San Cristóbal celebra 458 años de su fundación

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San Cristóbal (Foto/ Tulia Buriticá)

Hay un azul del páramo del Tamá que parece un santuario de dioses y en sus distantes melodías del viento se deja escuchar la voz del indio desde estos ancestros permitidos a los siglos. Los Simaracaes, Teucaras, Jiajares, Tororos, Quinimarìes, Táribas. Asentados los ecos en aquella aldea Cania para dejar las huellas eternas de los rituales y entre auyamales divisar un río con el color de las venas originarias. San Cristóbal, Ciudad de la Cordialidad. La misma de los santos patronos, el de la fuerza del convento de Pamplona “La nueva” y San Sebastián en las súplicas para que los nativos en los caminos no atravesaran a los colonos con sus flechas de guerra. Unión de etnias, criollas, indias, españolas, andaluzas, canarias, judías, latinas,  moras.

San Cristóbal de las esmeraldas permitidas a las vocaciones de la poesía, desde la plegaria bendita de una oración cristiana a los gritos sagrados de un judío camino de las montañas. El 31 de marzo de 1561, cuando las caravanas de caballeros izaban los estandartes de la conquista.  Juan Maldonado Ordóñez de Villaquirán había mandado a realizar un fresco santo en el convento de Pamplona con un San Cristóbal atravesando el río y llevando un niño en sus hombros, visión de la fe católica y dominio a nativos y pobladores llamados indios. De allí, Juan Rodríguez Suarez permite los pasos hacia el camino de Mérida y nace también La Grita del Espíritu Santo con el nombre de hidalga. De las manos de Francisco de Cáceres. Las huellas Quirimanies se adentran en los gritos de la otra esperanza y en los rezos de frailes franciscanos y libros viejos de San Jerónimo del latín originario. Entonces entre sacramentos, alabardas, espadas y rezos “Avemaría gracia plena”, se funda la ciudad del páramo, desde la cima de Piedra grande hasta el río con venas del color de la sangre. Vuela en las noches de amor “La Popita” como un ánima sola distinguiendo el aroma de los años y una campana  de cobre y bronces deja anuncios de misas santas, de escuela para los criollos y de legislaciones benditas y castigos.

La espada remonta los alaridos y el viento transforma en chorros las aguas de los indios, mientras gredas blancas, ocres y violetas se hacen dueñas de los alfareros. San Cristóbal, ciudad bendita entre todas las ciudades. La del Cristo señor de Limoncito; en los temples azucenas de sus flores, hermosura de sus mujeres,  verdes campos, amapolas, delirios de poetas cantar de los cantares, bambucos venidos de la sierra y valses armoniosos de España curtida de un amor en la pila bendita de la iglesia. San Cristóbal Comunera 1779, legendaria y mística, desde la quebrada vieja de la llamada La Bermeja, raíz y nacimiento según leyendas del río Magdalena. O los violetas permitidos desde Zorca y desde las esencias de La Potrera. Ecos de los Peribecas y Capuchos. La misma ciudad desde Santa Ana con su basílica de amor. La San Cristóbal de 1813. En la Campaña Admirable. Viendo a Simón Bolívar invocando la libertad. ¡Oh Santo Dios!, la misma de los libertadores cantando los himnos, raíces de América, hermana y dueña de las esmeraldas con pan de los trigos, con sal de las minas. La del alemán de Humboldt, anotador de  testimonios llamado Fedirnad Bellerman. O Luis de Rieux, muchos años atrás había sido desterrado y perseguido por ser amigo de  Antonio Nariño, dejando en sus misterios la purificación de los panes, la gloria de América, raíz santa de Colombia.

Con andinos creyendo en su conciencia y amasando de gloria sus mantas y bayetas para cantar con sus tiples, guitarras, cuatros y mandolinas su fe,  gracias y trigos en sus  Brisas del Torbes. Y dejarse decir “soy de los Andes”. La de la Restauradora de los andinos. La misma que abrió los secretos de Vargas Vila y se llevó en los recuerdos el mercado campesino,  aquella herida de Eustaquio Gómez, la notable de Rangel Lamus, de Luis Felipe Ramón y Rivera, la de Isaías Medina Angarita o la eterna del capitán  sancristobalense;  Francés, Turco, Alemán: Rafael de Nogales Méndez. La de la Casa Steinvorth. Del  Salón de las Lecturas o el viejo Teatro Garbiras. De calles del ayer y de las acuarelas de Manuel Osorio Velasco desde su balcón en el olvido de los años.  En el legado mayor del Cronista y maestro, hombre de ciencias. José Joaquín Villamizar Molina. Y los secretos respetables de Rafael María Rosales. De las cartas hermosas de Aurelio Ferrero Tamayo. Del  verso de Hugo Murzi o los delirios metafóricos y mágicos de Pablo Mora. En la guitarra y la sonata de Chucho Corrales. La histórica en la consagración de Luis Hernández Contreras. Ciudad de los mil peregrinos llevando a María de la Consolación de Tariba,  ciudad de los arrieros y de los estudiantes cantando de armonía la paz. La de su banda de conciertos desde  Marcos Antonio Rivera Useche. La dueña de la poesía del ilustre trujillano Pedro Pablo Paredes. Tierra de gracia.  Ciudad de médicos notables, abogados, militares, educadores, filósofos, de alarifes consagrados, la misma del obispo que quiso ser misionero; la puebla del muralismo de Leonel Durán, la mágica del Teatro de Freddy Pereyra, y la sutil tachirense del paisaje de Agustín Guerrero. De todos, sus centenares de artistas. Eterna  en tus cayos de la amazonia con orquídeas del páramo; cuando una estrella deja sus destellos en el alba, y de aquellos Quijotes buscamos una verdad en los cimientos de la montaña y en las contiendas de la vida. Con caminos nuevos con llantos de recuerdos. Poder entendernos que desde el Grupo “Raíces de Venezuela” deben ser patrimonios culturales o el Museo Arqueológico del Táchira debe llevar el nombre de “Reina Durán”. Desde el surco de la aldea, hasta la trucha andina. O debajo del alero poder escuchar el sonido de la lluvia. Saber la ubicación más importante de sus testimonios patrimoniales y permitirnos una hermandad de siglos, almas y ensueños. Desde los humildes del barrio hasta la pureza notable del recuerdo del maestro fundidor de campanas de La Ermita.

