Opinión
Una tierra en constante movimiento
lunes 29 junio, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
Los dos terremotos que sacudieron Venezuela el 24 de junio dejaron una escena conocida: Edificios evacuados, ciudadanos alarmados y, casi de inmediato, una avalancha de explicaciones que iban desde el castigo divino hasta las profecías cumplidas. Pareciera que cuando la tierra tiembla, también se sacude la razón.
Sin embargo, el suelo no distingue entre creyentes y ateos, entre gobiernos y oposiciones, entre justos y pecadores. La corteza terrestre no responde a calendarios patrióticos ni a designios sobrenaturales. Los terremotos son el resultado de procesos geológicos que comenzaron mucho antes de que existiera Venezuela y continuarán cuando ninguno de nosotros esté aquí para presenciarlos.
La necesidad de atribuir un sentido trascendente a estos fenómenos dice mucho sobre la condición humana, pero muy poco acerca del fenómeno mismo. Allí donde el conocimiento aún resulta insuficiente, suele abrirse paso la imaginación. Es comprensible. Lo preocupante es cuando esas narraciones sustituyen la explicación objetiva de la realidad.
Las sociedades que prosperan no son aquellas que encuentran mejores explicaciones metafísicas para los desastres, sino las que desarrollan mejores respuestas materiales frente a ellos. La diferencia rara vez está en la intensidad del sismo; suele encontrarse en la calidad de las edificaciones, el cumplimiento de las normas de ingeniería, la planificación urbana, la preparación de los organismos de emergencia y la educación de los ciudadanos.
Un terremoto no puede evitarse. Sus consecuencias, muchas veces sí. Esa es la diferencia entre una sociedad que aprende de la realidad y otra que intenta domesticarla mediante rituales, consignas o supersticiones.
Con frecuencia se confunde esperanza con resignación. Rezar puede ofrecer consuelo a quien acaba de perderlo todo. Lo que nunca sustituirá es una estructura antisísmica bien diseñada, una red de monitoreo eficiente o una política pública orientada a reducir riesgos. La naturaleza no modifica sus leyes porque nosotros necesitemos alivio espiritual.
Existe además una lección política. Una comunidad que aspire a mantenerse en el tiempo debe invertir recursos en aquello que garantiza su continuidad material: Investigación científica, formación de ingenieros y geólogos, cartografía de riesgos, infraestructura resistente y sistemas eficaces de protección civil. Ninguna civilización ha sobrevivido durante siglos gracias a la adivinación. Todas lo han hecho porque fueron capaces de comprender mejor el mundo físico en el que habitaban.
Quizá el verdadero desafío que dejaron estos terremotos sea abandonar la comodidad de las explicaciones que tranquilizan para asumir la incomodidad de las explicaciones que permiten actuar. La realidad no necesita nuestro consentimiento para existir. Tampoco nuestras creencias para manifestarse.
Conviene recordarlo cada vez que el suelo vuelva a moverse. Porque la Tierra seguirá haciendo exactamente lo que ha hecho durante millones de años. La verdadera incógnita no es geológica, sino humana: Si seguiremos respondiendo con supersticiones o, por fin, con racionalidad.
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