lunes 29 junio, 2020
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«El proceso educativo del niño no se da en la escuela, se da en el hogar»

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Por Iris Useche


   Conversando con Felipe Guerrero


Profesor Felipe Guerrero, docente de reconocida trayectoria en nuestro estado. Oriundo de La Grita, quien ha dedicado toda su vida a la formación académica y espiritual de niños, jóvenes y adultos dentro y fuera de nuestras fronteras. En esta ocasión, nos comparte detalles de la historia de su vida, mostrándonos a través de sencillos relatos de su niñez y juventud, que los valores humanos y la ética se aprenden en el seno del hogar y en el compartir diario con el prójimo.

Conocí al profesor Felipe Guerrero en el año 1989, cuando participé en uno de sus cursos.  Lo que más aprendí de él, fue su humildad,  su don para llegar al corazón de cada uno de sus discípulos. Años después, tuve la fortuna de encontrarlo nuevamente en mi camino, y una vez más, me abrazó toda su humilde sabiduría. Hoy, quise conversar con él, reencontrarlo en toda su  humanidad, y compartir con ustedes su gran legado de vida para todas las generaciones.

¡Empecemos con sus recuerdos de la infancia. ¿Cuáles fueron las personas que más forjaron el espíritu del niño Felipe?
Pues fue la presencia de mi madre la que marcó esa etapa de mi vida. Mi madre, además de darnos amor y alimentarnos con lo que podía, nos enseñaba trabajo, nos enseñaba responsabilidad, nos enseñaba esas cosas que forjan la personalidad y que de alguna manera trazan lo que uno puede hacer en la vida.

¿Cuán estricta fue su madre en cuanto al cumplimiento de normas y deberes en la casa?
Fue muy estricta. Y fue tan estricta porque debió asumir, como ella decía: «íngrima y sola» el papel de ser padre y ser madre. Una joven mujer que fue madre según expresión de la comunidad «fuera del matrimonio» y sin el reconocimiento del padre. A esto hay que agregarle, los prejuicios propios del momento histórico y los dedos acusatorios de la sociedad señalando el «Error de no cuidarse», que además recaía sobre las mujeres y no sobre los varones. Eso crea obligaciones que pueden hacer de una persona un ser estricto.

¿Cómo era su rutina de niño?

Como no teníamos como vivir una vida muy holgada, mi madre hacía arepas de maíz y vendíamos arepas. Éramos mamá, mi hermana y yo. Nos levantábamos a las cuatro de la mañana. Yo era el único varón de la casa y tenía que moler el maíz, luego le entregaba esa masa a mi madre y ella hacía las arepas que salíamos a vender mi hermana y yo, todas las mañanas. Así aprendimos que la sobrevivencia diaria se puede resolver con trabajo, pues trabajando había arepa para vender y para comer.

Mi madre, además de darnos amor,  nos enseñaba trabajo, nos enseñaba responsabilidad, nos enseñaba esas cosas que forjan la personalidad  y que de  alguna manera trazan lo que uno puede hacer en la vida.

¿Cuándo ocurría alguna travesura o desobediencia, había castigo?
Mi madre salía diariamente a trabajar para poder cubrir las necesidades del hogar y nosotros nos quedábamos con mi abuela. En la comunidad a los abuelos se les identifica como «nonos». Mi nona, era una mujer muy bondadosa y piadosa, a quien recuerdo con mucho cariño, algunas veces me llamó la atención, cuando consideraba que no estaba procediendo bien. Ella me daba confianza, para desahogarme y expresar mis sentimientos. Siempre trataba de protegerme.  Mi nona era una mujer justa. También mi madre lo era. Entre las dos nos enseñaban a mi hermana y a mí lo bueno y lo malo de la vida a través del ejemplo. Nunca hubo un castigo severo, ni  injusto.

