Opinión
Vigencia de Alberto Adriani, noventa años después
lunes 17 agosto, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
Hay venezolanos que mueren demasiado temprano y otros cuyas ideas tardan demasiado en ser escuchadas. Alberto Adriani pertenece a ambas categorías.
El pasado 10 de agosto se cumplieron noventa años de su muerte. La fecha ofrece algo más útil que la habitual ceremonia de efemérides: Permite volver sobre un pensamiento económico que, leído desde la Venezuela de 2026, conserva una actualidad casi incómoda.
Adriani nació en Zea, estado Mérida, el 14 de junio de 1898. Se formó en Venezuela y Europa, trabajó en la Sociedad de las Naciones y en la Unión Panamericana, y en 1936 ocupó sucesivamente los ministerios de Agricultura y Cría y de Hacienda durante el gobierno de Eleazar López Contreras. Murió inesperadamente en Caracas el 10 de agosto de ese año. Tenía apenas 38 años.
En una vida extraordinariamente corta, alcanzó a formular varias de las preguntas que Venezuela continúa intentando responder.
Adriani comprendió muy temprano el peligro de que la riqueza petrolera terminara debilitando aquello que aparentemente venía a fortalecer. La abundancia de divisas podía estimular las importaciones, desalentar la agricultura y otras actividades productivas y convertir al país en dependiente de una renta que no era producto del trabajo de la sociedad sino de una circunstancia geológica.
El petróleo, en su visión, debía servir para transformar Venezuela y no para sustituirla.
De allí su insistencia en fortalecer la agricultura, desarrollar infraestructura, modernizar la administración pública, estimular la iniciativa privada, formar capital humano y utilizar racionalmente los ingresos extraordinarios del Estado. Su concepción combinaba planificación estatal con actividad empresarial privada y diversificación productiva.
No proponía eliminar al Estado ni convertirlo en propietario de todo. Aspiraba a algo bastante más difícil: Un Estado competente.
La historia venezolana tomó otro camino.
Durante décadas la renta petrolera permitió construir un sistema en el cual el Estado distribuía riqueza antes que promover su creación. Cada aumento de los precios del petróleo producía la ilusión de prosperidad; cada caída recordaba que buena parte de esa prosperidad dependía de una variable decidida fuera del país.
El chavismo recibió ese modelo y lo llevó a extremos que Adriani difícilmente habría imaginado. A la dependencia petrolera agregó controles, expropiaciones, destrucción de capacidades privadas y una progresiva sustitución de la economía productiva por mecanismos de distribución política de la renta.
Por eso la discusión sobre Adriani no pertenece únicamente a la historia económica.
En la Venezuela de 2026 reaparece una pregunta conocida: ¿Qué hacer con una economía que intenta recuperarse mientras sigue dependiendo de manera decisiva del petróleo y conserva enormes debilidades productivas e institucionales?
La tentación vuelve a ser confundir mayores ingresos con desarrollo.
Adriani probablemente habría advertido que producir más petróleo no resuelve por sí mismo el problema venezolano. Sin instituciones, inversión, agricultura competitiva, infraestructura, educación técnica, seguridad jurídica y capacidad privada para producir y exportar, cualquier recuperación corre el riesgo de convertirse en otra temporada de abundancia transitoria.
Noventa años después de su muerte, lo notable no es que Alberto Adriani haya tenido razón en todo. Ningún pensador serio resiste semejante canonización.
Lo inquietante es que muchas de las preguntas que formuló continúan abiertas.
Venezuela ha tenido petróleo durante todo este tiempo.
Lo que todavía no está claro es si algún día aprenderá qué hacer con él.
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