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Inicio/Reportajes y Especiales/Fabiola Moreno: La mujer que custodia la memoria histórica de San Cristóbal

Reportajes y Especiales
Fabiola Moreno: La mujer que custodia la memoria histórica de San Cristóbal

jueves 28 mayo, 2026

A los 19 años buscaba refugio tras una pérdida familiar y terminó transformando un depósito de escombros en el santuario de la identidad sancristobalense. A las puertas de sus cinco décadas de servicio, repasa los hallazgos, las batallas contra la desidia y el proceso de digitalización del Archivo Histórico Municipal

Por Rosalinda Hernández C.

Apacible, sencilla, de figura menuda y vestida a la usanza de las abuelas andinas, con chal y sombrero, Fabiola Moreno, saluda con recato y cierta timidez. Confiesa que no acostumbra a dar entrevistas ni a posar para fotografías o videos. Sin embargo, tras el primer contacto, sonríe y se abre al relato de manera espontánea y apasionada, como solo puede hacerlo quien ama y disfruta su oficio.

Desde los primeros minutos de conversación, Fabiola despliega el grandioso bagaje cultural e histórico que posee. Sus 50 años al frente del Archivo Histórico Municipal de San Cristóbal la convierten en guardiana de una profunda sabiduría y dominio del acontecer local. Por sus manos han pasado documentos, planos y fotografías que moldean la identidad capitalina.

Oriunda de La Grita, municipio Jáuregui, pero hija adoptiva de la capital tachirense, en su haber no solo cuenta con la distinción de ser individuo de número de la Academia de la Historia del Táchira. Es, además, la única mujer y la única persona a quien la municipalidad ha otorgado en dos ocasiones el Emblema de la Ciudad de San Cristóbal (también llamado Botón de la Ciudad). Le brillan los ojos de orgullo al comentar que las ordenanzas locales suelen prohibir que una misma persona reciba el mismo galardón en dos oportunidades. A ella, no obstante, se le ha conferido por su trabajo, dedicación y constancia, pero, sobre todo, por marcar la diferencia en un espacio que casi ninguna gestión gubernamental se esmera en proteger.

Dentro de la oficina de Fabiola, el tiempo se detiene con cada historia compartida. El silencio inunda el espacio de paredes custodiadas por cuadros de arte ingenuo que retratan las iglesias del Táchira. Detrás de su escritorio destaca imponente el primer cuadro que se tiene de San Cristóbal: una obra monocromática que la guardiana del Archivo Histórico cuida con recelo; en ella ve a la ciudad que ama, vive y sueña transformada, con su memoria plenamente valorada.

¿Cuántos años de servicio tiene frente al Archivo Histórico?

— Tengo 49 años de servicio ininterrumpidos y cumpliré 50 años en febrero de 2027. Ingresé como funcionaria pública sin predisponerme para ello; fue una oportunidad que la vida me dio después de una pérdida familiar. Alguien se me acercó y me dijo: «¿Quieres trabajar?». Y yo dije: «Por supuesto». Empecé a trabajar de una vez. Tenía 19 años recién cumplidos. Ingresé durante el gobierno del doctor José Joaquín Ordóñez, quien era presidente del Concejo Municipal.

¿Qué la ha llevado a permanecer en el archivo municipal durante tanto tiempo?

— Decidí quedarme cuando empecé a darme cuenta de lo que había detrás de cada escrito; en cada documento que logré transcribir, me fui enamorando poco a poco de la historia de San Cristóbal. Trabajar junto al actual cronista de la ciudad, el doctor Luis Hernández Contreras, transformó mis casi 50 años de trayectoria. Él ya tiene 11 años en el cargo y, para mí, estar a su lado en esta oficina ha sido como empezar de nuevo; he aprendido muchísimo de él y lo admiro.

¿Qué ha sido lo más difícil de su trabajo?

— Cuando llegué aquí, el Archivo Municipal era un galpón donde todo estaba amontonado; compartíamos el espacio con las oficinas y los baños del antiguo mercado, era terrible. Los documentos no merecían ese abandono. El entonces presidente del Concejo Municipal, el profesor Rómulo Colmenares, se interesó, aprobó un proyecto de remodelación y se ejecutó. El día que nos entregaron esta estructura fue algo que nos llenó de alegría a quienes amamos la historia.

Si algo he aprendido durante mis 50 años al frente de esta institución, es lo difícil que es lograr que una gestión se preocupe por el archivo. Para la política tradicional, esto no produce beneficios tangibles ni votos. Históricamente, el archivo ha sido visto como el depósito donde se guardan las cosas que estorban o el lugar a donde envían al personal que no funciona en otras oficinas.

¿Cómo ha logrado cambiar esa percepción que se ha tenido a lo largo de los años?

— La vida me dio la oportunidad de recorrer archivos muy importantes, sobre todo en España, como el Archivo General de Indias o el Archivo General de Simancas. Dios me permitió no solo enamorarme de este oficio, sino también romper con un estereotipo: ese que dicta que quien trabaja en un archivo debe ser un “ratón de biblioteca”, una persona que se limita a guardar y ordenar papeles porque ese es su único trabajo. Yo no me quedé ahí.