¿Cuál considera que fue el mayor aprendizaje de sus años de niñez y adolescencia en su casa y en su pueblo natal?
La templanza, la fuerza para continuar, para seguir adelante cada día. Ese fue un proceso de aprendizaje diario durante mi crecimiento. A lo largo de mi primaria y bachillerato yo fui monaguillo de un templo católico que había en la Grita, que se llamaba “Iglesia de la virgen de los ángeles”. El párroco de ese templo era un sacerdote mayor que había hecho toda su vida sacerdotal en la Grita y que tenía como característica el ser un hombre exageradamente rígido y exigente, un hombre que marcaba pautas y nos decía cosas que aprendíamos para toda la vida. A mí  que era un muchachito me dijo en una oportunidad: “Si usted en algún momento tiene que correr, nunca corra delante porque los que corren delante son los cobardes, hay que correr detrás para perseguir al que va delante que es el cobarde”.  Entonces, ese tipo de cosas, uno las va analizando y le van quedando muy en el espíritu.  Ese cura  nos mostraba mucho la importancia de ser muy firme en los principios y de luchar por lo que se cree. Yo trabajé con él hasta que me fui para Caracas, y así como me enseñó eso, me enseñó muchas otras cosas que forjaron mi carácter y formación.

La templanza, la fuerza para continuar, para seguir  adelante cada día,  fueron  un proceso de aprendizaje diario durante mi crecimiento.

Iris Zambrano en conversación con el profesor Felipe Guerrero

¿Corre la década de los años 60, ya Felipe es un  joven adolescente que  decide seguir estudios universitarios. ¿Qué anécdota puede contarnos de esa época?
R. Cuándo me gradué de bachiller en la Grita, quise seguir estudios universitarios. Para eso debía trasladarme a Caracas y así lo hice. Llegué a la capital por el año 1964. Llegué a Catia, donde  vivían unos primos que me habían ofrecido posada los días antes de tener que presentarme en el pedagógico. El día que me iba al pedagógico en el Paraíso, me quedaban cinco bolívares, con esa  plata compré algunas cosas que necesitaba y me quedó solo lo del pasaje. Al llegar a la residencia tenía que presentar una carta  de ingreso que se me había quedado olvidada en la mesita de noche. El director me dijo que tendría que regresar a buscarla, pues no podía recibirme sin ese documento.  Recordé entonces, que había gastado toda la plata, así que me fui del Paraíso a Catia caminando, busqué la carta y me regresé de Catia al Paraíso caminando nuevamente. Alguien podría decir, “Este hombre es un atleta”, pero no; nada de eso.  Yo camino porque las circunstancias me enseñaron a caminar, porque vivía con mi hermana y mi mamá en la parte más baja de la Grita, y todos los días subíamos y bajábamos esa gran pendiente caminando, ya fuera hacia la escuela o vendiendo las arepas. Entonces, el trabajo, el esfuerzo desde el hogar, me dieron fórmulas para resolver problemas en la vida.
Entonces, el trabajo, el esfuerzo desde el hogar, me dieron fórmulas para resolver problemas en la vida.

En otra oportunidad, cuando ya había comenzado la carrera del magisterio, el director me llamó para cobrarme, pues debía tres meses de residencia, eran cuarenta bolívares mensuales y yo no tenía nada de plata, si no pagaba tendría que irme.  No podía decirle a mi mamá que me mandara, pues ella ganaba cuarenta bolívares y con eso pagaba sus gastos en la Grita. Entonces por esa protección divina que uno tiene apareció un profesor por la residencia que nos dijo: “Estoy necesitando un profesor de geografía e historia, ¿Alguno de ustedes está dispuesto a trabajar?  Yo levanté la mano de primero. Él me miró y me dijo que eran seis horas y me pagaría a diez bolívares la hora.  Yo pensé de inmediato que esa cantidad significaban sesenta bolívares a la semana y doscientos cuarenta bolívares al mes, un montón de plata. Me alcanzaba para pagar la residencia, para mandarle a mi madre y para ahorrar. Entonces, en enero de 1966, di mi primera clase.  Eran cuarenta muchachos, algunos más altos que yo y barbudos. Llenaron el salón conversando y riéndose de sus chistes, y yo pensé que debía mostrar autoridad, por lo que dije al iniciar: “Mientras yo esté aquí el único que habla es el profesor, nadie más habla”. Comencé a pasar la lista por Acevedo y terminé en Zambrano, ¡No había nadie de los mencionados, nadie respondió presente! Entonces les pregunté que quienes eran ellos si no eran los de la lista. A lo que me respondieron, que  como yo había dicho que nadie hablara, pues nadie habló,  y todos soltaron la risotada. Ahí es cuando a uno le provoca renunciar, pero no podía, no podía darme el lujo de fracasar iniciando, además necesitaba el dinero. Esa fue mi primera lección del ejercicio docente.

Yo le agradezco a Dios que me mandó a trabajar en zonas muy marginales, muy excluidas, porque quizás,  de haber trabajado en zonas más favorecidas, no habría aprendido tanto como aprendí.

