Desgarrador reportaje| La dolorosa ruta de los migrantes venezolanos 

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El Diario La Opinión de Cúcuta realizó un reportaje que retrata la dolorosa odisea por la que tienen que pasar cientos de venezolanos que emprenden la huida de su propio país. Frío, hambre y condiciones adversas no los detienen en su sueño de encontrar un mejor lugar donde puedan comenzar una nueva vida.

La dolorosa ruta de los migrantes venezolanos
Por Helena Sánchez | Diario La Opinión

Los pies se ven blanquísimos, fríos, tiesos, cuando se arrancan las medias que, en la sacudida, rocían a veces talco, a veces tierra.

Debajo, sobresalen hinchadas marcas bajo la raíz de los dedos, donde se flexiona el pie y siente el peso de las maletas y una vida incierta.

Son ampollas que los caminantes venezolanos llevan consigo, para recorrer los 196 kilómetros entre Cúcuta y Bucaramanga, y que en el diminuto puente ubicado a la entrada al barrio Chíchira (Pamplona), revientan una y otra vez, lamentando el duro trayecto y el que falta por recorrer.

La caminata, lo que dejaron atrás, y los motivos para salir, son lo más difícil, dicen, al tomar la decisión de cruzar la línea fronteriza para aventurarse hacia lugares desconocidos, con la esperanza de trabajar, enviar algo a los que se quedaron, y seguir viviendo mientras se arregla Venezuela.

Fuera de Cúcuta, todo es distinto, pues dicen que el trato displicente se compensa en el trayecto y en el punto de quiebre de muchos: Pamplona.

El frío, los miedos, el cansancio, se unen allí, tras dos días desfilando por la vía nacional, con esguinces, principios de hipotermia, confusión, dolor de cabeza y desgarres.

Es ahí donde las chanclas se revientan, donde los pies no dan más, donde el ánimo flaquea, pero también, donde un oasis de bondad los reanima.

Desde Valencia, Guárico, La Guaira, Puerto La Cruz, Caracas, Maracaibo, y distancias cada vez más lejanas, los venezolanos indocumentados llegan a Cúcuta, en su mayoría por trochas. La falta de papeles los obliga a caminar durante cinco días, hasta Bucaramanga.

Su trayecto incluye tres horas de camino, pegados al filo de las montañas de unas vías hechas para automóviles y tractomulas, jamás para flacos venezolanos con maletas.

Media o una hora de descanso, y siguen, silenciosos, casi sin disfrutar del paisaje, con la mirada al frente, o al piso, dependiendo del ánimo.

Los que van con familiares y amigos, lo hacen más entusiastas que quienes transitan solos, o sintiendo que lo están.

Las mujeres solas, o con niños, tienen más suerte y logran que conductores de camiones, buses y carros particulares, las lleven por tramos.

En la estación de gasolina ubicada en la salida de Pamplona, a Luis Miguel Figueredo le tiemblan los labios, las mejillas, las manos, las pupilas, pero no de frío; tiembla cuando recuerda.

Aunque va con su prima, que lo anima para que continúe, está acongojado.

Hace un mes y medio empezó su travesía. Estuvo un mes en Cúcuta, durmiendo varios días en la calle, hasta que logró trabajar una semana, conseguir “los pesitos”, pagar un arriendo, y el domingo 19 de agosto salió a las 4 a.m. El martes, a las 9 a.m. estaba en esa estación.

“Todo este esfuerzo es porque tengo un hijo de cinco añitos”, dice, mientras piensa en que solo tenía para comer “cambur verde sancochado, y… Bueno, me van a hacer llorar”.

Sus pies resumen el trayecto: chanclas, medias envueltas en bolsas plásticas, y unas almohadillas hechas con espuma de alguna colchoneta, amarradas para proteger los pies ampollados.

“Me regalaron unas chancleticas porque las que traía me dejaron a mitad de camino, en Pamplonita; allá abajo se reventaron”, cuenta este escultor, que sabe trabajar con yeso, es constructor y carpintero. “Lo único que en realidad no he trabajado es mecánica, pa’ no mentir”.

Además de gratitud hacia los colombianos, que “en ningún momento nos han salido con una patada, como decían”, habla de su deseo de encontrar un trabajo y traer a su esposa y su hijo, con quienes solo ha conversado en tres ocasiones.

“Me cuesta hablar con ellos porque cada vez me voy en llanto… Me hace mucha falta mi hijo”.

La ruta es dura y se padece con el frío. Cuando se detienen en la vía piden ‘cola’, un aventón, extienden cobijas y usan las maletas como almohadas para estirarse. Los niños reposan en coches cuyas llantas van chuecas.

En la ruta, se pierde la noción del tiempo.

“No recuerdo qué… Un viernes 10 llegué a Cúcuta y de ahí en adelante, puro caminar”, dice Kenny Rojas.

Hace largas pausas en su relato, empecinado en no quebrarse, pero la cabeza gacha, los suspiros, dicen todo.

“Lo más difícil…”, y da un resoplido profundo, “los recuerdos de la patria y los hijos… Pero pa’lante”, dice, agradecido con los colombianos, de quienes tenía otro concepto pero cuya colaboración lo mantiene, al igual que esos recuerdos que rumea solo en la carretera.

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