Opinión
Repelencias 612
sábado 18 abril, 2026
Carlos Orozco Carrero
El chofer malas pulgas dejaba su ceño fruncido como el de un General Prusiano. Nunca sonreía, y esto molestaba a los estudiantes que viajaban con él hasta la capital para continuar con sus estudios. El radio de su autobús agarraba unas 6 emisoras en el mismo dial y la corneta de la parte de atrás estaba rota, lo cual le daba un sonido gangoso y trapeado a los porros que ponían en el aparato y que entraban por ondas entre aquellas montañas que despedían a sus muchachos cada vez que terminaban las vacaciones. Una silleta de cuero acompañaba a los pasajeros en esos viajes por carretera de tierra y neblina. A quién se le ocurría llevar una silla con lo fastidioso que era cargar estorbos al viajar. El transporte subió hasta culminar en la capilla de Las Porqueras y esperar la acostumbrada estirada de espalda de todos y la carrerita de alguna señora para “hacer aguas” detrás de la pequeña construcción andina. -¡Váaaamonoooos! Todos arriba. El chofer chancleteaba para que la gasolina entrara al carburador que no agarraba tono nunca. Empezaba la bajada entre curvas que empujaban toleticos de granzón cuando el caucho delantero trompicaba los montoncitos para empujarlos a la cuneta. Un poco antes de agarrar la primera curva a la derecha, el conductor clavó el cloche, aceleró y metió la primera con fuerza. Acto seguido el colector gritó: -Ahora me toca a mí. Arrimó la silleta y agarró la palanca de las velocidades con fuerza, empujándola hasta arriba. –Bota la primera y tengo que asegurarla con malicia. Todos nos santiguamos, señores. En cada esquina una historia.
Las latas vacías de cerveza eran recolectadas por los trasnochadores del pueblo. Siempre que salían de cine a ofrecer serenatas a sus chicas bonitas tenían que arreglárselas para evadir a los uniformados de azul oscuro, quienes obedecían órdenes del Comandante Municipal. Muchos vecinos se quejaban en La Prefectura debido a los ruidos molestos que no dejaban dormir después de las doce de la noche. Y eso que los serenateros eran todos músicos y sus canciones hermosas enamoraban a las damas que escuchaban esas baladas, boleros y valses en noches de luna escondida. Y, ¿qué tienen que ver las latas metálicas con serenatas y el gendarme conocido en este cuentículo? –Bueno, el hombre vivía en las afueras del poblado, lejos de las viviendas donde dormían las chicas y tenía un trio de perros enormes, quienes amedrentaban por su tamaño y el volumen de sus ladridos. Los dejaba en una fría azotea y casi a la medianoche recibían una lluvia de latas para alborotar a casi toda la comarca con su escándalo. El pobre hombre pasaba toda la noche intentando calmar a sus fieras, mientras los enamorados aprovechaban para recibir una miradita tras los barrotes de una ventana prometedora.
Siguen las conversaciones sobre filosofía intensa y pares categoriales en el Bodegón del Buen Estar de La Ermita. Ahora cada participante en estos conversatorios lleva su cocha de charlonerias para acercarse a ciertos movimientos epistemológicos del sur europeo. Todos participan activamente en estas sesiones y ofrecen sus experiencias sobre la soledad del ser humano frente a lo inevitable, al tiempo que sus días se escurren irremediablemente entre viejos muebles y vorágines convertidas en espejos de reflejo nacional. Son las habilidades que ofrecen los años de experiencia lo que les permiten a los asistentes al taller de cada sábado enriquecer algo tan simple y valioso como es la conversa entre pares.
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