domingo 4 diciembre, 2022
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Sociedad e interés escolar

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José de la Cruz García Mora


El concepto de “modernidad líquida” —acuñado por el sociólogo polaco Zygmunt Bauman— es una metáfora bastante difusa en la presentación inicial. No pareciera decir nada a simple vista. Pero se refiere al derrumbe definitivo de las estructuras sólidas prevalecientes en otras épocas: Religión, moral, trabajo, familia, educación, entre otros aspectos. Si antes esos valores eran perdurables y significativos, ahora son efímeros o circunstanciales. Hoy reina la cultura de la instantaneidad, el desapego, el individualismo, la banalidad o el utilitarismo. Pilares fundamentales como voluntad, disciplina, constancia, sacrificio, honestidad y compromiso, lamentablemente, van quedando relegados a planos secundarios. Las olas “tsunámicas” de la “modernidad liquida” —incorpóreas y temporales— devastan los cimientos de la sociedad, la familia y la escuela. La institucionalidad declina inexorablemente, mientras los valores inestables de la contemporaneidad parecieran nacer con fecha de caducidad. En cada amanecer estalla el anuncio de una nueva e impactante novedad, tan volátil y pasajera como la anterior.
En el campo pedagógico, muchos investigadores, directivos, representantes y/o docentes se quejan con frecuencia por la falta de preocupación y compromiso entre las nuevas generaciones frente a los retos de la formación de calidad ¿Acaso la educación todavía se concibe como un pasaporte para la superación personal? La disolución de los valores perdurables de la sociedad también impacta en la dinámica escolar. La inmediatez marca la pauta en la vorágine de la calle y la escuela. Aquí y allá impera la ley del menor esfuerzo. La satisfacción de necesidades ya casi no responde a las exigencias propias de las aspiraciones e ideales, sino a las tendencias del consumo o el exhibicionismo. Hasta los títulos profesionales se compran en los supermercados académicos. Pero esos no son los síntomas de la “educación liquida”, sino exactamente lo contrario. El desinterés hacia el aprendizaje tal vez proviene de la obsolescencia de la pedagogía tradicional como acción neutralizante del esfuerzo creador en las escuelas. Pero la realidad también limita la posibilidad de impulsar innovaciones en la dinámica escolar.
¿Está agotada la cultura del esfuerzo, la disciplina y el ideal de superación en las escuelas? Tal vez no. Aún vale la pena confiar en la capacidad de la educación para cultivar el interés, la voluntad y el deseo de aprender y/o superarse entre las generaciones. Pero no es responsabilidad exclusiva de los docentes. El proceso se acompaña desde el hogar y, sobre todo, desde los medios de comunicación, las redes sociales y las instituciones encargadas de cultivar los valores morales entre la ciudadanía. Los tiempos actuales reclaman un tipo de educación capaz de adaptarse a los cambios vertiginosos de la sociedad. Hoy están muy en boga las “chucherías electrónicas”. Pero sólo suelen usarse para alcanzar el clímax en la distracción improductiva, cuando podrían convertirse en una poderosa herramienta para el aprendizaje. Ahí hay mucha tela para cortar a favor y en contra. Pero vale la pena recalcar el esfuerzo de algunos docentes preocupados por abordar nuevas formas de aprendizaje. Ojalá y muy pronto esos esfuerzos aislados se conviertan en la tendencia general en la pedagogía moderna.
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