de los “ceño fruncido” disfrazados de académicos de ultratumba cerrera. El gordo siempre combinaba profundidad especializada con sus experiencias por donde caminó en su vida. Desde un sancocho de rampuche en el rio Zulia colombiano, hasta un manjar en los Campos Elíseos de Paris, mientras esperaba el recorrido del Tour de Francia. Una partida de billar tenía para el gordito del alma muchísima importancia a la hora de calibrar amistades sinceras y desinteresadas. Era el mejor de todos. Hace falta ese pingo.   

-Bernandino, si sigues tomando miche se te va a dañar el hígado, le advirtieron a aquel hombre dedicado a los trabajos del campo. –Pisst, tan lejos que queda el hígado de las tripas, contestó sin rubor alguno. ¿Tendría razón mi paisano de Pregonero?    

Los comerciantes no deben especular con los precios de sus mercancías. -Claro, para ir emparejando, dijo el economista de Belén. -Es lo que yo digo, convino el flaco de Ejido. –Allá en La Parroquia el viejo Eusebio apenas le gana a sus productos el 4 % y con eso se conforma y le va muy bien. -¿Cómo es eso, flaco? –Pues compra una caja de jabón a 100 bolívares y la vende a 400 bolívares. -Con eso tiene suficiente, cariños. 

Un hombre fornido, bueno y trabajador apareció en el pueblo más lindo con un extraño y enorme animal, más grande que un puerco y con la trompa alargada. Como un elefante chiquitico con orejas también chiquiticas. Corrimos todos a ver la novedad que traía este señor desde un viaje a tierra caliente. Le había puesto un sombrero de fieltro y entró al bar El Tolima, pasándole el brazo por su espalda. Y, ¿ese animal qué es? Era la pregunta de la multitud. Nadie respondía con propiedad sobre el gracioso bicho que tenía cuatro dedos en las patas delanteras y tres en cada pata trasera con una enorme uña. Después se supo que otras tierras le decían tapir. Lo gracioso es que su dueño le enseñó a tomar cerveza caliente. Le metía el pico de la botella en el hocico y ella se encargaba de absorber con fuerza el refrescante líquido. Un ruido de mesas y sillas rodando espantó a los muchachos que se atrevían a desafiar el poder de Mercedes, dueño y señor de aquel local donde funcionaba el mejor botiquín del mundo, con su variopinta rock-ola y sus discos de moda para arrancar amores traicioneros. Allí se escuchaba Zenaida Ingrata, Por qué no he de llorar, Renunciación y la de mi compadre Miguel Duarte que la sabíamos todos: “Dicen que los hombres no deben llorar”, de King Clave y se cantaba por Mi Mayor. Había carpintería, funeraria, restaurant, billares y al frente la mejor gallera del mundo, donde debutó El Chispas de Miguel Pabón, quien hizo debut y despedida contra un giro guaraquero que lo retiró para siempre con una morcillera traicionera. Los portones del local se abrieron estrepitosamente para dar paso en la grada a la danta borracha y a su dueño, quien ya no controlaba sus violetas y su blanca camisa mostraba señas de las voleadas de chimú cachicamero en gancho. -Siempre sale así del botiquín, comentó la vieja Bertha. –Pobre animalito, remató. En cada esquina una historia.     

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