Ahora te invoco villa de los violetas entre azul de su paisaje y el sonido majestuoso de tus conciertos. Pujante, hija de la niebla. Sagrada como las perlas de un viajero italiano, la de la confraternidad de los hermanos de Colombia, venida de los cantares sefarditas o de Génova antigua con mil palomas blancas volando la eternidad.

En tu cuatricentenario cincuenta y siete años, te conjuramos por tus heredades, por tus heridas que solo el dolor de los siglos reclamarán tus acervos, desde el obelisco desaparecido de la plaza Páez,  tu casona Municipal, aquel teatro Garbiras. De  tus calles pintorescas que hoy deberían ser las fuentes para el turismo y legados de la historiedad, la casa de la heroína María del Carmen Ramírez, el lugar donde el poeta colombiano Vargas Vila escribió “Aura de las Violetas”, la casa escuela donde Marcos León Mariño, en 1913, dio  las primeras lecciones de dibujo,  origen de las Bellas Artes regionales. La  casa de la primera imprenta; en  las luces del periódico de Domingo Guzmán Escandón, el 6 de septiembre de 1845, hicieron testimoniar el periódico “Ecos del Torbes”. La hermosa Casona de la voz del Táchira,  la escuela de las Artes y los Oficios,  sus museos, sus periódicos y emisoras,  sus universidades, monumentos y palacios,  sus personajes, sus deportistas, ciudad del ciclismo, sus maestros.  La  de sus leyendas, sus parques, su viaducto convertido en mitos. Su  flora y su esencia de ciudad hermosa vestida de margaritas blancas, de gigantes árboles testigos del tiempo. Aquella de la Plaza Bolívar, legado del bronce Florentino del mismo molde de Bolívar a las orillas  del Sena en París. Su catedral con románicas presencias y desde su gótica iglesia; legando los sonidos de tus callejas  viejas y el vuelo de las golondrinas.  La del  viejo cuartel,  tu plaza de toros abriendo los sustos de gracias a la fiesta de todas las artes.  La del  escudo del  Táchira, como el  San Sebastián de Rafael Pino Farías. Tu  edificio neoclásico nacional; testigo de jueces y de correos. Y sus “Glorias de La Patria”  Desde tu puente Libertador en la modernidad de los siglos viva expresión de Luis Ramosi de las escuelas de Eiffel en Francia. Por  tu ecología,  por tus campesinos sabios y trabajadores. Ciudad de los breviarios venerables,  bibliotecas. Los creadores, y eternamente tus artesanos. El comercio, la industria, la ganadería. Todo tu pueblo. Hoy en  una necesidad de poder defender su valor patrimonial. Ejemplos aún de un pasado y revivencia del mañana.

… “Porque  más que entender  las gestiones de la cultura, deben estar más en los hechos y defensas al legado patrimonial. En esta conciencia del emisario y de sus valores. En lo  inmenso de  la dignidad, y más aun a nuestras herencias como verdaderas expresiones de nuestros antepasados, orígenes sublimes de un mundo consagrado a la identidad”…

San Cristóbal, señora de los Andes, desde tu azul como el manto de un cielo nuevo, comarca de los vientos, hacedora de los sueños, maja bendita de cada esperanza a los nuevos días. En tus años de canas y tejas de barro, de florecientes testamentos a la urbe social y al estadio turístico, abre tus manos para que un día podamos entender tu verdadera historia, tu legado de rosas y aquel poema que lleva acuarelas, bendiciones de los ancianos, la verdad justa de los políticos, el preguntar de los niños y un canto eternamente de inmensa cordialidad. Por esto en la conciencia debemos hacer valer el nuncio de nuestra verdadera  tachiraneidad. Formada  en aquellas raíces y en los testimonios que están al valor de la cultura y más aún a los hechos importantes del compromiso social,  político y humano para su defensa como una ciudad que podrá ser aún la comarca  del patrimonio y la cultura. Hoy desde mis tristezas te lloro, mi capital andina. Roban tus símbolos patrimoniales. El bronce de Ramon Buenahora, la insigne estatua del general Isaías Medina Angarita la han desaparecido entre el mudo silencio de una ciudad sin las murallas de Juan Maldonado…

San Cristóbal, 458 años, bendita en sus montañas de azul turquí con banderas de las inocencias y mantos de los cielos…semilla  de la verdad de todas las esperanzas…

De  allí, muy lejos en su infinito “Muela e Gallo” nos mirará sonriendo para cuando pasen los años y volvamos a ser de nuevo viejos…

San Cristóbal, eternamente la poesía consagrada a los ecos…

NÉSTOR MELANI OROZCO