Regional

Viacrucis de una familia en el Central por muerte de pariente, sospechoso covid

14 de octubre de 2020

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Todo comenzó la mañana del martes 6 de octubre. Luis Arvelo, de 82 años de edad, hermano de Fabio Cortés, sufrió una caída que le afectó.

Luego, alrededor de las 3:00 de la tarde, Luis se desplomó nuevamente, cuando pretendía dirigirse al baño, en esta oportunidad defecó. Fabio decidió bañarlo para llevarlo al médico.

“Como estaba en esa condición lo ayudé a ducharse, pero al salir del baño se desvaneció, se desmayó. Como pude, lo senté en una silla y al no reaccionar, tiré un colchón al suelo y lo acosté. Él seguía sin responder”.

De inmediato, Fabio llamó al 911 y enviaron una unidad en auxilio. Luis duró al menos 25 o 30 minutos desmayado, hasta que llegó la ambulancia que lo trasladó al Hospital Central.

“Mi hermano seguía como ido, no reaccionaba bien, balbuceaba las palabras y no se le entendían”.

Ya en la sala de emergencias del principal centro hospitalario de la región, ahora calificado como hospital centinela, un médico se acercó a consultar sobre las razones que llevaron a movilizarlo en busca de asistencia.

Fabio le contó al galeno lo sucedido, la caída y el desmayo. El profesional de la salud continuó indagando y preguntó si el paciente había tosido. “Le dije que sí, pero que era normal porque fue fumador por muchos años y sufría de enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), y sus pulmones solo funcionaban un 20 %”. Además le informaron al galeno que a ese cuadro clínico debían sumarle una aneurisma aorta.

El médico, una vez enterado de las patologías de Luis, pidió una placa de tórax. “Solo se limitó a esa evaluación, no le revisó la pierna, la cadera, ni el brazo, aunque le dolía al moverlos”, relató Fabio.

Cuando los médicos de la Emergencia del hospital revisaron la placa, lo asociaron inmediatamente al COVID, aunque sabían de las enfermedades que tenía, y advirtiéndoles que desde hace varios años sus radiografías eran defectuosas, porque reflejaban la deficiencia pulmonar que padecía.

Como a las 11:30 p.m., casi 12 de la noche, el médico le preguntó al hermano del paciente si era posible hacerle una tomografía, examen este que no realizan en esas instalaciones de salud pública; por tanto, en la mañana del día siguiente, miércoles 7 de octubre, trasladaron a Luis a la Policlínica Táchira, donde le hicieron la tomografía.

Incertidumbre

A eso de la 1:30 de la tarde retornaron al Central, donde el equipo médico revisa la tomografía y decide internar a Luis en el piso 1, correspondiente a sospechosos covid; inmediatamente piden una serie de medicamentos. Hasta ese momento Fabio pudo ver a su hermano con vida.

A partir de ese instante, la familia de Luis no supo más nada del paciente, todo era a través del personal de enfermería o médico del piso 1, sala de posibles covid.

Una inmensa puerta gris de metal, ubicada en la parte posterior del edificio de Emergencia, era la única esperanza de obtener información. Por allí sale el personal que labora en esa área covid.

En esa fría estructura reposa un papel impreso que informa las supuestas horas de abrir, pero en la práctica no se cumple. “Total, no se sabe nada, y por más que uno toca y toca, nunca abren la puerta. Realmente, solo lo hacen cuando a ellos les parece”, apuntó Fabio.

Ese mismo miércoles, en la tarde, ya ingresado Luis Arvelo al Hospital Central de San Cristóbal, le piden pañales, ropa, y una mascarilla con reservorio, y acotan que todo debe ser marcado con el nombre del paciente.

“Todo se hizo como lo indicaron, pero para entregar las cosas tocó esperar alrededor de tres horas y media, hasta que alguien abrió esa puerta”.

Luego la familia se enteró que, de todos los insumos entregados, únicamente le llegó a Luis la mascarilla, nada más. Tampoco la cena que llevó, a las 6:00 de la tarde, un amigo de Fabio, residenciado en las cercanías del centro hospitalario.

Tratamiento sin diagnóstico

El récipe de las medicinas para Luis lo recibió la hija de Fabio, quien es enfermera de profesión. El médico le indicó dos ampollas diarias de Remdesivir, cuyo costo oscila entre 280 y 420 dólares; también pidió aplicar dos veces al día otro fármaco; el resto del tratamiento eran vitaminas.  La pregunta de la familia de Luis es ¿por qué pidieron 15 ampollas de Remdesivir, si el paciente nunca fue confirmado con covid?.

El día jueves, 8 de octubre, el amigo y compañero de trabajo de Fabio entregó, cuando abrieron la puerta gris, a las 7 a.m., el desayuno marcado, luego se fue a la empresa, buscó relevó y lo dejó en el hospital para estar atento a cualquier requerimiento. También le llevaron el almuerzo y la cena.

Ese día, la familia de Luis hizo contacto con una fundación, llamada Juan de Dios, actualmente dedicada a atender casos de pacientes covid, y fueron ellos quienes los orientaron sobre los medicamentos que había que llevar.

El viernes, 9 de octubre, llevaron nuevamente la alimentación, desayuno y almuerzo. A las 3:35 p.m. consignaron las primeras ampollas que solicitó la enfermera. «Resulta que se les entregaron a una doctora que salió por la fulana puerta, junto a unos pañales y ropa. Eso nunca le llegó», comentó Fabio.

Ese mismo viernes, a las 8 de la noche, la enfermera de la fundación que apoyó a la familia de Luis Arvelo averiguó sobre la salud y condiciones del paciente, ella pudo constatar que no tenía medicinas. Al percatarse de la situación, procedió a informar a Fabio a través de un audio. De manera inmediata, la familia coordinó y le llevaron más ropa, medicinas y comida. «Esto fue lo único que le llegó desde el miércoles».

Tristemente, el sábado, amaneciendo, a las 5:25 de la mañana, Luis Arvelo falleció, sin recibir el tratamiento adecuado y sin haberle efectuado ninguna prueba para confirmar que se trataba de un paciente covid.

Bleima Márquez

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