Opinión
Venezuela: las voces airadas del temblor
martes 30 junio, 2026
Tulio Hernández
La imagen de tres bomberos cavando desesperadamente entre los escombros de un edificio desplomado, solo con sus manos, sin instrumentos ni equipos especiales, tratando de rescatar sobrevivientes, quedará en nuestra memoria por muchos años como símbolo triste de la doble tragedia —la natural y la política— que ha significado el terremoto del 24 de junio.
Es por demás maniqueo —además de inútil— pedirle a la ciudadanía, especialmente a quienes se dedican a informar y analizar los fenómenos sociales, que no vinculen los terremotos que recién acaban de ocurrir en Venezuela con sus implicaciones, causas y consecuencias políticas.
Sería algo así como exigirle recato a la señora que, en medio de las ruinas de un edifico desplomado en La Guaira, donde se hallan atrapados sus familiares, demanda ayuda —tan desesperada como iracunda— y reclama a las autoridades públicas que hagan presencia y cumplan sus responsabilidades. ¿Qué le diría un predicador de la neutralidad política?, ¿Que se limite a pedir apoyo sin denunciar a funcionarios en particular? ¿Que no mezcle tragedia con política?
Las catástrofes naturales suelen ser inevitables y trágicas, generadoras de un gran sufrimiento colectivo. Pero la humanidad, especialmente en aquellas sociedades con instituciones y gobiernos responsables por la vida colectiva, ha hecho lo posible para intentar predecirlas, aminorar sus daños, entrenar a la población para responder de la manera más adecuada posible, disponer previsivamente de equipos humanos y tecnologías adecuadas para enfrentar las consecuencias, salvar vidas humanas y, fundamentalmente, disponer de instalaciones, servicios y personal para atender heridos, víctimas y familias que quedan en condiciones de desamparo.
Las ciencias sociales y las ingenierías especializadas han demostrado que en los territorios poblados e intervenidos por la especie humana ninguna catástrofe natural lo es a secas. Siempre tiene un componente humano que incide en su magnitud y consecuencias. Por eso algunos especialistas hablan de desastres socionaturales. Ejemplo: una lluvia descomunal no produce daños similares en una ciudad que cuenta con un sistema de alcantarillados y drenajes sofisticados, a una que no los tiene o no les da mantenimiento. En la segunda, las inundaciones serán feroces. La planificación urbana, que es un hecho político, también juega lo suyo.
Entonces, no queda otra opción que concluir que a los efectos “naturales” de los terremotos que acaban de azotar varias ciudades venezolanas hay que sumarle el efecto destructivo de la desidia, la irresponsabilidad e impericia demostrada por la cúpula gubernamental venezolana, sus equipos y las Fuerzas Armadas para asumir el liderazgo.
Ha sido una impúdica exhibición de ineptitud, indolencia, omisión, ausencia de preparación, desdén por la vida, sectarismo partidista, incapacidad gerencial, obsolescencia o ausencia plena de instrumentos y equipos de salvamento, incluso, incapacidad de comunicación pública. Un equipo político caracterizado desde 1999 por su logorrea, su conducta hablachenta; el uso abusivo de los medios de información y las redes sociales; que cuando, en verdad, se necesita su palabra, hace silencio, se queda mudo ante la tragedia sin asumir lo indispensable en estos momentos para aliviar la incertidumbre: información oficial, balances veraces de lo ocurrido, lineamientos de acción para los ciudadanos y equipos de rescate.
Son varias las ironías. Un régimen que no ha perdido oportunidad para sacar a la calle masivamente guardias nacionales, policías, ejército a reprimir con toda saña la protesta social; para hacer populismo distribuyendo alimentos baratos; o para exhibir el supuesto poderío en los desfiles militares del Paseo Los Próceres, ahora acuartela a esas fuerzas y deja sin protección a víctimas, ciudadano comunes y edificaciones. Las Fuerzas Armadas, la institución que en la era democrática era el pilar central para atender las emergencias nacionales, esta vez no estuvieron, fueron una ausencia notable, un vacío fantasmal, culpables por omisión.
Otra ironía: un régimen que dispone de los más avanzados equipos de represión —ballenas, tanquetas, bombas lacrimógenas de alta gama, sistemas de espionaje e intercepción de señales telefónicas y cuadrillas antimotines altamente entrenadas— queda al desnudo cuando se verifica que no tiene el mismo adelanto tecnológico en lo que a equipos de rescate, apoyo y protección social se refiere.
El balance fatídico: el ‘Yo acuso’ que brota y brotará con más fuerza de las entrañas de una población adolorida, maltratada, despreciada, abandona, ya se empieza a escuchar y sentir con la fuerza de un río subterráneo que sube incontenible a la superficie. Otra era comienza. La rabia y el odio no son buenos consejeros, pero cuando emergen son indetenibles y antes que reprimirlos es indispensable reconducirlos para hacerlos constructivos.
Las catástrofes también generan expresiones entusiastas de solidaridad extrema, de apoyo mutuo, de cooperación entre ciudadanos y también entre naciones. Y eso, a manos llenas es lo que ha vivido por estos días Venezuela, la activa solidaridad incondicional de sus ciudadanos y el apoyo inmediato de gobiernos internacionales, hechos que de alguna manera nos ayudan a aliviar el desastre, compensar el dolor y a tener confianza en el futuro.
Es una condena. Como el llamado doblete sísmico, son dos tragedias en una: a la catástrofe natural, que ya es grande, se agrega la miseria gubernamental. No es un hecho nuevo. En su celebrado libro Nada, nadie, las voces del temblor, Elena Poniatowska, la escritora ganadora del Premio Internacional de Novela Rómulos Gallegos, a propósito del terremoto de 1985, recrea el valor de Ciudad de México y sus ciudadanos, que luego de la tragedia volvieron a levantarse, uniendo voluntades, y volcaron toda su indignación contra el gobierno del PRI, convirtiendo la memoria y su dolor en instrumento de protesta social. Las catástrofes, ya lo dijimos, son también hechos políticos.
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