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Inicio/Política/“En el oscuro lugar de mi cautiverio encontré la luz”

Política
“En el oscuro lugar de mi cautiverio encontré la luz”

lunes 23 marzo, 2026

“En el oscuro lugar de mi cautiverio encontré la luz”

Freddy Omar Durán

Después de un presidio de cuatro años y siete meses en El Helicoide, Javier Tarazona se ha negado a ser trasladado a otra cárcel, tal vez la peor: El silencio, en la que no ha querido ser recluido de por vida, y más que a modo de desahogo o ser tomado en cuenta, para contar la versión de hechos tan dolorosos en la historia de Venezuela.

Ese silencio ante la opinión pública se rompió apenas salió de la iglesia de la Candelaria, en Caracas, luego de una misa de acción de gracias, apenas horas después de ser impartida su liberación, y en la que se escuchó el clamor de feligreses brindando apoyo moral y al tiempo reclamando para el país tiempos de cambio, en aquel primero de febrero, lejano para una realidad nacional en el que cada día tiene el peso de años.

Ha hablado porque ha sido parte de su personalidad combativa, y de la función encomendada al crear Fundaredes, como lo ha sido la denuncia de la complicada situación de los Derechos Humanos en Venezuela; pero también para rendir un testimonio muy personal, que suma al de cientos de venezolanos y extranjeros, que amparados por una Ley de Amnistía, pudieron librarse de la prisión mas no recobrar la libertad plena –como en el caso de Tarazona- y que denuncia que en su detención, enjuiciamiento y presidio se puso al margen del Estado de Derecho, de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Testimonios irrecusables a la hora de convocar un gran movimiento social y político de reconciliación nacional.

Para Tarazona, seguir en el proyecto que ha dado sentido a su vida, ahora tiene un nuevo sentido, en la sanación de sus heridas…

Se acordó el sitio de la entrevista en el Parque Metropolitano de San Cristóbal, lugar que goza de una holgura y esplendor infinitos, que disfruta aún más quien desde su reclusión no podía saber cuándo era de día y cuándo de noche.

Llegó solo, y no hubo otra vigilancia que la de entrevistador y entrevistado, se podían dirigir mutuamente. La única condición era el libre flujo de una charla sin cortapisas.

Su relato mantenía un tono sereno, sin los altibajos emocionales de la tristeza o los arrebatos de la ira, aunque por momentos se imponía el énfasis en sus palabras para certificar que “esto ocurrió así. Esta es la verdad de los hechos”.

A lo largo de su narración se reafirmó en una renovación espiritual, y su propósito, desde el primer día que pisó suelo natal, de continuar en la labor de escuchar los multifacéticos problemas del tachirense, pero por supuesto las circunstancias de su detención y presidio, tenía que salir a flote.

Dispuesto al perdón, pero no al olvido, debido la cantidad de daños colaterales que afectaron a su entorno profesional y familiar. Los cambios en lo físico los asume también de la mejor manera, incluso lo ha puesto en el sendero de un nuevo régimen de alimentación y cuidado de su salud. Se desentiende del qué dirán, y trata de serle indiferente si alguien considera su aplomo máxima resiliencia, o la constancia, en el decir de otros, de que al fin y al cabo, “le pudo haber ido peor…” La verdad última pertenece a un fuero íntimo, y a registros médicos de enfermedades que en la mínima atención facultativa significaron poner a prueba la fortaleza de su cuerpo y espíritu.

 Esas vivencias durante la privación de su libertad, quedaron en letras minúsculas del diario que en una agenda pudo llevar, y que corrió la fortuna de no caer en decomiso, así como no cayeron los dibujos de sus hijos que pudieron hacerle llegar, y que hoy guarda como tesoro inapreciable. Ese contenido formará parte de uno de los tres libros en proceso de relectura, escritos entre rejas, siendo los otros dos dedicados a cuestiones más académicas.

Presos desconocidos

— Usted ha sido reconocido por ser un luchador por los derechos humanos en Venezuela, y en eso de alguna manera le llevó a la cárcel. Esa visión de los derechos humanos, ¿cómo cambió después de la experiencia vivida?

— Yo, la verdad, es que cuatro años y siete meses de cárcel me hicieron mucho más sensible de lo que era antes de llegar a ese lugar. Comienzo a compenetrarme con este tema de los derechos humanos muy niño. Mi mamá me lleva a la Infancia Misionera, donde conozco de la Doctrina Social de la Iglesia, de la dignidad humana en la justicia social del bien común, de la perceptibilidad de la sociedad. Y han sido valores que me han movido en el transcurso de mi vida. Pero exactamente justo en el cautiverio, pude conocer historia de muchos invisibles, de historias de gente que no se conoce, porque su familia tuvo miedo de denunciar. Con el secuestro que se me hizo durante cuatro años y siete meses se me quiso silenciar; pero muy por el contrario, hoy estoy mucho más sensible, más comprometido, a que podamos superar la indiferencia, a que tengamos que encontrarnos. No es que vamos a ver si nos encontramos: ¡Tenemos que encontrarnos!

