jueves 2 febrero, 2023
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Rezagos de una época peor

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 Francisco Corsica

Si todos escribiéramos en un cuaderno una lista de inconformidades, posiblemente la Biblia sería un pequeño compendio contrastada con nuestros manuscritos. Los seres humanos somos inconformes. Afortunadamente así es, porque gracias a esto hemos salido adelante en el transcurso de la historia. Esta condición ha permitido el desarrollo humano en muchísimos aspectos.

El día de hoy reflexionaremos en torno a algo que mantiene contrariadas a muchas personas —incluyéndome— y de lo cual no he leído nada hasta ahora en ninguna parte. Puede ser por la misma simplicidad del tema. No crean, no es fácil hablar tanto de tan poquito. Sin embargo, vamos a intentarlo. Debemos hacernos eco de esta clase de situaciones para ver si finalmente las superamos y llegamos a un orden de cosas mucho mejor para todos.

No hace mucho me encontraba en un local comercial. Es increíble cómo en estos espacios se conversa de todo. Les debo una a los responsables de ese cotorreo. Sin ellos, no se me hubiera ocurrido el motivo de esta nota. No es la primera vez que me sucede y seguramente tampoco será la última. Yo aguardaba para pagar un par de cosas que compré y en la caja de al lado la persona que estaba siendo atendida comenzó a protestar.

Aquel transeúnte le decía al cajero en tono desafiante: “¡Cómo extraño cuando nos llevábamos del supermercado bolsas por montón! Ahorita las cobran, antes las regalaban. Es decir, ¿si no traigo una propia entonces debo llegar a casa con la mercancía a cuestas, viendo dónde me la pongo? ¡Qué falta de respeto para con sus clientes! Mucho hacemos con venir a comprarles. Hasta en la factura aparece el pedazo de plástico ese. ¡Éramos felices y no lo sabíamos!”.

Varios de los que allí estábamos le dimos su merecido apoyo a un comentario tan oportuno. Era difícil no suscribir cada una de sus palabras, inclusive para el más pacífico y conformista de los presentes. Nos pusimos a replicarlo con quienes nos vendían. Cada quien agregaba lo suyo. No logramos nada más allá de fastidiar a los pobres cajeros cinco minutos, pero al menos manifestamos nuestro disgusto. Frecuentemente, perdiendo también se gana.

Se podría argumentar lo que sea desde la perspectiva de los supermercados y de los bodegones, sin embargo, es verdad: en otros tiempos, el dinero no solo rendía más que ahora, sino que en la casa siempre teníamos bolsas guardadas porque a dondequiera que íbamos las regalaban. “¡Ay, señor, colóquele dos o tres! Una sola se le puede romper, lleva mucho ahí” era una frase habitual. En ocasiones, el carrito de mercado también parecía que se iba a romper de tanto que llevaba encima. No obstante, esa es harina de otro costal.

Es una pena. Si uno no las lleva para guardar sus recientes adquisiciones y no se está dispuesto a pagar un par de bolívares por ellas, vamos a parecer malabaristas en la calle llevando lo que compramos. O la maleta del carro se vuelve una pequeña despensa. Solo porque el local no nos está dando algo que siempre nos habían garantizado. A quienes no nos agrada esta situación, tendremos que virar a otros establecimientos que sí las entreguen sin cobrarlas. ¿Qué más se puede hacer?

Quizá la única ventaja de que las cobren sea la preservación del medio ambiente. El bolso de tela que la mayoría usa desde entonces reduce la contaminación, pues no es desechable. Cargar con más telas de las necesarias a cambio de evitar un desplante por parte del cajero. Vaya trueque, ¿cierto? Ahora bien, debemos considerar una falta de respeto del comerciante hacia el comprador que le facture el costo de la susodicha bolsa. Eso no tiene razón de ser.

Me atrevería a decir más: es un rezago de una época en la que ni siquiera se conseguía un kilogramo de harina por las vías regulares. Aquella fue una situación tan dura desde el punto de vista social y económico que los negocios no tenían más remedio que solo vender el producto que los demás estuvieran dispuestos a comprar. Y eso no incluía el empaque para cargar con él. Por lo tanto, la solución fue la más antipática posible para el consumidor. Pareciera que esos locales no se han dado por enterados de que estamos en 2022, dolarizados y que los sectores económicos reportan por primera vez en años un modesto crecimiento.

Así como pongo sobre el tapete esto, también debo decir que no todos incurren en esta desagradable práctica que se impuso a mediados de la década pasada. La mayoría de los nuevos comercios —bodegones, principalmente— las entregan sin siquiera preguntar. ¡Como en los viejos tiempos! ¡Como siempre debió ser! De verdad, da gusto que así sea. ¿Tenían que surgir estos nuevos espacios para retomar aquellas cosas que nunca debimos abandonar? Es simple decencia.

Son unos cuantos los que se encuentran rezagados. Deben actualizarse. Y miren que la competencia es cada vez más voraz. Simplemente deben darse cuenta de que estamos viviendo tiempos difíciles y que, a la par, tampoco es el peor momento. Aunque no lo parezca, este detalle puede marcar la diferencia en muchos casos. Uno que agradará a conocidos y a extraños.

Ya casi hemos terminado. ¡Increíble! Creí que un tema tan sencillo no daría para tanto. Al fin y al cabo, detrás de cada una de las palabras no se encuentra contenida una profunda reflexión filosófica ni mucho menos, como ya se habrán dado cuenta. Solamente apelamos al respeto por el consumidor y nada más. Pero me equivoqué. Más bien, deja abiertas un par de interrogantes que ya podremos abordar en otras circunstancias.

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