Yo sé quién soy

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Juan Bautista dialoga en este evangelio con una comisión que le envió el Sanedrín, que era la autoridad mayor o Consejo Supremo de Jerusalén. Una comisión de alto nivel. La formaban representantes de los pilares de la religión judía: el Templo (sacerdotes y levitas), la Escritura Santa (escribas y fariseos). La delegación hizo dos preguntas al Bautista. Primera: ¿Tú quien eres? La preguntan por su identidad. Segunda: ¿por qué bautizas? Le preguntan por su actividad como profeta. La respuesta de Juan fue nítida: “yo sé quién soy; no soy el Mesías, ni soy el profeta Elías. Soy la voz que grita en el desierto: allanen el camino del Señor”. Un modo de decir que no suplanta a nadie. Les indica que en alguna parte está le persona a quien buscan, persona que es mucho más importante que él. “En medio de ustedes hay uno al que no conocen, yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias” (Jn 1, 19-28).

En la Biblia hay varios personajes que nacieron al margen de las leyes biológicas. Uno de ellos es Jesús: hijo de madre sola, sin padre. Otro fue Juan Bautista: sus padres habían envejecido sin tener hijos; inesperadamente les llegó el hijo anhelado. Todos estos hijos son don de Dios y dedicaron su vida al servicio del pueblo.

El Vaticano viene elevando a los alteres a personas martirizadas durante la guerra civil española (1936-1939). Los enemigos de la Iglesia creían apagar su voz y enterrar su testimonio quitándoles la vida. Se equivocaron, como se equivocó Herodes decapitando al Bautista porque denunciaba su adulterio. Matando al mensajero no se mata al mensaje. La voz del Bautista sigue gritando en el desierto. Los israelitas y palestinos que mueren ahora en la patria de Jesús, siguen exigiendo a gritos justicia y paz.

Ojalá todos podamos repetir la afirmación del Bautista: “Yo sé quién soy”. Unamuno comentó con asombro las mismas palabras pronunciadas un día por Don Quijote de la Mancha. Fue Sócrates el primer filósofo que nos enfrentó a nuestra propia realidad: “Conócete a ti mismo”. Que la Navidad nos ayude a vivir con autenticidad los valores humanos y cristianos.

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Benjamín García Fernández