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Inicio/Regional/Hoy y siempre Ciudad de la Cordialidad

Regional
Hoy y siempre Ciudad de la Cordialidad

lunes 30 marzo, 2026

Hoy y siempre Ciudad de la Cordialidad

Freddy Omar Durán

San Cristóbal, en “una juventud de 465 años”, se ha ido cubriendo de capas de olvido, hasta que una inquietud por un origen, o una memoria movida por un intempestivo sentimiento, vuelve a traer desde lejos risas, pregones y ruidos de antaño, ecos etéreos, que hay quienes, generalmente los más ajenos al poder y los afanes cotidianos, los consideran dignos de atención.

Algunos la recuerdan como la aldea que nunca se fue, y otros como el empecinado proyecto de urbe al que soñadores, de cuando en vez, imprimen arranque, cual maquinaria negada a ser relegada al depósito o el estacionamiento.

Fue una encomienda que asignada al conquistador Juan Maldonado, acompañado de una tropa de alrededor de 30 hombres, por 1561, que comienza una historia, tal vez al momento de dar con el punto preciso donde descansar sus pasos, dar tres golpes de espada en nombre del Rey, y elevar una oración de acción de gracias al Creador; o tal vez al ser recibidos por los pobladores de un asentamiento indígena ya preexistente, permitiéndoseles resguardarse en medio de un ambiente hostil.

Aún sin existir, ya estaba signada a convertirse en la Ciudad de la Cordialidad, pues el pensado del Cabildo de Pamplona era levantar un poblado donde los viajeros tomaran un respiro antes de retomar su camino a la entonces joven ciudad de Mérida. Pero esa magia de atrapar viajeros e instalarlos como habitantes en tierras bendecidas, no concluiría en el fin del dominio español, ya que continuaría años después, cautivando a colombianos, chinos, italianos, alemanes y un sinfín de connacionales y extranjeros.

De esos días fundacionales algo pudieron recabar los historiadores, aunque no lo suficiente como para enterarnos de cuáles hubiesen sido las impresiones de los colonizadores, cuando ya descansados de la larga travesía pudieron contemplar con más tranquilidad y molicie el imponente Valle de Santiago, calculando sus posibles riquezas. Y menos aún la indagación ha podido alcanzar, si es que ha sido importante y a falta de cultura escrita entre aborígenes, el registro del shock de los moradores originarios, al constatar que los que habían llegado no pensaban irse jamás, y por lo tanto ya se habían despojado del amable aspecto del foráneo, y de ahora en adelante tendrían que lidiar con ellos, por no decir, entrar en conflicto.

La memoria se revela

A terremotos, dictaduras, negligencias gubernamentales, el ventarrón de violencias distantes, crisis económicas, momentos críticos de insurrección popular y otros factores ha sobrevivido San Cristóbal; pero con el olvido la ha tenido difícil, el revelar-rebelar de la memoria.

Y esto no se constata en la evaluación cognitiva que se le haga a cualquier sancristobalense acerca del origen de la ciudad misma o sus puntos más emblemáticos, de las personalidades más destacadas de ayer y hoy en lo social, político, o cultural, o siquiera de los puntos de referencia que nos permita ubicarnos en ella: Basta con recorrerla desde su declarado, cuando no simplemente gemido, “casco histórico”.

Un casco histórico con un convencional punto de partida en la plaza Juan Maldonado y la Catedral, alrededor de la cual se levantaron edificaciones que hoy solo se mantienen en pie a fuerza de funciones habitacionales, comerciales o profesionales, condenándose el resto al ostracismo, y una lenta decadencia, sutil hasta que ocurre el hundimiento de escombros como hoy se ve en la Casa Cárdenas, la sede del Museo de Artes Visuales y del Espacio, la Casa Steinvorth o donde alguna vez funcionó una reconocida empresa fotográfica.

Un abandono que también tiene señales desagradables, como la escogencia de esos lugares, sin dolientes humanos, como improvisados vertederos de desechos sólidos; o señales preocupantes, cuando en tales “soledades” se ha amparado el hampa para cometer fechorías, o la indigencia ha encontrado el refugio al rechazo colectivo.

Es destino triste para los cascos históricos ser el cascarón de la semilla, de donde brotó la planta, hasta que se impone un empeño social y político de recuperar esos espacios. Hasta casi muy entrado el siglo XX, San Cristóbal comprendía prácticamente desde la quebrada La Bermeja hasta el río Torbes, configurada por muchas más quebradas, hundidas bajo la urbe. Alrededor colindaban unidades de producción agrícola, que un nuevo orden económico mundial convertiría sus terrenos en parcelas, propiciaron la expansión al este, al norte y al sur, que a su vez obligarían de un modo desordenado de reconexiones a través de avenidas ampliadas, autopistas, viaductos, redes de servicios y comunicacionales, obligando el cambio adentro y fuera de la “ciudad original”, soportada a duras penas sobre el plano ortogonal, que ha subsistido entre aletargadas sietas y convulsos crecimientos.