A raíz de una pérdida muy grande en mi vida, que fue la muerte de mi hija, caí en una profunda depresión. Mi refugio fue encerrarme los sábados y domingos entre las cuatro paredes de este archivo para ponerme a leer, a investigar, a revisar meticulosamente qué había en cada estante. Transformé ese dolor en algo que me llenó el alma y que me ha permitido resguardar la historia de San Cristóbal.

Siempre hay quienes llegan con la intención de hacer daño o de desaparecer documentos. No quise ser esa viejita de 70 años que estaba aquí simplemente porque la vida la puso en un rincón a cuidar papeles. No quise ser eso; me transformé a través del conocimiento, y por eso soy lo que soy ahora.

¿Qué cosas se han hecho diferentes?

—  Entre las actividades que marcaron un nuevo camino fue la exposición de planos históricos de San Cristóbal en la UNET; los planos de antes eran verdaderas obras de arte, muy distintos a los de ahora. Después de eso, mi primera gran exposición formal consistió en mostrar la hemeroteca en el año 1991, con motivo de un aniversario de la ciudad. Expuse los periódicos abiertos, mostrando artículos que narraban lo que era y lo que había sido San Cristóbal. Luego vino la fototeca. Afortunadamente, me empezaron a llegar muchísimas imágenes y la vida me dio la oportunidad de fundar la Fototeca del Municipio San Cristóbal.

Comencé a exhibir lo que iba llegando, incluyendo unas fotografías bellísimas que prácticamente rescaté de la basura. Me tomó cerca de diez años lograr identificarlas, pero son una joya; de hecho, se han publicado en dos de mis libros. El primero nació bajo la gestión del alcalde William Méndez, quien asistió a una de mis exposiciones, admiró el trabajo fotográfico y me dio la oportunidad de publicar Crónica fotográfica de la Villa de San Cristóbal.

Mi segunda publicación nació a raíz de una exposición que hice en el Museo Taurino “César Faraco” durante la Feria Internacional de San Sebastián. Allí mostré parte del material que había rescatado sobre la historia de la feria. De esa experiencia y de una serie de fascículos que preparé con documentos que hallé dentro del archivo, nació mi segundo libro: Los símbolos de San Cristóbal y algo más.

¿Cómo está organizado y qué tipo de materiales componen esta herencia histórica?

— Nosotros tenemos en la hemeroteca 4.132 tomos de periódicos de diferentes épocas. El archivo alberga además 23.417 expedientes y una valiosa colección de planos históricos que se ha ido formando, en gran parte, gracias a la revisión y al rescate. Ha sido un regalo de una belleza incalculable que ha quedado aquí para la historia, especialmente los planos y las fotografías.

Nuestros fondos históricos datan desde el año 1.820 y contamos con 4.347 tomos de documentación histórica. Por su parte, la biblioteca que hemos construido posee más de 2.000 libros. Gran parte de ese catálogo fue donado por el doctor J. J. Villamizar Molina y por el doctor Luis Hernández; allí se encuentra casi todo lo que se ha escrito sobre la historia de San Cristóbal y del Táchira, además de textos de cultura general abiertos a la investigación.

Hay material de sobra para hacer tesis de doctorado; como bien dice el doctor Luis Hernández, “aquí hay un gran tesoro”. Por eso, mi meta —que comparto plenamente con el doctor Hernández y la Academia de la Historia del Táchira— es digitalizar toda la información. Ya estamos en ese proceso: comenzamos a escanear los documentos desde 1.820 y ya vamos por el año 1.827. El objetivo es que todo sea de acceso abierto. Quien quiera investigar podrá ingresar a la página web y leer sin necesidad de manipular físicamente los libros.

¿Ha dañado la negligencia al patrimonio histórico de San Cristóbal?

—  La desidia de los políticos hacia los archivos es un mal global, no solo de San Cristóbal o del Táchira. Esto lo aprendí de mi gran maestra española, Vicenta Cortés Alonso, conocida como “la archivera de América”. A finales de los ochenta, obtuve una de las 11 becas otorgadas a nivel hispanoamericano para especializarme en España en organización y administración de archivos. Ella nos enseñaba que todos los archivos públicos del mundo sufren la misma indolencia, y que depende exclusivamente de la persona al frente el dar a conocer su valor.

Debo reconocer que la actual gestión municipal a cargo del alcalde Silfredo Zambrano, ha marcado una diferencia. No solo declaró al archivo Patrimonio del Municipio, sino que le otorgó formalmente el nombre de “Archivo Histórico Dr. J. J. Villamizar Molina”, honrando al cronista que vivió metido entre estos papeles. En el pasado hubo esfuerzos importantes: el profesor Rómulo Colmenares nos construyó esta sede y el ingeniero William Méndez siempre apoyó las acciones y publicaciones que dieran realce e identidad e historia del municipio. Sin embargo, la negligencia también ha dejado huellas. A estas alturas, deberíamos tener un equipo de diez especialistas transcribiendo la documentación en computadoras.

Como una sola golondrina no hace verano, estoy segura de que se han perdido documentos importantes a lo largo del tiempo. Para algunas dependencias municipales siempre fue más fácil decir “esto ya no sirve” y desecharlo antes de enviarlo hacia acá. A pesar de esa indolencia, hoy conservamos lo que queda de la mejor manera. Incluso engalanamos el espacio con nuestra propia identidad.

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