Regional
Mesa de Aura: Hermosos campos florales del Táchira
sábado 20 junio, 2026


La carretera Trasandina se vuelve un laberinto de curvas y neblina cuando dejas atrás los límites de Cordero, municipio Andrés Bello, y te adentras en el municipio José María Vargas.
Allí, donde la montaña parece tocar el cielo, se esconde Mesa de Aura, un rincón del Táchira que no huele a asfalto, sino a tierra mojada y a vida.
Al cruzar el portón de una pequeña finca familiar en el sector La Ahuyamala, nos recibe la señora María Zambrano, dueña del lugar, junto a sus hijos y su esposo.
Mientras su hija la ayuda pacientemente a limpiar y arreglar unas rosas rojas, un poco más allá su hijo y su esposo se encargan de regar los cultivos con un líquido protector, una faena clave que realizan minuciosamente entre una y dos veces por semana.
Detrás de esta unión familiar, el verde imponente de la cordillera se rompe en un estallido de colores gracias a los miles de rosas, crisantemos y plantas ornamentales que crecen en laderas tan empinadas que parecen desafiar la gravedad. El cuidado de las plantas en Mesa de Aura es un arte que se transmite como un secreto de confesión. Manos agrietadas por el frío paramero, pero con la delicadeza y precisión de un cirujano, revisan cada botón, podan los tallos caídos y limpian la maleza. Es un conocimiento empírico que no se aprende en las universidades; se hereda de abuelos a hijos y de hijos a nietos, viendo cómo la tierra responde al cariño y al respeto de quienes la trabajan.
Mientras el viento golpea con fuerza las estructuras plásticas del invernadero, adentro se respira un silencio sagrado, casi místico. El aire está impregnado de un perfume dulce y fresco, una mezcla de polen y humedad que relaja los sentidos. Solo el sutil “clic” de las tijeras de podar y el murmullo de las conversaciones familiares interrumpen la calma. Aquí se habla del clima, de la próxima cosecha, pero también se comparten las risas y los sueños de tres generaciones que se niegan a abandonar sus raíces.
Cada camión que sale cargado de flores de estas montañas lleva consigo mucho más que mercancía; transporta el trasnocho de una familia que madruga a cuidar sus matas de las temidas heladas del páramo, su trabajo, su amor por la naturaleza.
Gran parte de esta producción tiene como destino los concurridos puestos que bordean el Cementerio Municipal de San Cristóbal —ese rincón de la ciudad que siempre está lleno de flores—, además de surtir a diversas floristerías de la capital tachirense y viajar hacia plazas tan lejanas como Caracas o Maracaibo.
Ya sea para celebrar un nacimiento, adornar un altar o despedir a un ser querido, cuando el comprador final tiene esos pétalos en sus manos, pocos imaginan el esfuerzo humano que hay detrás. Detrás de cada color que adorna esos puestos hay agua helada, manos cansadas y una fe inquebrantable en la tierra.
Nos despedimos de Mesa de Aura con el aroma a rosas pegados a la ropa y los zapatos llenos de barro fértil. Al mirar atrás y ver la silueta de la finca desvanecerse entre la neblina que vuelve a bajar, queda una certeza clara: La verdadera belleza de este paraíso no es una simple casualidad de la naturaleza. Es el resultado directo del amor, la resistencia y el trabajo de una familia tachirense que, desde la cumbre de la montaña, se empeña todos los días en hacer florecer al país. (Amanda Montilla / Pasante ULA Táchira)












