sábado 2 julio, 2022
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Armando Hernández hizo de los sucesos una pasión

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El más grande periodista que tuvo la fuente de sucesos fue Armando Hernández, y esto lo corrobora su capacidad de poner en vilo a una población cada vez que narraba por la radio algún hecho de última hora y el gran espacio que ocupó en las páginas de los diarios regionales donde trabajó. Dedicación, responsabilidad y amor por el periodismo serán los rasgos de su profesionalidad, por los cuales será siempre recordado.


Freddy Omar Durán


Periodista hasta el último día de su vida, con el mismo talento, responsabilidad, celo y olfato informativo que siempre lo caracterizaron, Jorge Armando Hernández Suárez falleció la tarde de este sábado, en San Cristóbal, a la edad de 71 años.

Partió del plano terrenal, y aquí quedó su leyenda, la del reportero que desde la radio y la prensa conmovió a la sociedad tachirense transmitiendo en su voz y escritura las incidencias de los más impactantes acontecimientos.

Dentro del gremio de periodistas, al cual alguna vez representó desde la Secretaría del CNP (1985-1986), se le recordará como el “pana”, el hombre de la sonrisa a flor de labios, y esa voz que podía modularse, desde lo profundo hasta lo socarrón, y que se infiltró en los hogares como un paisano más que contaba las desventuras y también los éxitos de la justicia cuando se empeña realmente en golpear el crimen en todas sus formas.

Cuando los nombres de los periodistas, por lo general, están reservados al anonimato, el de Armando Hernández cobró fama enorme dentro de la opinión pública, no porque él lo pretendiese así, ya que el destino lo puso en los momentos más indicados, aquellos en los que los ávidos de noticias dieron crédito a su acuciosidad y el privilegiado manejo que tenía de la fuente policial.

Por los años setenta fue parte de la élite de la “crónica roja”, de la que hacían parte José Vicente Nucete, Indalecio Chacón Araque y Alexánder Contreras; no obstante, hasta esta segunda década del siglo XXI su prestigio en esa área se mantenía incólume.

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Trabajador incansable

Quien fuera su jefe de Información en Diario La Nación, Víctor Matos, no duda ni un instante en afirmar que “no creo que haya existido un periodista más responsable, a la hora que sea estaba disponible para cubrir su fuente”.

El periodista deportivo, Gustavo Carrillo, recordaba la intensidad con que tecleaba su máquina de escribir, y Rocío René González, el alto volumen de su boquitoqui, a través desde el cual  interceptaba señales usadas por los cuerpos policiales obligado, al ser conocedor de todas la claves por ellos usadas, a salir expelido de su asiento cuando se indicada el cometido de un homicidio o crimen.

Los “lunes en la noche de dominó” eran sagrados en el CNP, sede que fue casi su segunda casa y aun así, como nos dice Gilberto Hernández, a altas horas de la noche los podía interrumpir porque una llamada le advertía que algo grave había pasado.

Nacido en Rubio, desde muy joven tuvo inclinaciones por el mundo cultural y la lectura, interesándose por el teatro, llegando a participar entre otros montajes, en Esperando a Godot de Beckett.Ya a los 17 años iniciaba una trayectoria periodística que se extendió más de medio siglo, destacándose en los diarios Vanguardia, La Nación (dos etapas: la primera desde mediados de los setenta hasta principios de los noventa) y Diario de los Andes, y en varias emisoras, entre ellas Radio Táchira, Ecos del Torbes Radio Mundial y el Circuito Líder, donde a cada avance sorpresivo, que a cualquier hora del día podía interrumpir la transmisión rutinaria, lo antecedía una fanfarria tomada de la intro de la serie “I Spy”, que obligaba al ciudadano de la calle a interrumpir sus quehaceres para estar con el oído atento a la novedad noticiosa, luego de que él saludaba con su característico “gracias colegas en los estudios centrales”.

Echador de broma, bullangero, siempre dispuesto a sacarte conversa de cualquier tema, muy lejos de la estampa taciturna que se podría adjudicar a un redactor de asuntos policiales; sin embargo, en su mirada, a través de la cual apuntó con su cámara fotográfica, otra de sus facetas profesionales, se notaba ese dejo de nostalgia de haber visto tanto cuerpo sin vida en las condiciones más oprobiosas, tanta angustia de familiares sin saber de sus desaparecidos y/o secuestrados, tantos rostros de delincuentes entre el desconcierto y el cinismo.

Era muy celoso con su fuente y podía, de una u otra manera, despistar a la competencia; pero fuera de ella, como nos lo confesó su compadre, quien lo acompañó en roles de fotógrafo a muchos sitios del crimen, Jorge Ramón Ramírez, fue un gran compinche de sus colegas, y para las nuevas generaciones representó una universidad. Una opinión en la que concuerdan muchos de los periodistas que estuvieron cerca de él en sus faenas y manifestaron su duelo por las redes sociales.

