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Opinión
Repelencias 624

sábado 11 julio, 2026

Repelencias 624

Carlos Orozco Carrero

Estoy en modo Tour, señores. Busquen su gallo y entrompemos esas escalinatas en Los Pirineos. Solamente expertos en estas conversas especializadas. Son muchos kilómetros, Carretico.

Decíamos de la vida del protagonista del libro de lectura inicial Abajo Cadenas que algunas cosas se van repitiendo en cada hogar venezolano, donde la escasez cubre todo el entorno de cualquier mortal. Este texto también mostraba la sana intención de aprender a leer y a escribir a través de la relación entre un dibujito muy bien hecho y el objeto relacionado con su nombre. Pala, casa, árbol, y maraca ofrecían su escritura dividida en letras y sílabas para, ante la pregunta de la maestra, nuestra memoria reflejara el objeto con su nombre. Una pequeña regla señalaba la imagen en el libro y respondíamos de inmediato. Si mostraba una pala todos decíamos pala. Claro, un compañerito se adelantaba y decía: ¡Canalete! Era la invitación a un reglazo más abajito de la nalga con pantalones cortos. En cada esquina una historia.    

-¿Para qué sirve la poesía?, le preguntaron a Jorge Luis Borges, una tarde de contemplación oscura. -Es como preguntarse para qué sirven los amaneceres, señor periodista. Es muestra de lo que nos regala la vida desde temprano. Debemos sumergirnos allí para apreciar el universo todo.

Mi tía Pulqueria se siente engañada con eso del VAR. Melquiades siempre le dice que va al bar a ver cómo fue la jugada. Es cuestión de una letrica y su pronunciación la que considera el viejo aficionado. Recuerdo que una tardecita en una jugada de billar entre los muchachos en vacaciones de la universidad, el dinerito en billetes arrugados reunido entre todos apenas alcanzaba para cancelar las cervecitas consumidas desde temprano. –No hay más plata, no hay más servicio, dijo el dueño del bar. –Pánfilo, dijo Francisco. –Fíeme una botellita de ron y mañana se la pago. –Mi abuela me da algo para gastar por ahí y le traigo eso. Nos tomamos la botellita con Coca Cola, soda y limón. Al otro día, reculamos en el billar para hacerle honor a nuestra condición de estudiantes desocupados. –Francisco, gritó Pánfilo detrás del mostrador. –¿Me trae el dinero de la botellita de ayer? –¿Cuál botellita? –La que se tomaron entre todos y usted me dijo que hoy me la pagaba. –¿Usted me sirvió  una botella de ron fiada, Pánfilo? –Claro. -Ahí está Carreto de testigo. Francisco me miró y yo, que soy sapo por naturaleza, le dije que era verdad lo de la botella fiada. Nuestro amigo soltó el taco y le dijo: -Mire, Pánfilo. -Usted sabe que soy estudiante y a los estudiantes no se les fía nunca. El dueño del local corrió hasta el fondo del mostrador. Todos nos pusimos atentos a una cuchilla vengadora por parte del viejo traicionado. El hombre sacó una carterita de ron y se la ofreció a Francisco. –Eso es muy cierto, amiguito. -No le vuelvo a fiar a ningún estudiante en esta vida.  Muchos fueron los anillos de grado de bachiller que se quedaron empeñados en estos botiquines con rock-olas cantarinas. Por un litrico de ron en oscureceres emergentes de kerosene.     

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