¿Cómo describiría su largo camino por las aulas?
Pues yo me gradué en 1969, y al graduarme fui a Baruta a trabajar como profesor graduado. De ahí,  hasta hoy, he venido en esto de la educación, me gustó, convertí mi carrera en mi misión en la vida y aprendí muchísimo en el camino. Yo le agradezco a Dios que me mandó a trabajar en zonas muy marginales, muy excluidas, porque quizás,  de haber trabajado en zonas más favorecidas, no habría aprendido tanto como aprendí.  Es muy importante tener una firme convicción de lo que uno quiere hacer en la vida. La vocación de servicio y respeto al semejante como valores fundamentales para ejercer. Así que lo describo como un largo camino de valiosas experiencias y aprendizaje.

¿Cree que los valores aprendidos en el seno de la familia, constituyeron la base de su formación y ejercicio docente?
Sí. Sobre todo, la enseñanza del respeto a la dignidad de la persona. El entender que cualquier integrante de nuestra  comunidad tiene valor, eso también lo aprendí en casa. Por ejemplo, por la casa pasaba un día, el maestro Néstor Melani Orozco, que es el pintor más brillante que ha tenido La Grita, y mi mamá que no tenía ni para ella, le brindaba café y un pedacito de pan. Otro día pasaba un borrachito pidiendo, y mi madre también lo mandaba a pasar y también le brindaba su cafecito con pan. Ese respeto, esa humildad, ese trato por igual para todo ser humano lo aprendí de mamá, de su consideración para con cualquier persona.

Todo aquel que ha vivido  la realidad de ser padre, sabe que el hecho de tener un hijo es una experiencia trasformadora, única e irrepetible.

Llegó el amor y el matrimonio a su vida, cuyo fruto le dio tres hijos ¿Cómo describe su experiencia como padre?
Todo aquel que ha vivido la realidad de ser padre, sabe que el hecho de tener un hijo es una experiencia trasformadora, única e irrepetible. El hecho de traer a un ser humano al mundo, es una fuente de intensas emociones. Sin duda, también es una experiencia que estimula muchísimas preguntas acerca de la vida, la felicidad, el sentido de la existencia, entre otras. Parece ser que el hecho de ser padres querámoslo o no, nos sitúa frente a un espejo en donde recordamos la imagen de nuestra propia infancia. Ahí, volvemos a vernos niños, pequeños y vulnerables. En ese espejo, que no es más que el recuerdo de la propia vida, cada padre escucha voces y se le aparecen imágenes de aquellas personas que fueron significativas en su propia infancia. Suele ocurrir que estas personas son recordadas simplemente por haber entregado afecto y protección, o por haber estado ahí en el momento en que más se necesitaron.

Reflexionar sobre nuestra historia y sobre cómo nos formaron nuestros padres, nos ayuda a ser más conscientes de la forma personal de educar a nuestros hijos. De esta manera podemos aprovechar mejor los aspectos positivos de nuestra experiencia, intentado mejorar y no repetir aquello que consideramos  negativo.

¿Cómo vive usted, ese compartir la vida entre formar una familia y formar generaciones en las aulas?
Desde que inicie mi labor docente lo he hecho como un proyecto de vida. Soy un convencido que solo la educación permite transformar la calidad de vida, la visión y las condiciones de cualquier ser humano.

La existencia me ha brindado muchas oportunidades hermosas. Si bien nunca conté con la figura de un padre, si tuve oportunidad de recibir lecciones de hombres ejemplares que me orientaron en la formación de mis cosmovisiones. Esa compañía se expresó en momentos en la presencia de una mano fuerte que siempre me enseño a cumplir las diferentes metas propuestas. Fueron personas que me educaron en la lucha por la defensa de la dignidad de la persona humana, quienes dejaron en mí un gran legado de admiración y respeto frente a esas ideas.

Ese legado, intento compartirlo con mis hijos de  sangre  y con mis alumnos que son los hijos del afecto.

No niego en ningún momento lo importante que es tener acceso y dominar las nuevas tecnologías como herramientas adecuadas de acuerdo al momento en que vivimos, pero nada de esto es valioso, si el ser humano no aprende primero  a ser “humano”.

¿Será la escuela capaz de asumir un papel parecido al del hogar en la formación de valores y hábitos?