—Era como una universidad, porque sabía muchas cosas, y todo lo que aprendió de su carrera se lo ha enseñado a otras personas. Ha tenido la capacidad de enseñar, no era una persona egoísta, que se reserva las cosas que sabe para él, pues las supo compartir con otros— aseveró Ramírez.

Su amigo también reveló que Armando Hernández se tuvo que ir acostumbrando a ver las escenas dantescas propias de accidentes, suicidios y asesinatos, aunque en sus inicios no pocas veces se alteraría por lo que presenciaba.

—Por los años sesenta, en la vía a El Nula, se incendió un automóvil con gente y hubo carbonizados allí. Eso lo puso mal, se dolió por eso, sobre todo porque había menores involucrados; pero uno tiene que acostumbrarse y poco a poco lo fue haciendo. En los setenta, el Táchira no era tan convulsionado y los diarios podían pasarse días escribiendo de un solo hecho— apuntó Ramírez.

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Testigo de graves casos

Pasó por otras fuentes, como la economía, los deportes y la política, y tuvo la oportunidad de ocupar provisionalmente la jefatura de Información en Diario de los Andes; pero su matrimonio con los sucesos sería indisoluble, pues en esta área se movía como pez en el agua, siendo no solo el mejor del Táchira, sino un candidato a ocupar con su nombre el cuadro de honor del periodismo venezolano.

Casos como el asesinato del Catire Henry, el Monstruo del Viaducto, el Comegente, la tragedia de los estudiantes del Liceo Militar Jáuregui, la Masacre en la Antigua Cárcel de San Cristóbal, los escándalos de la redada del Ulises Gay, y la estafa masiva en el Sol de Medianoche, la captura de Justo Pastor Perafan, la novelesca fuga de los tribunales de San Cristóbal, el secuestro del juez Ricardo López Sánchez, la ola de sicariatos a principio del siglo XXI, los suicidios del viaducto, y accidentes de aviación en zonas lejanas de la región, descontrolaron sus horas de dormir y comer. De ellos también tomó las mejores instantáneas, y esa afición lo hizo parte del Círculo de Reporteros Gráficos del Táchira; su contacto permanente con el Cuerpo de Bomberos de San Cristóbal lo terminó convirtiendo en un funcionario de emergencia, llegando al grado de coronel.

Por estos hechos fue muchas veces entrevistado por medios impresos, televisivos y radiales, e incluso protagonizó el micro de TRT “Así Somos”, que aún se puede ver en la plataforma YouTube.

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Cierre con broche de oro

Su último recorrido profesional fue por Diario La Nación, para cumplir a cabalidad, no solo las funciones en el terreno de su consagración, sino para aportar toda su veteranía en el micrófono al equipo de La Nación Radio en los avances noticiosos de la mañana y en el espacio de los miércoles, La Nación Lo Recuerda. Este último sería el título de su sección a página entera, del día miércoles, en que su pluma incansable se sumergiría en otra faceta, la de cronista, lamentablemente interrumpida, dejando muchas historias navegando en el tintero.

Con apenas unos meses de haber ingresado a Diario La Nación ganó el premio interno José Rafael Cortés al periodista más destacado del 2020, el último de una larga lista, pues no le faltó ninguno de los entregados por la alcaldía capitalina,  la Gobernación y el Colegio Nacional de Periodistas del Táchira, por no referir los reconocimientos otorgados por diversos entes privados, públicos, sociales, deportivos y militares.

Una sorpresiva enfermedad, que segó su vida en pocos meses, cercenó una prolífica vida que se mantenía en 2022 tan productiva como en sus años mozos y de gloria, con la misma dedicación, responsabilidad y constancia.

Le sobrevive su esposa, Saramay Pineda de Hernández, con quien formó un hogar en el que juntos criaron a sus hijos: Irimay, Fabián Leonardo, Faiban Armando y Favio Armando, nuestro actual compañero de labores en Diario La Nación, y al cual se incorporarían varios nietos para los cuales el abuelo siempre tuvo manifestaciones de afecto y cariño.

Hoy el periodismo tachirense perdió al colega, al amigo y al cronista de la otra historia del Táchira, la que tal vez nos sea incómoda, pero ha acontecido. De esa ausencia tardarán nuestros corazones en recuperarse; pero ella la compensará en los tesoros de nuestra memoria su ejemplo, su don de gentes y profesionalismo, para el que no había ni horario, ni días festivos, ni lluvias, ni caminos penosos e intrincados, ni miedo a la pregunta impertinente. Descansa en paz Josefo…

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