Opinión
Saavedra, el trompetista negro de La Grita
miércoles 4 marzo, 2026
Néstor Melani-Orozco
El montón de zapatos viejos por remendar del negro trompetista era con el acorde del sonido y los gritos desde los muchachos del estadio donde tal cual vez una pelota chocaba con la puerta del taller y de lágrimas el remendón artesano improvisaba con su trompeta alguna marcha, casi en lo nupcial de su mujer muerta.
Entre la cruz de Lorena y el collar de sal de los que fueron esclavos. Orlando Saavedra, sí de existencias, como una leyenda de la primera corneta de la Escuela de Clases. Pues vivió en su servicio militar y después se quedó en ese pueblo viejo donde volaban mariposas grises en las noches en el espacio del doble de la campanada de la iglesia y se servían los alimentos junto a los dos niños: El negro y el blanco mirando por la ventana desnuda de ladrillos y adobes, mirando las estrellas y sobre las lágrimas el “Padre Nuestro” en un pedazo de pan. Fue devolvernos a los testimonios del negro trompetista en la esquina de las escaleras del cuartel y el saber de las suelas que dejaron los calzados. Con esta presencia casi infinita del jazz en los aromas de las rosas y la grandeza de un pentagrama.
Del almidón para las alpargatas con hilos tejidos y del sueño del ejecutante de valses y polkas. Mientras los domingos de retretas, el negro hacia una solemnidad de la música con los gritos del ser y los remedios de la santidad del infinito convertido en humildades de las mismas edades. Y de las otras humillaciones. Quizás de las huellas del clamor y del aroma de algún verso. Del “Anillo de Oro y Plata” de Paredes Márquez o de los siglos eternos cobijados esté el alma. Lo vimos muchas veces con su paltó remendado y la esclava de ojo cochano en su mano derecha en los recuerdos de su amor con la santidad venida de Tovar y en un bolsillo dobladas las partituras de la gran canción lejana de “New Yoyk New York”, para Frank Sinatra. O la melodía de Luis Felipe Ramón y Rivera. En los méritos de la banda más antigua que sucedió en los Andes.
La Grita no entendió el valor del músico y nunca supo que había sido el primer trompeta de la Escuela de Oficiales Clases, entre los remedios y la espada del dichoso capitán Anastasio, que de centenario se convirtió en juez. Y catedrático de Moral, en el Instituto Militar, cuando sonaba la trompeta y de alabanzas las marchas de la Banda Municipal recorrían aquel pueblo bendito por las amapolas más adentro que los gritos guardados en las piedras. Donde las caracolas se escondieron en los cerros para no escuchar a los políticos en las ceremonias de los himnos y en el llanto del zapatero con las esperas sin los botines de charol y el remedio pintado en un espejo mullido por temblor de los años.
Ayer volví a bajar las escalinatas del lugar donde Saavedra con la aguja de “Arria” cosía los zapatos y me pareció volver a oír los ensayos con su trompeta, porque esta noche del mundo, de la luna llena, la Banda volverá a celebrar las eternas serenatas
Mientras de amor, medio siglo esperando “La Canción Eterna”… y de los recuerdos en un lugar de la Casa de la Cultura o en la sede de la Orquesta Nacional, se deberá enaltecer con honor al Negro Saavedra, para en el futuro de los ejemplos y la virtud del músico y Zapatero… Y La Grita más inmensa desde sus verdaderos humanos en el retorno de amor y las conciencias.
*Artista Nacional. *Maestro Honorario. *Doctor en Arte. *Cronista de La Grita.
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