El famoso plano de San Cristóbal de 1903, elaborado por el munícipe y agrimensor Carlos Trinidad Pirela Roo, apenas por la década del cuarenta rompería su membrana plasmática mirando al este, al tiempo que las grandes fincas de La Concordia se entregarían de manera desordenada a un proceso de urbanización, mientras que el Club Demócrata, diseñado por Fruto Vivas, crearía una polaridad de desarrollo hacia el norte, y la Universidad del Táchira y el Complejo Ferial harían otro tanto, y muchos más allá casi en linderos con el municipio Cárdenas se daría el último gran avance de urbanismos, algo que detuvo su febril ritmo casi comenzando el siglo XXI, para estancarse hasta casi nuestros días.

Ríos donde se podía pescar

Si el artista Ender Rodríguez ha dado a su obra plástica un sentido ecológico, su principal inspiración fue la San Cristóbal que hasta apenas llegados los años ochenta -un poco menos de medio siglo- conoció de niños que hacían del ambiente silvestre su campo de juegos, pescaban de las quebradas de las cuales también tomaban sin temor sus aguas, y se divertían escuchando leyendas de sus abuelos, y no eran tan esclavizados por las tecnologías.

“Por Barrio Sucre y Bajumbal, comenzando los años ochenta, la quebrada La Potrera o La Arenosa estaba limpia y tenía peces de colores. Nosotros parecíamos niños salvajes, nos las pasábamos en las corrientes, montados en los tàrtagos, en las matas de mango. Gran parte de la urbanización no estaba construida y nos metíamos por el bosque y los potreros hasta dar con la avenida 19 de Abril, y nos íbamos a Las Acacias por el monte para conseguir las veras para hacer nuestras cometas. Yo cargo una herida que si en 1980 la quebrada donde nos bañamos estaba limpia, ya en los 90 comenzó a ser una cloaca. Sin embargo, tenemos algunos manantiales por el Sendero, por el liceo Pellín”.

En sus recuerdos por los ochenta abundaban los terrenos baldíos, y todavía la tierra pisada y el aire colonial se mantenía en algunas residencias. Sin embargo, el presente y el futuro no los considera de pérdida total, en tanto las posibilidades de recuperar patrimonio y testimonio se sostienen.

“La casa de mi abuelo en La Guacara era un sembradío y almacenamiento de café. Era una pequeña y con muchos sectores rurales. Nosotros jugábamos con las luciérnagas, y nuestros abuelos contaban historias aún, y la gran mayoría fueron recopiladas por Lolita Robles de Mora. La Bajumbal tiene la de la muchacha que pedía la cola a un taxista, que cuando se llegaba al destino solicitado, ya se había desaparecido”.

Aldea y proyecto de ciudad

Para el arquitecto Walter Durán, creer que somos ciudad solo por poseer grandes vías, mucho tráfico, cierta actividad en construcción  de edificaciones e infraestructura pública, avances comerciales y tecnológicos o en diversidad de aspectos como el entretenimiento o el encuentro social y deportivo, resulta una percepción equivocada cuando su esencia reside en sus ciudadanos, en tanto pueden consagrar ese entorno urbano como un  espacio para el desarrollo de su propia cultura, en el sentido más antropológico e integrador del término.

“Una ciudad se construye fundamentalmente con ciudadanos, que se preocupan por construir ritos urbanos, por usar la ciudad, por alimentarla de culturas, de prácticas estables. Si tú te regresas unas décadas, te das cuenta, por ejemplo, uno de los ritos esporádicos importantes era la Feria de San Sebastián, eso ya no existe en términos populares como existía en el siglo pasado, sino que se institucionalizó por su complejidad y se convirtió en prácticas de comercio al detal y al mayor”.

Hay una villa que se niega a morir, hay ecos de lo arcaico, y ya despojados de prejuicios progresistas no puede ser tan malo, no obstante tampoco los reajustes para hacer frente al crecimiento y los retos civilizatorios pueden omitirse, especialmente desde la visión administrativa pública municipal.

“Nuestras aceras no pasan de 70 centímetros, esas no son aceras de una ciudad. La conducta de la gente frente al volante en sus vehículos no es propia de una urbe compleja, tirándose encima de los peatones como si fueran un perro o una gallina. Pero también existe un componente tradicional en la mentalidad, y eso también se puede considerar positivo, ya que se siguen conservando valores como el respeto, el saludo a todo el mundo sean personas conocidas o no, el compromiso con el trabajo y la eficiencia, y eso se siente incluso cuando el sancristobalense se traslada a otra ciudad u otro país”.

Para San Cristóbal no se pide ni una mirada nostálgica extraviada en el pasado, o peor aún en lo que no fue, ni tampoco una mirada atada a las promesas de planificaciones o anhelos irreales, nunca cumplidas -como el irrealizado Plan Maestro cuya piedra inaugural vino a ser el complejo de edificios conocido como Centro Cívico-: Se necesita un diálogo de ambas, una escucha atenta mutua, que apunte a una efectiva -y no hipotética- realización de bienestar y prosperidad para el sancristobalense.

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