Es prudente recordar que el «Sistema Educativo» para que sea realmente un sistema, debe funcionar con los respectivos sub-sistemas o elementos inter-relacionados entre sí. La escuela, es apenas uno de esos sub-sistemas que tiene unas tareas específicas que cumplir. El primer y principal sub-sistema es la familia, que también tiene sus tareas.

Ninguno puede reemplazar al otro. Lo que debe ocurrir es que cada uno cumpla sus funciones a cabalidad.

Hay quienes afirman que la educación de hoy tiene que ser muy diferente a la de años atrás, debido al ritmo de vida y sobre todo a la gran influencia de las nuevas tecnologías de la comunicación e información. ¿Será que esto ha cambiado las bases de la educación?
La Educación del Humanismo va más allá de cualquier tiempo histórico. Los valores que inculca esa educación son trans-epocales. Hablar de una educación humanista, implica hacer referencia a aquel tipo de educación que  pretende formar integralmente a las personas como tales, a convertir a los educandos en miembros útiles para sí mismos y para los demás miembros de la sociedad.  Es por eso que pone énfasis más allá de los temas curriculares. Educa en valores y creencias, es decir en cosmovisiones que fomenten el respeto y la tolerancia entre las personas. Sin estos conceptos claros, no podríamos hablar de educación.

Ninguna persona, sea cual sea su formación en esta vida, podría considerarse como tal,  si no tiene en cuenta estos principios éticos fundamentales que van  mucho más allá de la presencia de nuevas tecnologías. Un estudiante, un obrero, un empresario, un científico, necesitan conocer y respetar estos valores, ya que no es suficiente  con que el ser humano tenga excelencia académica, también debe saber actuar dignamente. Por ejemplo ¿Qué sería de nosotros si los científicos no tuvieran un código ético compartido? No niego en ningún momento lo importante que es tener acceso y dominar las nuevas tecnologías como herramientas adecuadas de acuerdo al momento en que vivimos, pero nada de esto es valioso, si el ser humano no aprende primero  a ser “humano”. El proceso educativo tanto en casa como en la escuela,  debe  englobar todos los aspectos  que abarcan la formación ética y moral de una persona, antes que cualquier otra cosa.

 

La presente crisis social y económica que vive nuestro país ha abierto una diáspora importante de emigración. Muchos padres y madres han decidido buscar porvenir en tierras extranjeras, dejando al cuidado de abuelos, o familiares a sus hijos. ¿Cómo cree que este fenómeno afecte a las generaciones en crecimiento?
En relación al abandono parental ya comienza a aparecer la emergencia de nuevas complejidades familiares que deben ser estudiadas desde la propia realidad de la familia. En este sentido, la constitución de un grupo familiar donde los abuelos, tíos u otros, asumen el cuidado de los hijos que se quedan ante la emigración de los padres, ya se ha expresado en la aparición de conductas ante las cuáles, los familiares a cargo buscan la ayuda de especialistas en el campo de la psicología y la orientación.

Aún es muy temprano para sacar conclusiones sobre las consecuencias de este abandono, pero a través de algunas experiencias vividas de cerca, es evidente que ya van  apareciendo variados signos de  dificultades en la crianza por terceros, sean abuelos, tíos u otros miembros cercanos. Este es un momento para avanzar en el estudio de esa realidad.

La figura de estos abuelos criadores pareciera invisibilizarse socialmente tras el problema que aqueja a sus nietos, muchas veces auto-silenciándose por demostrar valía y fortaleza. En este contexto, los abuelos pasan a ser la principal figura de apego de los nietos, jugando un rol determinante en la vida de los mismos, ya que se conoce que la constitución del psiquismo, más que en otras instituciones, es en la familia donde se genera primordialmente. La interrogante abre espacios para una interesante investigación.

No podemos olvidar que Jesús de Nazaret apenas rondaba los treinta años cuando sacudió todo el andamiaje del poder de los Judíos y del Imperio Romano. Los poderosos lo asesinaron en el Calvario pero el mensaje resucita cada día y tiene plena vigencia.

Muchos de nuestros jóvenes venezolanos estudiantes de bachillerato o Universitarios, se sienten desesperanzados al ver que sus sueños son difíciles de alcanzar ante la actual situación país. ¿Cuál sería su mensaje para ellos?