Para Tarazona, el encuentro pasa por reconocer lo que se ha negado, y lamenta que solo circunstancias inéditas en la historia de Venezuela pusieran en altavoz lo que circulaba como un medroso rumor.

“Aquí se negó que había presos políticos, y han salido cientos de presos políticos. Aquí se ha negado que ha habido obstaculización de la producción del país y se han modificado en los últimos días leyes para que haya una apertura petrolera. Hoy se reconoce lo que por años se negaba, pero falta mucho. Hay que construir espacios para conversar y hay que superar ese planteamiento de ‘o esto o es nada’. Porque si es todo o nada, nos quedamos con la nada. Como cuando se revisa el cuerpo y hay una parte que no nos gusta, pero no nos la podemos quitar sin causar algún daño”.

La antorcha de la libertad

— Otras personas que pasaron por su misma situación, habrían preferido mantenerse recluidas, y no hablar más del asunto.

— Si la intención fue secuestrarme para callarme, si la intención era la opacidad, tapar la verdad, en la prisión los argumentos aumentaron. La verdad siempre fue evidente, nunca se pudo tapar y eso me hace tener la paz interior para seguir trabajando por y para los venezolanos. Yo estuve cuatro años y siete meses en cautiverio. Ciertamente, mil seiscientos setenta y cinco días preso. Pero aquí hay medios de comunicación presos que no pueden ejercer la libre expresión; acá hay empresarios que viven en una cárcel también. Somos una sociedad de cárceles. De limitaciones de un aparato legislativo que no busca que la sociedad se desarrolle, sino que en la sociedad sea castigada la voz disidente.

No dejarse atrapar de la “desesperanza aprendida” fue la decisión que encendió la luz donde había oscuridad.

“Entonces yo, en ese lugar oscuro de cautiverio, encontré la luz. Yo logré convertir ese lugar oscuro de confinamiento, de aislamiento de la sociedad, en un espacio de luz; lo convertí en un aula para desaprender yo cosas. Entonces salgo con la antorcha de la esperanza. Yo salgo a hablar con firmeza porque considero que este país necesita tener esperanza, porque la esperanza no defrauda. Porque vivir con alegría, cualquiera sea la circunstancia, fue lo que me permitió a mí superar esas tinieblas. Siempre tener la certeza de que no iba a ser eterno en la cárcel; en que se iba a terminar y se terminó, aunque sé que para muchos no ha terminado. Hay ocho millones de venezolanos fuera viviendo también en una cárcel, porque tienen que hacer cualquier labor que no es precisamente para la que se formaron, la que les gusta. Es un poco quitarnos el chip de la pobreza mental, el chip de la ignorancia, el chip de la indiferencia, el chip de la insolidaridad, de cada uno desde su cárcel, cada uno desde su preocupación porque acá se impuso la política del miedo. Nunca me di por vencido a vivir con alegría, a poner mi mirada en la libertad”.

Mientras asegura haber logrado la “autolibertad”, siente que quienes propiciaron su aprehensión sí permanecieron como prisioneros de su ego:

 “Porque son prisioneros del desconocimiento de un país que estaba hablando y demandado que se hagan otras cosas. El 28 de julio el país habló, y mire todo lo que ha venido ocurriendo, producto de esa negación, del ego de no querer escuchar”.

Siete celdas

“Estuve en siete celdas. Las dos primeras celdas fueron tigritos, lugares de castigo, lugares donde llegas a adaptarte al proceso de cautiverio. Fueron momentos muy duros, especialmente los primeros 120 días. Fueron terribles, porque además se le sumaba al lugar en el que estaba con mi hermano Rafael Tarazona y con el doctor Omar de Dios García, un abogado activista del estado Falcón”.

— ¿Cómo se da su detención?

— A nosotros no nos detienen, esto es importante destacar, ni robando algo, ni dañando nada. Nosotros fuimos al Ministerio Público a decir que había unos hombres armados detrás de nosotros. Fui a buscar protección, y de ese lugar me sacaron a patadas y a golpes, esposado. Unos 30, 40 hombres nos golpearon y nos llevaron a una sede del FAES. Allá encapuchados, asfixiándonos para que nosotros denunciáramos quienes más estaban con nosotros. Esas fueron las primeras horas. Luego me llevan al Helicoide, previa reseña.

El primer gesto de “bienvenida” resulta de unos reclusos de quienes se enteraría eran paramilitares, ofreciéndole algo de café y aguapanela, enviados a través de funcionarios. Luego viene el aislamiento casi total donde no puedes ver a otros reclusos, luego las condiciones van cambiando, hasta ocupar una celda compartida y apenas conocer algo del exterior en las salidas a tribunales o desde las transmisiones de la televisión instalada en el penal.

Luego de tres meses le autorizaron el lápiz y el papel, y las lecturas que se le permitían de la biblioteca familiar, aunque afirmó que ese permiso se suspendió. Luego vino el único contacto con sus hijos, que fueron sus dibujos y palabras, donde le decían que lo extrañaban, y que lamentaban que no estuviera para presenciar sus logros académicos.

