Regional
Derecho a la vivienda | La resignación de perder sus casas no es opción entre Cárdenas y Guásimos
domingo 17 mayo, 2026
El problema global que ha venido robando la paz y la tranquilidad a las comunidades de La Esmeraldina y Francisco de Miranda, en zona limítrofe entre los municipios Gúasimos y Cárdenas, se torna más dramático en su incidencia sobre viviendas cuyos habitantes se niegan a desalojar.
Las aguas servidas que corren subterráneamente el lugar ha movido terrenos, con el subsecuente resquebrajamiento de edificaciones levantadas hace años confiando en una estabilidad a toda prueba, hasta hace alrededor de 8 años, cuando de manera casi abrupta todo cambio.

La recanalización del encloacado desde la Panamericana, desviando un enorme caudal que viene cayendo directamente a esos urbanismos, ha sido atribuida como origen de la emergencia, por lo que se aferran a una posibilidad de solución, dependiente de la buena voluntad de instancias nacionales, regionales y municipales, y no aceptando la somera fórmula “causas naturales” o “errores de urbanismo”.
Basta con abrir la boca de visita para escuchar un estruendo hídrico de corrientes, terminan en gran parte absorbidas por el terreno, pues tuberías viejas de 8 pulgadas no aguantan un caudal que en tiempos de lluvia puede llegar a las 20 pulgadas.
Todas las gestiones se han hecho desde peticiones individuales formales dirigidas a alcaldías y gobernación hasta proyectos elaborados en los consejos comunales. Las visitas no han faltado de organismos oficiales como Protección Civil o Hidroven (antes Hidrosuroeste), y otros más, levantando informes sin efectividad alguna hasta los momentos.

La inestabilidad de los terrenos no es un asunto que puedan afrontar solos, y tal vez incluso escape del alcance presupuestario de las instancias gubernamentales regionales y municipales, mas eso no excusa el permitir a la tragedia seguir su curso, y no invocar soluciones desde las instancias más altas del Estado venezolano.
Tanto los alcaldes de Guásimos y Cárdenas tienen noticia de la problemática, y los representantes de los consejos comunales admiten que se ha efectuado donaciones de tuberías y cemento para cosas puntuales, sin embargo consideran que debe ser vista de manera global, integral e ir directo al meollo de la tragedia.
Aferrados a lo que permanece
Transitar por allí trae recuerdos de guerras, terremotos y tsunamis, que nunca ocurrieron, y el mismo quiebre vertical de las vías demarca la “zona del desastre”, advirtiendo que en algunos puntos la circulación vehicular se hace bajo riesgo, y en otros ya es imposible.
No obstante vías colapsadas, postes de energía peligrosamente inclinados, no contar con servicio del aseo o el transporte público, e incluso pequeñas piscina producto de averías internas, son sobrellevadas con más resignación que la expectativa de perder definitivamente su vivienda. Algunos se rindieron y se mudaron, incluso desde propiedades recientemente estrenadas.
Esa persistencia los ha obligado a financiar desde su propio bolsillo tanto los daños al interior de las edificaciones, como la ubicación y recanalización de los pozos bajo ellas, como asumir costos de infraestructura urbana, como reinstalar externamente las cañerías.
José Orozco no solo ha tenido la esperanza de una propiedad que además de servirle de vivienda hasta lo que le resta de vida, le facilitara un ingreso gracias al alquiler de locales en ella construidos.

Hoy solo gasta y gasta en un empotramiento para desviar la laguna bajo sus pies, y prevenir que todo lo que construyó se venga a pique. Tuvo que abrir hasta cuatro metros en lo profundo y encontrar la raíz del mal, que descubrió por ensayo y error.
Invirtió en una tubería hace tres años para recanalizar las aguas servidas, y eso resultó inútil, en tanto perdió la caída por el desbarajuste acelerado del nivel del terreno, y la solución ha implicado más calado. Ha tenido prácticamente que “desfondar” el suelo, en una trayectoria de más de diez metros, para salvar lo poco en pie.
“Ya estoy a la mano de Dios, tratando de ver si puedo salvar esto; pero ya me quedó grande, porque ¿dónde está la plata? Esto era bello con oficinas y todo. He estado drenando lo que he podido, y he tenido que construir un tanque para recibir la que siga bajando y desviarla, y al menos no me siga más afectando a mí. Mi casa se inclinó atrás y perdió nivel la corriente que iba por una tubería que construí hace tres años”.

Cada vivienda una historia
Detrás de cada vivienda en La Esmeraldina se escribió una historia de sacrificios para adquirirlas, y en ahora en sus paredes las rendijas emiten gritos de auxilio como sucede en el hogar de Eldy Rojas. El equipo de Diario La Nación presente en el lugar de la emergencia, fue recibido por múltiples clamores, provenientes de personas a las que la vida concedió una gratificación, que muy difícil, y en la actual situación de penuria económica del país, dudan vuelvan a disfrutar.
Como comenta la señora Rojas, desde la pandemia se recrudeció el problema, que en un principio creyeron como algo propio de la edificación, que con un simple cambio de cloacas se arreglaría, comprobando que no era así.
“Ahora tengo que pagar alquiler; me entristece que un trabajo de tantos años y tanta lucha con mi esposo se haya perdido. Yo soy ama de casa por días, y mi esposo lastimosamente se tuvo que ir del país. Me quedé sola con una niña. Gran parte de las casas de mis vecinos también están por perderse”.
Para Jesús Contreras, lo que más le llena de orgullo a los 82 años ha sido levantar una edificación, con un apartamento que le hubiese garantizado un ingreso económico soporte de una vejez digna, mientras encontraba allí el techo seguro, del que nadie lo podría desalojar. Hoy las circunstancias lo reinstalaron en un sitio cercano por el cual no solo tiene que pagar arriendo, sino que también cayó en situación de riesgo.
“Esto lo construí hace 50 años y hace 5 años he venido padeciendo este problema que me obligó el desalojo. Somos muchas las personas de la tercera edad que estamos pasando por esto. Lamentablemente mi casa se fue yendo poco a poco, las paredes están reventadas, y todo se ha volteado. No he podido sacar nada, porque no tengo quien me ayude, ni para pagar una mudanza. Yo vivo solo; mi mujer hace tiempo falleció.”
La tragedia no perdona a nadie: allí habitan gente humilde y habita gente con un mayor poder adquisitivo e incluso político, cuya influencia ha resultado inocua para despertar la conciencia entre quienes desde la administración pública podría contribuir con una luz al final del túnel.
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