Opinión
Táchira: La necesaria construcción de una élite
lunes 6 abril, 2026
Alan Peralta Mora
Puede sonar feo y hasta excluyente para algunos, ya que la palabra viene cargada de ambigüedades, tensiones y prejuicios. Pero la historia se empecina en darnos lecciones para quien desee aprenderlas: Todo proceso de relanzamiento social se fundamenta en el esfuerzo motivador de una élite que se encarga de promover y sostener los cambios transmitiendo esta emoción y estrategia al resto de la sociedad.
Y toda sociedad necesita un sueño que la motive. Charles Landry afirma que una sociedad exitosa construye primero una “imagen de futuro deseado”; Michel Godet habla de pasar del futuro inevitable al futuro construido activamente; y Simón Sinek destaca la existencia de un propósito emocional como factor de motivación para el cambio social. Ahora bien, el propósito colectivo sólo se materializa cuando una minoría organizada lo estructura y convierte en acción.
Es aquello que, en nuestro caso, llamamos “tachiraneidad” (como Pascual Mora lo afirma: La fragua, en la escala de tiempo, del ser tachirense, su mentalidad). Ocurre que el resurgir cíclico de esa tachiraneidad siempre acompaña nuestros principales momentos históricos como sociedad.
El nacimiento como provincia en 1856 (lo que consolidó al Táchira políticamente en su geoespacio) donde se mostró una clase dirigente estructurada de comerciantes, abogados y propietarios (los notables) que presionaron la autonomía política, la consolidación posterior del boom cafetalero a finales del siglo XIX que genera acumulación de riqueza, un Táchira sostenible y con relación directa con el exterior, estuvieron impulsados por una élite orgullosa de la autosuficiencia regional y más relacionada al mundo que a Caracas.
Mención especial merece el ciclo histórico de los tachirenses en el poder, que se inició en 1899 con Cipriano Castro. Fue la clase dirigente de la burguesía derivada del boom cafetalero la que financió la Revolución Liberal restauradora. Este ha sido un significativo caso de toma del espacio nacional desde el espacio local que algunos han calificado como una conquista. Este ciclo en el poder significó la expansión de la visión que ya no era lo local sino de control político de lo nacional.
Todos estos procesos fueron orientados por una clase dirigente que se alimentó de una clara toma de conciencia del “ser” tachirense como factor distintivo y de orgullo. A diferencia de otras regiones del país, aquí hubo una conciencia colectiva de nuestra autopercepción como sociedad. Con nuestros propios valores: Austeridad, jerarquía, trabajo, orden, ahorro.
Estos tiempos ameritan la construcción de un liderazgo organizado que contagie emocionalmente el alma de los tachirenses hacia el desarrollo. Una élite no como una clase privilegiada sino como una minoría organizada con capacidad de dirección social.
¿Qué tipo de élite?
En el caso de la élite, “construir” implica conciencia de su necesidad y acciones concretas en tal sentido. En toda su historia, ninguna élite tachirense ha nacido como tal: Se ha construido con esfuerzo propio. A diferencia de Caracas o Valencia, no hubo títulos nobiliarios consolidados o grandes encomiendas que permitieran identificar una élite local per se.
Las élites tachirenses representan minorías que se organizaron antes que las demás como lo explica Gaetano Mosca (La clase política, 1896). Ellas marcaron su presencia en el siglo XVIII con redes de comercio interregional (San Cristóbal/La Grita/Mérida/Cúcuta), en 1856 con el nacimiento de la provincia como expresión política, de 1870 a 1910 con la economía cafetalera y en 1899 con la conquista del poder político nacional.
Otra de las características esenciales de la clase dirigente tachirense exitosa fue el hecho de que se construyó de abajo hacia arriba. Elites que surgieron desde el mismo seno de la sociedad y no fueron el producto o resultado de una imposición.