“En algunos momentos yo recibía este tipo de mensajitos. Por ejemplo, este fue en el 2025 –muestra una hoja arrancada de un cuaderno llena de corazones pintados y la incipiente letra infantil- de mi hija Victoria, la más pequeñita. En esta obra de mi hijo más pequeño decía: ‘Querido papá. Quiero que sepas que lo quiero mucho y que sepa que lo extraño, quisiera que me acompañaras o un partido mío o también un entrenamiento. Gracias a Dios, ayer pude estar en su primer partido. Me perdí los 15 años de una de mis hijas, de su proceso de escolarización, y con los pequeños me perdí nada más y nada menos que sus primeros años de escolarización. Este tipo de mensajitos me animaban”.

La rutina de la incertidumbre un tiempo la pudo romper, ejerciendo otra de sus pasiones, la enseñanza, capacitando jóvenes, muchos de ellos atrapados en el vicio y la violencia, en apoyo de un staff de lujo, conformado por catedráticos como Roland Carreño y la sociólogo Karen Hernández, aún en cautiverio. Pero esa labor duró seis meses, hasta que se ordenó la suspensión de las clases.

“Entonces nosotros montamos un programita de capacitación que juntaba la poesía. Con herramientas de orientación conductual de atención psicológica. Yo tengo un posgrado en el área de psicología. Soy orientador de la conducta y entonces lo que procuramos era que la gente escribiera sus relatos, sus historias, sus vivencias y que éstas permitieran poder resignificar poder replantearse cosas en la vida, sobre todo trabajar, el duelo, el dolor, el rencor, trabajar la herida y poder superarla”.

En ese transitar por siete celdas hubo lugar para el debate, en las que también volvió a ser alumno de las lecciones de vidas de sus compañeros de prisión, de distintos perfiles profesionales como la enseñanza universitaria, la ingeniería o la medicina, entre otros.

“Deconstruimos y reconstruimos el país, muchas veces. Repensamos el país preguntándonos: ¿Cómo debería ser? ¿En qué nos hemos equivocado como venezolanos?”.

¿Hay temores en tu familia?

“Bueno, fíjate que esa hace un momento yo hablaba con mi mamá, y le explicaba que iba a una entrevista en La Nación Radio. Yo la notaba muy muy preocupada. Y yo lo entiendo, porque mi familia estuvo presa también. Y ellos al verme que en este momento que estoy recorriendo el Táchira, que estoy hablando, llevando un mensaje, ellos temen que vuelva a ocurrir lo que experimenté o incluso puede ocurrir una tragedia superior o peor. Porque yo tengo que decirte que entre 2009 y 2013, fui objeto de acciones contra mi integridad. El propio Estado me otorgó medidas de protección de asignarme custodios en el 2009 y en el 2013 porque hubo atentados contra mi integridad porque los temas que yo desarrollaba en el momento eran temas muy sensibles que provocaban respuestas por parte de la de los actores que uno denunciaba. Hay temores porque estoy moviéndome mucho a Caracas porque tengo que presentarme en el Tribunal (su causa aún no ha sido sobreseída).

Desde enero se le había hecho saber que pronto sería excarcelado, y esos días para él serían de un sufrimiento solo comparable a los iniciales días de su confinamiento. Para Tarazona, la incertidumbre en prisión mina la salud tanto como una enfermedad indebidamente tratada, y a esa presión psicológica ve gran responsabilidad en las muertes de Baduel o el exgobernador de Nueva Esparta, Alfredo Díaz.

“El 8 de enero algunos compañeros del cautiverio me decían ‘te vas en libertad’. Y luego el 10 de enero, cuando tuve mi visita familiar. Bueno, yo tuve unos episodios incluso de pérdida de conocimiento por el trastorno de sueño por la ansiedad por los nervios, por todas las enfermedades de piel que a mí me han aquejado, psoriasis y siderosis, pues digamos que impactaron el mí durante esas horas, así como las afecciones del colon. Cuando tocan la reja, mueven el candado de mi celda y llaman ‘Javier Tarazona’, yo me levanto en ese momento y me dice el jefe de los servicios: ‘Vístete que te vas’. Yo entré como en una especie de sorpresa, yo lo pudiera llamar como un estado de pánico. Yo emocionado. Yo sentía como un llanto interno. Yo lo único que le preguntaba era ¿Es la verdad, o es otra vez una mentira? Bueno, yo entré al baño al sanitario para echarme agua en la cara, para despertarme, me peiné, me puse mi uniforme, mi franela azul y salí con lo poco que pude recoger. Me llevan a la dirección, me hacen firmar un documento donde me entregan la notificación de la medida cautelar donde me dice que yo no debería declarar. Era como parte de la de la coacción. Tenía que hacer un vídeo indicando que yo había sido atendido de la mejor manera, que a mí nunca me habían tocado. En fin, yo hice el vídeo con la verdad; no me presté para decir cosas que no eran”.

La entrevista completa se puede escuchar en https://www.youtube.com/live/sx3xcEKNS74?si=jRmIc_Y7ASJvnLmX

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