Opinión
Venezuela no puede sostenerse desde la mentira y la simulación
sábado 23 mayo, 2026
Carlos Casanova Leal
Para irse justificando fueron elaborando mentiras, y sobre estas más mentiras para justificar sus acciones; al final las mentiras como sistema se desplomaron por completo, el imperio de la verdad y los hechos derrumbaron las mentiras, la verdad fluyó para vencerla. Así la revolución gobernante fue cambiando de combustible, ya miente no para que le crean, saben que nadie les cree, mienten para coercitivamente mantenerse.
Con el derrumbe del sistema de mentiras se cae la normalización de las mismas, la verdad de los hechos desnudó las carencias del sistema y le impone a la sociedad la responsabilidad de encontrar la articulación en razón a la amplia mayoría que se es, para reconstruir la verdad institucional sobre los escombros de la simulación que ya no depende del relato ideológico, sino de la pura y dura administración del control social y la fuerza material. La mentira ya no engaña a nadie, pero el andamiaje del simulacro sigue utilizándose como el único lenguaje oficial de la República.
El argumento histórico del sistema siempre fue la defensa de la soberanía nacional contra intereses foráneos. Sin embargo, los escándalos de la gran corrupción internacional como lo es el desfalco en PDVSA, las tramas de criptoactivos y el entramado de testaferros globales, terminó por desvestir la realidad; el aparato estatal mutó en una estructura de intereses corporativos y financieros trasnacionales en detrimento de la totalidad de los venezolanos.
Cuando se hace evidente que figuras clave de la diplomacia y ministerios estratégicos operan con identidades difusas, pasaportes cuestionados y lealtades ajenas al interés de la República, se rompe el principio de la nacionalidad como vínculo ético y jurídico con el Estado. La diplomacia deja de representar a una nación y pasa a representar un circuito de negocios de protección mutua, así la soberanía se convierte en una consigna vacía para consumo interno.
Por otro lado, la simulación quedó al descubierto de forma definitiva, las renuncias de militantes y activistas de los partidos que siendo colaboradores de la revolución querían vestirse con ropajes de oposición para darle al régimen un argumento de pluralidad va dejando tierra arrasada la mentira y el simulacro.
Es hora en consecuencia liquidar toda manifestación política y social que se haya prestado a la simulación política e institucional, la nueva Venezuela democrática se tiene que levantar desde una sólida base moral y ética, sin simulaciones, la corrupción minó y tocó también a la oposición y a muchos de sus dirigentes, circunstancia que no podemos obviar, la vida política debe dejar de ser un medio de vida y enriquecimiento para que vuelva a ser un medio de servicio; la honestidad hoy en Venezuela hay que probarla, no se puede presumir, y no podemos permitir que la simulación política se esconda detrás de siglas y de consensos políticos de reparto que también hay que liquidar para dar paso a la soberanía militante y ciudadana.
El sistema caudillista ejercido por medio de lealtades personales, facciones y acuerdos convertidos en repartimientos hay que acabarlos y los ciudadanos impedirlo, sino regresaremos a los males que nos distorsionaron.
Las organizaciones partidistas hoy son de dirigente único, cada partido tiene el que decide, es precisamente lo que se debe cambiar; seguro estoy que alguien dirá “eso lo hacemos después”, a lo que respondo: Lo que para después se queda, no se hace; nadie soltará la posición de privilegio caudillista luego de caída la revolución.
Reconectar la sociedad pasa por un planteamiento político y programático, que no puede ser el centralismo sino la descentralización, la participación real y no aparente del militante y del ciudadano, el sistema ya no puede sostenerse desde la mentira, por ello recurre al cinismo.
El poder ya no busca que el ciudadano crea en la institución; le basta con que se resigne a su impotencia ante el caudillo. Por eso, el mayor acto de rebeldía intelectual y civil en la Venezuela de hoy no es solo denunciar la falsedad, que ya es evidente, sino negarse a convalidar el simulacro.
Mantener vivo el pensamiento crítico, la memoria histórica y la exigencia de la verdad es el único puente real hacia la reconstrucción de la República.
Dios con nosotros.
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