El tipo de élite que requiere el Táchira en nuestros tiempos es la del proyecto común: organizada, conscientemente construida, orientada hacia un proyecto de desarrollo regional, capaz de renovarse y de implementar mecanismos internos de rendición de cuentas.
No puede ser la del modelo extractivista (que se aprovecha para su propio beneficio de los recursos regionales a través de la estructura del Estado o redes informales) o la del modelo político clásico que solo busca el control del poder como fin mismo ya que se transformaría, inevitablemente, en una oligarquía como lo afirma Robert Michels. Dos modelos que, por cierto, hemos tenido regionalmente.
En los párrafos anteriores se evidencia la necesidad de construir una élite tachirense con proyecto común; pero, ¿hay las condiciones para su desarrollo? La construcción de elites en el Táchira históricamente se pudo por las circunstancias señaladas. Hoy coexisten cuatro grandes obstáculos que hay que vencer:
El primero de ellos, la emigración del talento (profesionales, técnicos, emprendedores y soñadores), muchos de ellos jóvenes, materia prima del conocimiento necesario para la formación de la élite local. El Táchira, por diversas razones conocidas, exportó y se encuentra exportando la materia prima humana poniendo un freno a su propio desarrollo.
El segundo obstáculo: La inexistencia de una base económica que permita la acumulación de capital necesario para sostener los proyectos derivados de intervención de la élite. Una base económica que sea el motor de impulso. La élite de 1899 contó con el boom cafetalero, las más recientes con un circuito de desarrollo fronterizo que ha derivado a una economía informal y de contrabando incapaz de generar el capital necesario.
El tercer problema es la fragmentación institucional. El Táchira carece hoy de capacidad articuladora. Esa misma fuerza social que proclamaba, sin tapujos, su lema: “El Táchira hace lo que el Táchira quiere” (Monseñor Carlos Sánchez Espejo) y que hizo posible, como proyecto común en distintos momentos, el Ferrocarril del Táchira, la Sociedad Salón de Lectura, los bancos regionales (Táchira, Banfoandes, Occidente, Sofitasa), la UNET, la CVS, entre otros hitos. No tenemos el núcleo organizador institucional de una clase dirigente cohesionada, como afirma Mosca.
Y el cuarto problema no deja de ser preocupante: La existencia de un poder fáctico violento representado por actores (grupos armados) que tienen control territorial en zonas diversas de la entidad.
Superando obstáculos
Los obstáculos señalados son importantes, pero pueden ser superados mediante la organización coherente de la sociedad en un proyecto, un sueño de región que articule. Se trata de mostrar un destino claro a los habitantes.
El Táchira tiene una inteligencia social respetable, con enormes capacidades y, sobre todo, emocionalmente vinculada a su región representada por aquellos que se encuentran en la diáspora y aquellos aún residentes en la entidad. Es un capital humano, económico, con conocimiento técnico y de redes internacionales muy valioso.
Entonces, es claro que la élite potencial del Táchira se encuentra parcialmente en el exterior siendo este un aspecto que no puede ser descartado en el proceso de identificación del proyecto común. Es lo que se podría llamar una élite de proyecto transnacional lo que reforzaría los lazos de la diáspora con la región. El desarrollo tecnológico y de la IA otorga factibilidad real a esta integración.
Esto se complementa con universidades de prestigio (fuerza académica), gremios debilitados pero no extintos, una iglesia con presencia territorial permanente y una fuerza empresarial que se sostuvo a pesar de los embates con sobrada resiliencia siendo todos parte de esa energía de arranque que debe articularse bajo el marco de un proyecto común. La historia ha demostrado que el Táchira no tuvo que esperar un proyecto externo para construirse (o reconstruirse) en diversos momentos siendo este un argumento emocional poderoso.
La élite del proyecto común debe fraguarse. Debe integrar a la diáspora, necesita articular a la institucionalidad, se debe edificar con un proyecto común coherente con nuestros valores y necesita de una base económica que sustente el proceso, con capacidad de renovación y rendición de cuentas.
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