Dolorosamente se fue instalando una cultura de comodidad construida desde la familia, afianzada en los medios de comunicación e instalada desde la escuela. Esa tendencia fue castrando el espíritu de lucha y de rebeldía de las jóvenes generaciones frente a una deshumanizada realidad. Los padres y madres de familia en Venezuela, generalmente por comodidad contribuyeron a afianzar esa deshumanización. La familia educó a los hijos aislándolos de las realidades. Era muy común oír expresiones como «Tú no te metas en líos»…«El que se mete a redentor, muere crucificado». Así creció una generación sin la caparazón necesaria para la lucha.

Ante las dificultades aparece la desesperanza y se busca resolver esa realidad partiendo a otras tierras que imaginariamente son paraísos, pero que en la cruda realidad son desiertos, y para transitar por esos desiertos, hace falta  el caparazón que se forma en la constante lucha. ¿Cuál sería el Mensaje? Aquí necesariamente entran en juego mis cosmovisiones. Soy un convencido que todas las personas somos únicas e irrepetibles, pero nuestras dimensiones nos hacen iguales a todos los seres humanos, en consecuencia los linderos o fronteras son una construcción de los poderosos. No creo en nacionalidades. Más allá de esas líneas fronterizas que cantan otro himno y tienen otra bandera, viven seres humanos idénticos a nosotros; en cualquier espacio geográfico la persona debe enfrentar las realidades que atentan contra su dignidad y para eso hay que tener caparazón de lucha.

Las grandes transformaciones de la humanidad han sido posibles gracias al caparazón de lucha de personas de muy corta edad pero con disposición de enfrentar la realidad de su momento. No podemos olvidar que Jesús de Nazareth apenas rondaba los treinta años cuando sacudió todo el andamiaje del poder de los Judíos y del Imperio Romano. Los poderosos lo asesinaron en el Calvario pero el mensaje resucita cada día y tiene plena vigencia. Otro nacido en esta misma tierra,  Simón Bolívar, apenas rondaba los treinta años cuando sacudió el poder del  Imperio Español. Su obra está inconclusa pero tiene plena vigencia. En definitiva, sólo trascienden los que luchan y son capaces de derrotar la comodidad. Primero hay que pasar por el desierto para poder llegar a la Tierra Prometida.

Con el despertar de cada día es  necesario renovar la irresistible pasión de vivir intensamente.

Ha dedicado muchos años de su vida a la formación de generaciones. ¿Cómo resumiría su largo peregrinaje? 
Nací en La Grita hace casi setenta y cinco años. En este peregrinaje el tiempo siempre ha trotado apurado y casi burlón a mí alrededor. El tiempo siempre se ha descolgado por las rendijas para huir cortésmente. Mi madre, siempre me impulsó para que estudiara. El testimonio y la presencia de grandes maestros, despertaron en mí el deseo de ser educador.

Como una bendición divina el día 07 de enero de 1969,  dicté mi primera hora de clase en el Liceo «Federico Quiroz», ubicado en la populosa comunidad del 23 de Enero en Catia. Fue la mejor forma de conectar mi vocación docente con mi vocación de lucha al lado de los marginados. En ese espacio habitado por excluidos trabajé durante todo mi proceso de formación. Mientras estudiaba en el Pedagógico, dictaba clases a una juventud trabajadora y luchadora. Ahí adquirí valiosas herramientas para estar al lado de los desposeídos. Ahí se despertó la pasión que ha impulsado mi compromiso para hacer frente a toda esta complejidad. Creer en algo, hace que ese algo se convierta en realidad, lo que supone apoyarse en el compromiso, el gusto por la vida y la pasión por enseñar. En los inicios de la década de los años setenta, del siglo XX, regresé a mi tierra para seguir tejiendo la existencia. Desde luego,  este peregrinaje no ha sido en solitario. Al revisar la agenda de vida aparecen muchos seres queridos, la mayoría integrantes del mundo de los excluidos que me han acompañado, que me ayudaron a dar los primeros pasos, a dejar el lastre para iniciar el viaje en un mundo donde todo es posible y todo está por hacer. A esta altura de mi vida, aun disfruto de este viaje.

¿Aún quedan proyectos por realizar?
Seguimos soñando. Seguimos colocando materiales para ayudar a la construcción de una nueva sociedad. Vamos configurando y reconfigurando, a lo largo del tiempo en función de experiencias vividas, prioridades, metas, contextos, exigencias y también luchando por lograr la adaptación ante las diversas situaciones de cambio. Con el despertar de cada día es necesario renovar la irresistible pasión de vivir intensamente. Continúo con mi proyecto.